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domingo, 28 de agosto de 2011

Una alternativa a la arquitectura religiosa de Ignacio Vicens

Hacíamos referencia la semana pasada a la ingeniosa comparación que, desde Ex Orbe, se hacía entre la Iglesia de Santa Mónica, del arquitecto Ignacio Vicens, y un vehículo de fantasía del universo Starwars. Ante las contundentes y en cierto modo pretenciosas afirmaciones del arquitecto cabría preguntarse si la deriva general de la arquitectura que llevamos sufriendo desde las vanguardias de principios del siglo XX y enquistada en la Iglesia Católica desde el Concilio Vaticano II, puede llegar a buen puerto o por el contrario seguirá en esa alocada huida hacia delante que se aleja cada vez más de las necesidades reales de la sociedad en nombre los dudosos conceptos de funcionalismo, economía, progreso y modernidad.

Esta soberbia moderna por hacer una arquitectura que se imponga al pasado recluye la tradición a una venerable pero incómoda pieza de museo y desarrolla un lenguaje que redefine la arquitectura en cada trazo, que pretende ser objetivo y positivista pero que en realidad es subjetivo y aleatorio, sin vinculación alguna con la realidad y cuyos abstractos resultados están tan desarraigados que podrían insertarse invariablemente en cualquier rincón del planeta. Frente a esa visión tan fría y caótica se erige otra, representada por aquellos arquitectos que creen firmemente en la continuidad de la tradición arquitectónica occidental como fuente inagotable para la génesis proyectual de nuevos edificios, entendiendo ésta no como un catálogo de elementos inconexos que se pueden insertar de cualquier forma (pues eso sería pastiche), sino como algo perfectamente estructurado con el que podamos expresar los más elevados pensamientos en una lengua que todos entendamos: el lenguaje del clasicismo y la tradición. El primero es una expresión universal creada para todos los pueblos, para todas las naciones; el segundo es la natural adaptación al medio en el que ese lenguaje universal se inserta, ya sea de forma grandilocuente o verdaderamente humilde.

El arquitecto norteamericano Duncan Stroik es un arquitecto plenamente convencido de la idoneidad del lenguaje clásico para la arquitectura religiosa, símbolo material de la vital importancia de la Tradición dentro de la Doctrina de la Iglesia Católica. Su Capilla de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad en el Colegio Tomás Aquino en Santa Paula, California, consagrada en 2008, es una iglesia que enseña, un verdadero catecismo en piedra.


Para saber más sobre la Capilla de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad del Colegio Tomás Aquino en Santa Paula, California:


Una Iglesia que enseña (en inglés)

viernes, 19 de agosto de 2011

Robert A. M. Stern: ¿Driehaus o Pritzker?

Para cualquier arquitecto moderno la recepción del Premio Pritzker supone el máximo reconocimiento a nivel profesional de su carrera, equiparable en cierta medida a una suerte de Premio Nobel de la Arquitectura. Desde su creación en 1979 por J. A. Pritzker, ha venido premiando anualmente la arquitectura más destacada del momento, irguiéndose en referente para la nueva modernidad gestada tras la crisis del Movimiento Moderno, cuyo punto de inflexión fue la demolición del complejo residencial de Pruitt Iggoe del arquitecto Minoru Yamasaki en 1972 debido a las altas tasas de criminalidad y vandalismo que adolecían sus edificios, construidos siguiendo escrupulosamente las pautas de la Arquitectura Moderna y el Urbanismo de la Carta de Atenas de 1933 (no confundir con la Carta de Atenas sobre el Patrimonio de 1931). 

A pesar de premiar la excelencia profesional de los arquitectos más destacados de nuestros tiempo, este premio omite deliberadamente a un número de profesionales que basan su ejercicio en los postulados del clasicismo y la tradición. No obstante, algunos de los premiados con el Pritzker, como Phillip Johnson o Rafael Moneo coquetearon en su momento con el clasicismo en su irónica revisión posmoderna con la que pretendían resolver los problemas sociales que dejó el Movimiento Moderno. No fue hasta 2003 cuando el magnate y mecenas Richard H. Driehaus instituye el premio que lleva su nombre y encomienda a la Universidad de Notre Dame en Indiana la entrega del mismo. Este premio anual laurea a aquellos profesionales que se han mantenido fieles a los principios de la arquitectura clásica y tradicional: uso de materiales vernáculos, búsqueda de la sostenibilidad a través de las soluciones tradicionales, referencia directa a los Tratados de Arquitectura, así como a la antigüedad grecorromana y al clasicismo renacentista y barroco. Su primer receptor fue Leon Krier en 2003, seguido de Demetri Porphyrios en 2004, Quinlan Terry en 2005, Allan Greenberg en 2006, Jaquelin T. Robertson en 2007, Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk en 2008, Abdel-Wahed El-Wakil en 2009, Rafael Manzano Martos en 2010 y Robert A. M. Stern en 2011

