Autor: Andrea Pacciani.
Traducción: Pablo Álvarez Funes.
En algunas iglesias modernas los fieles no son los únicos que se esfuerzan por encontrar su acceso físico, sino que el propio Jesucristo parece luchar por encontrar una forma de entrada. Entre éstas está la Iglesia de Foligno, Italia, que ha ganado renombre internacional por el descaro con que este cubo de hormigón se inserta en Umbría, una de las regiones más bellas de Italia. Es la tierra de San Francisco y Santa Clara. No lejos de aquí se creó una de las expresiones más figurativa de la Fe Católica, el Belén. Pero Fuksas no tuvo en cuenta este patrimonio como un medio de guía formal de su proyecto. Aunque sus razones no son claras , ya sea ignorancia, hostilidad, o la convicción de que la tradición está anticuada, el templo construido es un acto de violencia. Por un lado la iglesia demuestra un acto de violencia arquitectónica contra el paisaje umbro; por el otro es un acto de violencia espiritual contra algunas de las páginas más hermosas de la Historia y Tradición del Catolicismo.
De hecho la iglesia no se identifica como tal excepto por el aspecto monumental de su fachada. Si bien este carácter monumental es típico de las iglesias umbras, aquí ha derivado en un gigante que sólo expresa arrogancia e insuficiencia. El aspecto desollado del hormigón visto evoca la frágil solidez estructural de cientos de iglesias italianas construidas en los últimos cincuenta años cuyas ruinosas fachadas muestran manchas sanguinolentas de sus hierros oxidados.
La “plaza” parroquial es una plataforma frente a la amenazadora presencia de la iglesia. (Fotografía: Ettore Guerriero).
Desde un punto de vista arquitectónico esta iglesia es criminal, una afrenta al entorno escénico en el que se ha insertados. Pero el arquitecto retrata la iglesia, tanto el edificio como la institución, como un crimen social: el crimen de la Fe en una sociedad secularizada en medio de un relativismo contemporáneo que niega lo espiritual en favor de un materialismo crónico. Casi parece como si el arquitecto tuviera la intención de desprestigiar a la iglesia por su presencia incómoda en el tejido urbano de forma que los feligreses se sintieren señalados por el resto de la comunidad.
Viendo la estructura tanto desde el interior como desde el exterior podemos imaginar que fue concebida como un espacio vacío imposible de rellenar, con muros lisos y regulares, de forma que no pueda germinar semilla alguna de devoción Cristiana.
El choque de impresiones en un espacio tan extraño enmascara una inquietud espiritual; la vinculación afectiva con la iglesia parroquial y la presencia viva en su interior son complicadas de desarrollar durante las devociones diarias: Adoración Eucarística, Vigilias, rezo del Rosario necesitan de lugares que podamos frecuentar cada día con afecto creciente, y no con sentimiento de alienación, o peor, de culpa.
Al final se trata de un lugar creado para su sola extravagancia, no para una vida confesional cotidiana que sostiene las necesidades de la Fe, en un lugar donde éste puede ser expresada y fortalecida. En esa iglesia no se pueden imaginar celebraciones enriquecidas por el fervor espiritual de los feligreses, ni solemnes misas de domingo interrumpidas por el llanto de un recién nacido o un niño correteando, pero tampoco creo que el arquitecto hubiera podido imaginarlo.
Nadie sabe el nombre de la iglesia, o a quien está dedicada, pero todos la llaman la iglesia de Fuksas, como si fuese un lugar desconsagrado o simplemente indigno de vincularse a lo sagrado.
Andrea Pacciani es arquitecto y urbanista en Parma, Italia
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