Salvo los galardonados en 2009 y 2010, todos los arquitectos premiados pertenecen a un ámbito profesional anglosajón, más propenso a las formas clásicas que el Mediterráneo y Europa Central. Esto se debe en parte a que en estos países, junto con Hispanoamérica, no hacen una valoración moral del clasicismo como la que se realiza en Europa, donde se identifica con dictaduras, fascismo y regímenes totalitarios por haber sido usada puntualmente por esos gobiernos durante los años 30 cuando en realidad el uso del “clasicismo depurado” era bastante habitual en el periodo de entreguerras (véase “El carácter apolítico del clasicismo”). En los países Anglosajones y en Hispanoamérica el clasicismo tiene una valoración moral muy positiva ya que se considera un garante de sus libertades democráticas y símbolo de vitalidad cultural. La mayoría de edificios institucionales de estas naciones se construyeron empleando un lenguaje clásico con el que pretendían vincularse arquitectónicamente a las primeras democracias helénicas. Sin embargo, eso no les impide aceptar la arquitectura moderna y convivir con ella, valorando todos sus aspectos positivos de la misma forma que valoran positivamente el clasicismo (véase “La escuela de Chicago y la tradición clásica norteamericana"). 

Una de las características más destacables de los nuevos clasicistas o nuevos palladianos, aparte de su compromiso de continuidad con la tradición, es su tolerancia hacia la arquitectura moderna siempre y cuando ésta no agreda directamente al Patrimonio y los entornos Patrimoniales. Tolerancia que por otra parte no es recíproca, puesto que los arquitectos contemporáneos desdeñan todo contacto con la tradición, considerándola en el mejor de los casos una venerable pero incómoda pieza de museo o un palimpsesto sobre el que redefinir su propio ego. Aunque lo normal es apelar al “falso histérico” y calificar de pastiche todo lo que no sea una ruptura violenta con el pasado y la consiguiente huida hacia delante con destino incierto. 

Al contrario que los grandes maestros del Movimiento Moderno, quienes recibieron una formación clásica pero abrazaron la modernidad rechazando el lenguaje clásico que tan bien dominaban, Robert A. M. Stern es un claro exponente de arquitecto que habiendo recibido una formación moderna, acaba volviéndose clásico y dominando su lenguaje a la perfección, sin por ello renegar de sus raíces modernas. Su estudio nos muestra un amplio abanico de edificios, complejos comerciales o residenciales y planes urbanos, haciendo gala de ese espíritu multidisciplinar que le permite proyectar edificios modernos, como el Centro Comcast en Philadelphia (Pennsylvania, EEUU, 2008) o la Torre Carpe Diem (París, Francia). Y a la vez que es capaz de ofrecer obras modernas, también es un gran tradicionalista moderno, término acuñado por él mismo para definir a aquellos arquitectos cuya filosofía proyectual se adapta a la tradición constructiva, tradicional e industrial, del lugar donde se asientan sus edificios. La Biblioteca Pública de Nasville (2001, Tennessee, EEUU) y el Edificio Bavaro en la Escuela Curry de Educación de la Universidad de Virginia (Charlottesville, Virginia, EEUU, 2010) son dos magníficos ejemplos del otro extremo creativo de este polifácetico arquitecto que perfectamente podría aspirar al Pritzker por la pureza casi minimalista de sus obras modernas.




Torre Carpe Diem (París, Francia). Arq: Robert A. M. Stern.

Para saber más sobre Robert A. M. Stern:






domingo, 2 de enero de 2011

Clasicismo "canónico": Archivo Histórico Nacional

A diferencia de sus vecinos en la "Colina de los Chopos", que hacen gala del denominado clasicismo depurado, el Archivo Histórico Nacional es un edificio de un sobrio clasicismo canónico, obra del arquitecto Manuel Martínez Chumillas e inaugurado en 1953. Martínez Chumillas perteneció al GATEPAC pero tras la guerra civil, bien por oportunismo, bien por convicción, decidió regresar a los principios de la arquitectura clásica y tradicional que habían caracterizado su obra anteriormente (sirva de ejemplo el pabellón de Murcia de la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929 y sus numerosas restauraciones de iglesias a lo largo del territorio nacional). 

El edificio presenta dos cuerpos bien diferenciados: por un lado, la extensa fachada principal, de tres plantas, que ocupa uno de los lados del espacio central del CSIC y se destina a salas de consulta y espacios de trabajo, y el cuerpo trasero organizado en torno a un patio rectangular que alberga los archivos. 

Frente a la elegante columnata del edificio principal proyectada por Fisac en 1943, el arquitecto Chumillas opta por componer el acceso a modo de arco triunfal con dos órdenes superpuestos. Ambos órdenes, dórico y jónico, tienen un trazado canónico que busca la continuidad con el clasicismo decimonónico más neutro. Aún teniendo la misma escala que el edificio principal, el Archivo Histórico Nacional puede pasar más desapercibido a pesar, o quizá precisamente, por su profusión de elementos clásicos perfectamente asimilados por el imaginario colectivo. La escala menor de cada uno de los órdenes superpuestos resta colosalismo al conjunto, a la vez que permite todo un muro apilastrado en la planta inferior, de un desafortunado orden jónico que contradice más que trasciende las más elementales reglas de superposición de órdenes, a saber, que los órdenes más elaborados se superponen a los más toscos

A diferencia de Fisac, que coqueteó con el clasicismo antes de hacer profesión de fe moderna, el arquitecto Chumilla volvió al clasicismo después de un coqueteo con el primer Movimiento Moderno español, se mantuvo fiel durante toda su carrera (y este edificio es fruto de su madurez profesional) al clasicismo canónico y hasta cierto punto beauxartiano que caracterizó la arquitectura española hasta el primer tercio del siglo XX como contrapeso a los pintorescos regionalismos con los que se pretendió enmendar el debate sobre un estilo nacional en España.


Para saber más:

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ciudad de la Justicia en Luxemburgo. Rob Krier

Arquitecto: Rob Krier

Situada en la meseta de Espíritu Santo, en el borde del casco antiguo de Luxemburgo, el diseño reúne a los distintos departamentos de justicia de la ciudad, así como al país, en la planta de la histórica fortaleza de Vauban.
Desarrollado por Rob Krier en colaboración con Lèon Krier, esto se logró mediante la propuesta de un nuevo barrio en la ciudad con calles, callejones y plazas accesibles al público y mediante la asignación de los distintos departamentos en edificios individuales. Uno de los edificios registrados fue designado para el Tribunal de Distrito (Tribunal d'Arrondissement ).

El conjunto se inscribe en términos arquitectónicos y urbanos en el contexto histórico.

En 2002, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO ha aprobado formalmente el proyecto.


Enviado por:

lunes, 9 de agosto de 2010

Clasicismo depurado: Edificio Central del CSIC. Miguel Fisac.

Como tantos otros maestros de la Modernidad, Miguel Fisac inició su vida profesional con un breve romance con el clasicismo, mostrando un completo dominio de la arquitectura clásica. Aunque esta rápidamente evolucionó hacia formas modernas no cabe duda que ese amplio dominio de la arquitectura clásica influyó positivamente en su obra.

El Edificio Central del CSIC fue su segunda obra (1943), después de la Iglesia del Espíritu Santo (1942). Se trata de un edificio largo que ocupa un espacio central dentro del conjunto de edificios; con un pórtico central de tres vanos con columnas corintias pareadas muy depuradas en su composición y seis filas de ventanas verticales a cada lado. La solemne fachada de granito se ve interrumpida por el pórtico central, donde las columnas se colocan pareadas para permitir una mayor anchura del vano. Sobre las columnas se coloca un sencillo entablamento coronado por un ático con una inscripción conmemorativa y el emblema del CSIC.


Para saber más:

domingo, 18 de abril de 2010

La importancia de la arquitectura georgiana en la actualidad

Imaginemos por un momento que estamos trabajando con un promotor inteligente y civilizado y asumamos para continuar nuestra argumentación que estamos trabajando en el diseño de un sencillo edificio de tres alturas. Su uso es para pequeñas oficinas o viviendas medianas y que el promotor ha observado que la planta baja y primera podría tener una altura libre ligeramente superior que la de la segunda planta; así que nuestro edificio, situado entre medianeras en una calle larga, podría ser como el del primer boceto (fig. 1).
fig. 1

Lamentablemente esto no indica nada, podrían ser viviendas u oficinas, pero también podría ser un bloque de pisos, un centro de salud, una escuela o prácticamente cualquier cosa. Es cierto que muestra tres plantas, pero la larga banda horizontal de vidrio obviamente significa que el muro cortina esconde las particiones interiores y en cualquier caso hay más vidrio del que necesita. El edificio será también muy caluroso en verano y muy frío en invierno. Así que vamos a mejorar la relación hueco-macizo para ser más honesto con lo que ocurre dentro del edificio (fig. 2).
fig. 2

Si estuviéramos ante un edificio Moderno, los muros podrían ser paneles prefabricados y las ventanas grandes hojas de vidrio. Muy probablemente habría una estructura de hormigón armado con sus juntas de dilatación a intervalos regulares, que encajarían en la modulación del edificio. Sin embargo, de necesitar un edificio más permanente nada nos impediría hacer los sólidos muros de carga de ladrillo y argamasa. Una cubierta inclinada no sólo sería una respuesta permanente a los problemas de humedad, sino que permitiría una planta bajo cubierta sin afectar a los ángulos de luz desde la calle. De hecho ya podemos ver la lógica de la cubierta Georgiana (fig. 3).
fig. 3

Llegados a este punto se puede comprobar que se ha llegado a un diseño satisfactorio, sencillo, práctico y económico. Ciertamente nuestro promotor estará de acuerdo con este pragmático sentido común y apreciará las sutiles referencias Georgianas. Sin embargo, podría pensar, como de hecho muchos ya pensamos, que es muy plana, sobre todo si la calle es muy larga. Y si la calle se encuentra en una zona cara, él pensaría que como arquitectos podríamos hacer algo más. Nos diría: ¿Por qué no la haces más importante e imponente? Emplearía varias palabras para expresar sus sentimientos pero lo que realmente quiere decir es que el edificio debería tener más personalidad, más carácter, la clase de cualidades que observamos en los edificios antiguos – más presencia. Cualquier constructor podría hacer nuestro diseño y el promotor podría haberse ahorrado nuestros servicios haciéndolo él mismo. Lo que realmente nos está pidiendo es darle a ese edificio más arquitectura. La construcción es sonido; ¿cómo podemos dar belleza a la construcción?

Analicemos esta fachada. Conscientes de los principios de la arquitectura clásica y con nuestros cuadernos llenos de los detalles arquitectónicos que hemos observado, estudiemos las posibilidades.

Empecemos enfatizando la funcionalidad. Hay un forjado entre el dintel de las ventanas de planta baja y el alféizar de las ventanas de planta primera; esto podría enfatizarse con un elemento separador a modo de arquitrabe. Hay otra planta sobre las ventanas del segundo piso que podrían enfatizarse con otro elemento separador, tal vez un entablamento completo.

La calle es muy larga y tal vez un poco de énfasis en el centro la saque de la monotonía. Podríamos unir los dos edificios centrales. Y habiendo enfatizado la planta baja, por qué no le aplicamos un rusticado para crear un podio para las plantas superiores.

Hecho esto, podríamos intentar encontrar un Orden que encaje entre el podio y el entablamento. Por supuesto, el entablamento debe diseñarse en proporción al Orden, pero supongamos que vamos a emplear el Orden Jónico. No es lo suficientemente largo como para encajar y tal vez podríamos realzarlo con pedestales, pero seguiríamos teniendo el problema del entablamento pues el arquitrabe y el friso podrían pisar la ventana del segundo piso. La única solución pasaría por omitir el arquitrabe. No sé que pueden pensar acerca de eliminar el arquitrabe del Orden Jónico. De hecho me gustaría que alguno me citase ejemplos donde se haya omitido el arquitrabe por razones de este tipo. Por su formación académica sabrán que Stuart y Revett fueron a Atenas a finales del siglo XVIII y midieron muchos edificios, algunos de los cuales omitían los arquitrabes. Y como resultado de sus publicaciones, algunos arquitectos pensaron que eran más académicos y cercanos a la Antigüedad si sólo proyectaban friso y cornisa. Personalmente, no creo que estos apuntes históricos signifiquen mucho más que pueden ser útiles como justificación para lo que hemos hecho, además de ofrecer al diseño un aspecto tardo-dieciochesco, porque arquitectos como Plaw y Adam siguieron este camino.

Una vez insertado un Orden Jónico y reducido el entablamento tal como hemos descrito, podríamos realzar la composición con un frontón colocado sobre las cuatro ventanas centrales (fig. 4).
fig. 4

El problema de un frontón de estas características es que hay una pilastra en el centro, lo cual es totalmente incorrecto. No hay fachadas de edificios Clásicos de ninguna época – ya sea Romana, Renacimiento o el Siglo XVIII- con una columna en el eje de simetría del frontón. Todas los modos de composición de columnas asumen un número impar de las mismas en el pórtico, por lo que un frontón como el nuestro no debería considerarse seriamente. Únicamente lo he sugerido como forma de tratar el eje de una larga y monótona fachada de ladrillo y como modo de conocer la reacción del hombre de la calle y el promotor ante un edificio con mayor presencia. El procedimiento de diseño es poco académico, sobre todo el frontón sobre cinco columnas y la omisión del arquitrabe, pero he usado este ejemplo para mostrar una de muchas miles de formas de afrontar un problema de este tipo.

He dicho que es una forma de tantas, que no es académica y que puede ser criticada desde un punto de vista histórico y artístico. Pero tal vez nos pueda interesar precisamente por no ser un caso hipotético; se ha hecho antes. Me pregunto si alguien podría adivinarlo.

Conforme abandonen el edificio y salgan a Bedford Square, miren hacia la derecha, miren hacia su izquierda y crucen la calle. Vayan y hagan lo mismo.

Extraído de una conferencia impartida en la Architectural Association, Bedford Square, Marzo de 1983.

Fuente: VV. AA. Architectural Monographs nº 27. Quinlan Terry. Accademy Editions, Londres 1993.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Edificios: Biblioteca en Bordon, Hampshire

Robert Adam: Biblioteca en Bordon, Hampshire, Reino Unido (1986)


Robert Adam proyectó esta biblioteca pública en el centro urbano de Bordon, una ciudad en rápida expansión en la década de 1980. La planta y el diseño general se inspiran en las antiguas basílicas romanas, antecesoras de las primeras iglesias cristianas.

Una biblioteca inspirada en esta tipología permite una disposición más eficiente. La planta de la sala de lectura está compuesta por tres naves, separadas por pilares de fábrica con arcos rebajados, iluminadas de forma natural a través de huecos practicados en la nave central, más elevada. Una disposición tan sencilla permite recurrir a sistemas constructivos tradicionales: muros de carga de ladrillo y cubiertas de madera y teja cerámica.


La analogía con modelos del Bajo Imperio y Alta Edad Media se hace patente elos diferentes aparejos decorativos de la fachada y los capiteles de terracota, con forma de hojas de helecho, del pórtico de entrada. El aspecto general recuerda a obras tardorromanas y bizantinas, como podría ser el Mausoleo de Gala Placidia en Rávena (425-430 d. C.).


martes, 15 de septiembre de 2009

Edificios: Galería Duncan. Lincoln, Nebraska, Estados Unidos




Este proyecto se sitúa en las grandes planicies de Norteamérica. Es tanto una vivienda como una galería para un cliente que ama las cestas artesanas y los aviones privados, y que colecciona escultura abstracta moderna.


El emplazamiento del edificio es tan pintoresco como surrealista. El montículo arbolado que hace las veces de telón de fondo aparece como una intrusión surrealista en la llana pradera. Una red de senderos se superpone a las masas arbóreas y los cuadrados resultantes se sembraron con diferentes variedades de hierba de la pradera. Y sobre esta colcha vegetal se sitúan gigantescas esculturas. El volumen principal del edificio agrupa las salas de exposiciones y de esparcimiento en torno a un atrio cubierto. Un peristilo al norte hace las veces de cochera y patio de servicio.


El edificio tiene la escala de una galería de arte y así como el caracter pintoresco de la finca contrasta con la cuadrícula vegetal de la pradera, la piedra de Indiana de sus muros contrasta con la carpintería de acero inoxidable cepillado. La yuxtaposición de la piedra y el acero inoxidable es un ejemplo tanto de la tectónica de materiales como de la adaptabilidad inherente del lenguaje clásico. Esta galería vivienda es una contradicción al situarse en la frontera entre lo público y lo privado. Como galería ofrece refugio frente a un mundo cada vez más tecnificado a la vez que se reafirma en las tradicionales funciones protectoras de una una vivienda en relación a su entorno y convirtiéndose en algo "natural" dentro de la pradera.

jueves, 27 de agosto de 2009

Edificios: Mercado Brownsword, Poundbury, Reino Unido (III)

John Simpson: Mercado Brownsword, Poundbury, Reino Unido (2000)

III.- Vista desde la entrada.


La forma del edificio y su arquitectura contrastan con la escala doméstica menor de las viviendas que lo rodean, lo que contribuye a resaltar la importancia cívica del Mercado Brownsword. Además, el uso de columnas exentas sugiere un uso y función más público que privado.

lunes, 3 de agosto de 2009

La Giralda de Manhattan

Los primeros rascacielos surgen en Chicago tras el gran incendio que devastó la ciudad en 1871. Durante la reconstrucción los arquitectos se enfrentaron a nuevas necesidades como el mejor aprovechamiento del suelo, las estructuras ignífugas y la rapidez de montaje de las mismas. La respuesta a esos requerimientos técnicos estaba en el acero que permitió construir edificios de varias plantas de forma rápida y segura. Pero la respuesta técnica no era capaz por sí sola de definir un tipo edificatorio completamente nuevo y sin ningún precedente directo en la historia.

Estos edificios en altura de la Escuela de Chicago tomaron como referencia las estructuras de fachada de los palacios renacentistas italianos, aunque en muchas ocasiones a ese esquema tripartito (basamento, cuerpo principal y cornisa) se le añaden detalles obtenidos de una libre interpretación del románico, en lo que se conoce como neorrománico richardsoniano, por haber sido el arquitecto Henry Hobson Richardson quien lo tipificara y difundiese. La Escuela de Chicago desarrolla a partir de ahí un estilo personal con la figura de Louis Sullivan a la cabeza. Frank Lloyd Wright se formó en ese ambiente de libre adaptación del clasicismo a las nuevas necesidades tipológicas.

Sin embargo, esta primera tradición americana se verá superada por el triunfo definitivo del clasicismo tras la Exposición Universal de Chicago de 1893. Esta exposición fue la presentación en la sociedad norteamericana del ampuloso clasicismo Beaux-Arts y el urbanismo neobarroco con sus grandes avenidas e hitos urbanos. Si bien el clasicismo es indisoluble a la arquitectura estadounidense desde que se fundara esa nación, hasta finales del siglo XIX se había mantenido en letárgica fidelidad a la tradición palladiana iniciada por Thomas Jefferson y en cierto modo ignorante a los grandes debates de la arquitectura europea. Con la Exposición, los discípulos de los grandes arquitectos de la Escuela de Chicago muestran al país una nueva monumentalidad que trasciende tanto el austero neoclasicismo Jeffersoniano como la creativa arquitectura chicaguense. Además sirvió de demostración práctica del movimiento “Ciudad Hermosa”, que inspirado en la “Ciudad Jardín” británica y el urbanismo haussmaniano, pretendía llevar orden y belleza a las anodinas tramas urbanas ortogonales de Estados Unidos.

El estudio de arquitectura formado por Charles McKim, William Mead y Stanford White fue fundado en 1890 y llegó a ser el estudio más importante de Estados Unidos dilatando su existencia hasta mediados del siglo XX. A este estudio se deben grandes hitos de la arquitectura norteamericana como la desaparecida Estación de Pensilvania en Nueva York, que recrea la espacialidad de las termas romanas adaptadas a una estación de tren, o la segunda versión de Madison Square Garden, que dio ocio a los neoyorkinos durante treinta años hasta su demolición en 1925.

Este gran complejo lúdico, situado en el número 26 de la Avenida Madison, incluía salas de conciertos, de baile, restaurantes y estaba rematado por una torre, copia de la Giralda de Sevilla. El cuerpo del edificio en su composición recuerda al regionalismo de Aníbal González; medía 26 metros de alto y la torre 134, convirtiéndose en el segundo edificio más alto de la ciudad. Es el remate de la torre de Madison Square Garden, que albergaba dependencias privadas donde arquitecto coqueteaba con sus amantes, lo más parecido formalmente al cuerpo de campanas de Hernán Ruiz. El resto sigue el mismo esquema sencillo que la estructura almohade de ladrillo sin apenas elementos destacables. Recordemos además que en aquella época el cuerpo almohade no había sido restaurado y numerosos huecos y detalles ornamentales estaban ocultos o muy deteriorados, lo cual pudo haber influido en la percepción de la torre por parte del arquitecto, ya fuera por una hipotética visita a Sevilla o a través de las publicaciones de la época.

Vista desde la esquina noreste de Madison Square con la calle 26

Vista desde Madison Square
Alzado frontal y detalle del remate

Alzado desde la calle 26; planta baja y planta desde el primer palco.

Detalle del jardín y loggia de cubierta

Detalle de la arcada a nivel de calle

Vista del jardín de cubierta

Desconocemos si Mead viajó alguna vez a la ciudad del Guadalquivir durante su estancia en Europa a finales del siglo XIX, pero es seguro que se documentó bastante bien sobre el campanario de la catedral hispalense, como muestra el sorprendente parecido formal entre ambas torres. La neoyorquina es más purista en su articulación que el remate manierista de Hernán Ruiz, aunque el campanario sevillano es más complejo en cuanto a significados, ya que representaba el triunfo de la Fe Cristiana sobre el Islam mientras que Madison Square Garden es simplemente el triunfo del incipiente ocio consumista. En lugar de la Fe triunfante, una escultura de Diana remataba el edificio de White. La primera versión de esta Diana, realizada por Augustus Saint-Gaudens, medía 5,5 metros y fue bajada para exponerla en la Exposición de Chicago de 1893, pero fue destruida en un incendio al final de la misma. La sucedió una segunda versión de 4 metros de alto que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Filadelfia, además de varias copias que la han acabado convirtiendo en un icono del clasicismo americano y es insignia de grupos clasicistas.

La torre fue también escenario de la turbulenta muerte del arquitecto. Stanford White era un mujeriego empedernido que seducía a sus amantes en su apartamento privado de la última planta de la torre, donde estaba su famoso columpio rojo de terciopelo. White mantuvo una relación con la jovencísima actriz Evelyn Nesbit antes de que ésta se casa con el acaudalado Harry Kendall Thaw. Tras el matrimonio la actriz confesó a su marido sus relaciones prematrimoniales y éste, cegado por los celos, disparó en la cabeza al arquitecto durante una revista musical representada en el jardín de la cubierta de Madison Square Garden la noche del 25 de Junio de 1906. El asesinato fue explotado por la prensa rosa y amarilla de William Randolph Hearst y se convirtió en el crimen del siglo.

Independientemente del triste final del arquitecto, el modelo tuvo éxito y sirvió de inspiración para muchas torres y rascacielos. A partir de estas experiencias la visión del edificio en altura cambia y se pasa de la horizontalidad inspirada en el Palacio renacentista italiano, a una verticalidad inspirada en las torres medievales. La Giralda, al igual que el Campanile de San Marcos, ofrece un remate elaborado sobre una estructura relativamente sobria, justo el efecto que se buscaba para los nuevos rascacielos, donde la seña de identidad deja de estar en el basamento para subir hasta las últimas plantas. Esta influencia, muy marcada a principios del siglo XX irá diluyéndose en las primeras décadas del siglo para dar lugar al rascacielos norteamericano tipo cuyos paradigmas son el Edificio Chrysler o el Empire State, los últimos de una saga que murió con la Gran Depresión y el New Deal.

domingo, 26 de julio de 2009

Conversaciones en torno al clasicismo (XVI)

¿Podría existir un edificio clásico de varias plantas?


La superposición de órdenes en edificios de varias plantas ha sido un tema muy recurrente dentro de la arquitectura clásica. Vitruvio, el único referente teórico que nos ha llegado de la arquitectura antigua, apenas trata este asunto (sólo lo menciona de pasada en la descripción de su Basílica de Fanum), y los arquitectos renacentistas se encontraron con estructuras como el Coliseo o el Septizodium que, a pesar de contener elementos clásicos descritos por Vitruvio, su disposición no era mencionada por el arquitecto. Primó aquí el empirismo y fue necesario medir y tipificar estas ruinas para encontrarles una aplicación dentro de las nuevas necesidades de la sociedad renacentista.


De esta forma quedó prescrito que los órdenes más sencillos estuviesen bajo los más elaborados, como en el Coliseo, y que si era necesario, al último orden podía añadírsele un ático como los de los Arcos del Triunfo. Con este esquema podrían superponerse hasta cinco niveles (basamento rústico, dórico, jónico, corintio y compuesto, con o sin pedestales) más un ático, si bien este modelo rara vez fue empleada, siendo lo normal tres niveles de órdenes o menos. En su lugar surgieron fórmulas con las que enlazar todos los niveles y dar un aspecto más unitario a la fachada.

Alzado del Coliseo de Roma (72 d. C.), con sus cuatro niveles de órdenes superpuestos

Grabado del Septizodium (203 d. C.) en 1582

Arco de Septimio Severo (203 d. C.). Obsérvese el ático sobre las columnas y el entablamento.

Los primeros intentos de órdenes superpuestos en edificaciones renacentistas se encuentran en Florencia. En el Palacio Rucellai, construido por Leon Bautista Alberti entre 1446 y 1451, se emplean tres niveles de órdenes entre arcadas: pilastras dóricas bajo corintias y compuestas con su entablamento completo en una fachada almohadillada pulida muy plana. Santa María Novella es un intento de conciliar las Iglesias Medievales florentinas con las nuevos aires del Renacimiento, ofreciendo órdenes superpuestos en un paramento policromo que enlazan los diferentes niveles de la nave central y laterales.
Leon Bautista Alberti. Alzado del Palacio Rucellai (1446-1451).

Bramante proyecta en 1504 en Claustro de la Iglesia de Santa María della Pace en Roma, donde emplea cuatro órdenes para organizar sus dos niveles. Emplea arcadas sobre pilastras dóricas separadas entre sí por pilastras jónicas con su entablamento completo en el nivel inferior y pilastras corintias y columnas compuestas en el superior. En su propuesta para la nueva Basílica de San Pedro también emplea órdenes superpuestos.

Miguel Ángel es el primero en dar una respuesta ingeniosa a la superposición de órdenes sin que la composición resulte demasiado pesada en los Palacios de la Colina Capitolina en Roma, creando un orden gigante que abarca toda la altura del edificio e incluye sus diferentes plantas.

Este modelo conocerá más éxito que la superposición de órdenes por cada planta ya que permite módulos mayores y una estructura más monumental. Los palacios y villas palladianas toman el orden gigante como referencia proyectual y gracias a la difusión del palladianismo será el orden gigante el modelo más popular de empleo de órdenes arquitectónicos en edificios de gran altura. En el siglo XVIII se intenta crear una metodología racional para la arquitectura, basada tanto en la lectura crítica de Vitruvio como el análisis arqueológico de las ruinas antiguas. Marca Antoine Laugier primero, y Jean Nicole Louis Durand después teorizaron sobre el empleo de órdenes superpuestos en edificios de varias plantas.

Laugier en su “Ensayo sobre la arquitectura”, publicado en 1753, aboga por una arquitectura radicalmente racional basada en sistemas adintelados donde todo lo que no sea estructura o consecuencia directa de la misma, es superfluo y debe desecharse. Dedica el Artículo IV del capítulo I a este asunto, considerando la superposición de órdenes como una “licencia autorizada por la necesidad” y apuntando cuatro criterios a tener en cuenta:
1.- Sólo un arquitrabe debería separar los órdenes inferiores, quedando el entablamento completo para el nivel superior. Justifica esta regla razonando que los entablamentos completos están concebidos como remate del edificio y por tanto llevan implícitos el concepto de techo y remate. Su empleo en niveles intermedios rompería la idea de continuidad que se pretende dar a un edificio que emplea varios órdenes.
2.- Los órdenes más ligeros deben ir encima de los más pesados, como dicta la costumbre, pero Laugier es contrario al empleo de áticos, que considera una coronación pobre e ignorante que sólo da la idea de tragaluces abiertos en la cubierta. En su lugar propone una balaustrada como remate sobre la cornisa.
3.- Un orden arquitectónico para cada planta porque sólo el arquitrabe da idea de forjado y de separación entre plantas. Su criterio considera los órdenes gigantes como portadores de la idea de entreplantas, que considera miserable.
4.- Vano sobre vano y macizo sobre macizo. Amplía este criterio vitruviano e incide en la necesidad de que las columnas se coloquen a plomo unas sobre otras y que su número no varíe con las plantas. Además critica las estructuras apoyadas sobre grandes ménsulas, como galerías, coros y cajas de órganos. Laugier vuelve a matizar estos puntos en Capítulo IV donde trata la construcción de Iglesias.
Frontispicio del Ensayo sobre la arquitectura (1753) de Marc Antoine Laugier.

En sus “Lecciones de Arquitectura”, publicadas en 1804, Durand ofrece una especie de prontuario de la arquitectura clásica. No teoriza tanto como Laugier u otros contemporáneos suyos y ofrece una visión pragmática del clasicismo donde la trilogía vitruviana de firmeza, utilidad y belleza se sustituye por el binomio conveniencia y economía. Al respecto de la superposición de órdenes, coincide con Laugier en que los niveles intermedios no deben separarse más que por el arquitrabe, aunque difiere con él al recomendar que sobre el mismo se coloque un estilobato (pedestal sin basa). Además, en su línea empírica, da una serie de pautas para las proporciones de los diferentes niveles en función del orden elegido y la altura de cada planta:
Pisos de la misma altura y el mismo orden: columnas superiores disminuidas 1/6 de su altura.
Piso superior más alto y órdenes diferentes: columnas de la misma altura.
Piso superior más bajo y el mismo orden: columnas superiores disminuidas 1/4 de su altura.
Lámina del Tratado de Durand donde explica la superposición de órdenes.

Pero la presencia de órdenes de forma explícita no es razón única para que un edificio se clásico. Existen edificios que, a pesar de no tener órdenes, son paradigmas del clasicismo, como el Palacio Pitti en Florencia o el Palacio Farnesio en Roma. El primero es obra de Filipo Brunelleschi, quien lo construyó en 1458, a partir de la superposición de tres niveles de arcadas en un paramento almohadillado que recordaba a los acueductos. El segundo es obra de Miguel Ángel, y ejemplifica el modelo de Palacio Romano, con un basamento rústico, un cuerpo sencillo interrumpido sólo por la portada y rematado por una potente cornisa. Laugier también dedica una parte de su Ensayo, capítulo II – Artículo VII, a los edificios sin órdenes, donde insiste en tres factores a tener en cuenta: exactitud de las proporciones, elegancia de las formas y disposición de los ornamentos. Por lo primero entiende una correcta adecuación de las alturas del edificio a su función, si bien matiza que un mismo edificio no tiene que obedecer a un mismo volumen y admite variaciones volumétricas para dinamizar la composición. La elegancia de las formas viene referida a la correspondencia de todos los elementos del edificio entre sí (tanto en planta como en alzado), de forma que estén perfectamente relacionados a través de un sistema de proporciones. En su última recomendación pone en valor el modelo de Palacio Romano que hemos mencionado, prestando especial atención a mostrar los materiales estructurales en fachada, aunque rechaza las composiciones manieristas de puertas y ventanas abogando, como Durand hará después, por unas molduras sencillas acompañadas de relieves antes que por una profusión de formas arquitectónicas.
Filipo Brunelleschi. Palacio Pitti (1458)

Miguel Ángel Buonarroti. Palacio Farnesio

Los primeros rascacielos de la segunda mitad del siglo XIX toman como referencia la idea del Palacio renacentista para su composición en altura, con un fuerte basamento, un cuerpo desarrollado de forma muy sencilla donde cada vez van apareciendo más huecos conforme la estructura de muros portantes desaparece, y una potente cornisa o remate que se acabará convirtiendo en la seña de identidad del edificio.
Louis Sullivan. Edificio Auditorium. Nótense las enormes columnas que articulan el cuerpo principal del edificio.

El movimiento moderno destierra la idea del empleo de órdenes y cualquier tipo de composición explícitamente clásica, aunque conserva la idea de la proporción y la modulación de las partes. Los rascacielos de Mies Van der Rohe, por ejemplo, conservan el esquema tripartito que puede observarse perfectamente en el edificio Seagram de Nueva York.
Mies Van Der Rohe. Edificio Seagram (1954-1958). A pesar de su radical modernidad, sigue conservando la composición tripartita de los primeros rascacielos.

Por último, la restauración del clasicismo a partir de la década de 1970 permitió de nuevo el empleo de órdenes en edificios en altura. Los edificios de oficinas de Quinlan Terry en Baker Street, terminados en 2002, y Tottenham Court Road, terminados en 2009 son ejemplos de ello. El primero es un conjunto de siete edificios que ocupa gran parte de una manzana; compositivamente están diferenciados haciendo eco de la diversidad de arquitecturas de la capital británica y destaca entre todos el acceso desde el número 22 de esta calle, donde retoma la idea del palacio palladiano con su basamento rústico, un orden gigante de columnas jónicas y un gran ático. El edificio de oficinas en los números 264-267 de Tottenham Court Road se basa en algunos modelos tardíos de Schinkel (su gran edificio de comercios en “Unter den Linden” de 1827) y muestra cómo un orden gigante puede permitir grandes vanos acristalados entre sus intercolumnios (tal como los hubiere deseado Laugier) así como varias alturas integradas dentro de la propia carpintería de las ventanas.
Quinlan Terry. Edificios de oficinas en Calle Baker. Vista general
Quinlan Terry. Edificios de Oficinas en calle Baker. Detalle del número 22
Quinlan Terry. Edificio de oficinas en Tottenham Court Road. Alzado

Quinlan Terry. Edificio de oficinas en Tottenham Court Road. Vista general