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martes, 9 de octubre de 2012

La nueva espadaña de la Iglesia de Facinas


La nueva espadaña de la Iglesia Parroquial de la Divina Pastora de Facinas. 

Con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011, el arquitecto Ignacio Vicens desplegó por la capital española toda una serie de arquitecturas efímeras de gusto opinable con las que pretendía mostrar la modernidad de una Iglesia comprometida con los jóvenes a la vez que los nuevos aires de una arquitectura religiosa española. Aunque el señor Vicens dedicó su tesis doctoral al estudio de las arquitecturas efímeras del barroco español, las estructuras que acompañaron la visita de Su Santidad Benedicto XVI se proyectaron en continuidad con la modernidad militante y agresiva de su obra. Como tantos otros arquitectos modernos, Vicens se escuda en su conocimiento de la historia para defender unos postulados modernos que, por principio, son incompatibles con cualquier continuidad histórica. De esta forma se pretende, apropiarse de la historia y la tradición desde posturas modernas para impedir su continuidad. Cualquier intento de recuperar la tradición desde la propia tradición y no desde interpretaciones modernas que la distorsionan es automáticamente calificado de “pastiche” o “kitsch” por parte de los arquitectos más mediáticos, lo cual no impide que en ocasiones triunfe el sentido común de la continuidad de la tradición frente a la dudosa huida hacia delante que propone la modernidad. Un buen ejemplo de esto es la nueva espadaña que luce la Iglesia de la Divina Pastora, en la pedanía tarifeña de Facinas. 

La Parroquia de la Divina Pastora tal como la podemos contemplar actualmente es el resultado de una restauración efectuada en 1830 a la anterior iglesia, cuya primera referencia data de 1759. El templo es muy sencillo, de una sola nave con dos tramos de bóvedas vaídas y una cúpula sobre el presbiterio, todo pintado en blanco, con unas franjas amarillas para indicar unos imaginarios capiteles que, de haberse dispuesto de mayores fondos, indudablemente estarían ahí. La iluminación se realiza por óculos y confieren un aspecto sereno y vernáculo, en el que destaca el retablo neogótico, traído ex profeso desde Cádiz y uno de los escasos representantes del neogótico en España. 

Al templo se le adosan varias dependencias parroquiales conformando una manzana con entidad propia en torno a un patio con arcadas en la más pura tradición vernácula andaluza. La fachada de la iglesia muestra un primer cuerpo de piedra arenisca rematado por una sencilla cornisa. Dos pilastras toscanas muy estilizadas enmarcan la puerta de acceso y un sencillo edículo con la imagen de la patrona remata la cornisa. Probablemente la fachada fuera a constar de un segundo cuerpo también en piedra que contuviera algún frontón u otro tipo de remate con la imagen de la patrona más elaborado que el existente, así como una espadaña, en línea con otras iglesias de similares características repartidas por la provincia de Cádiz. Al no concluirse, la espadaña de la iglesia se colocó sobre uno de los muros laterales, donde ha permanecido hasta el verano de 2012, cuando se ha procedido a la construcción de una nueva sobre la fachada principal. 

Esta nueva espadaña se inserta en la larga tradición de espadañas andaluzas, que a su vez derivan de modelos propuestos en diferentes tratados de arquitectura del Renacimiento y el Barroco. Se estructura en tres cuerpos con pilastras y está rematada por un frontón con un azulejo que representa al Espíritu Santo. A modo de entablamento y separación entre cada “orden” una banda de azulejos muestra la Salve a la Divina Pastora. Además, cuatro jarrones y una cruz de forja contribuyen a armonizar la composición, en clara analogía a los pináculos que estabilizaban los empujes de los grandes templos y edificios.

A la derecha, la Iglesia de la Divina Pastora antes de la construcción de la espadaña. A la izquierda, la propuesta de Ignacio Blanco Peralta.

El autor del proyecto es el tarifeño Ignacio Blanco Peralta, y las labores en hierro son obra del artesano sevillano D. Rafael Ramírez Ruano. No nos consta en las fuentes consultadas que el señor Blanco Peralta sea arquitecto, y hemos de considerar su propuesta nacida de devoción y la voluntad de crear un elemento digno para la parroquia de Facinas. Es cierto que algunos elementos de su espadaña podrían haberse concebido de mejor forma: las pilastras del segundo cuerpo son demasiado anchas y rompen cualquier regla de superposición de órdenes, por mucho que sus basas pretendan imitar a las del primer cuerpo. Además sus capiteles no son tales y bien necesitarían de las molduras necesarias para serlo, o bien el entablamento que los separa del siguiente nivel debería haber estado más desarrollado, de forma que los azulejos hubieran hecho las veces de friso donde se leen los versos del himno, tal como se hace en el cuerpo inferior. Del mismo modo, el frontón habría necesitado de al menos una moldura que lo perfilara y enmarcara el azulejo del Espíritu Santo.

Al estar situado en un pequeño municipio, y al ser el templo en sí mismo un edificio muy sencillo, sin grandes pretensiones, lo que en otros contextos podría ser considerado como un aberrante pastiche de mal gusto queda aquí como una obra inocente fruto del ingenio y de la devoción popular, pues no en vano ha sido gracias a la recolección de fondos por parte de los vecinos de Facinas que ha sido posible la construcción de esta espadaña en cierto modo tan encantadoramente ingenua. 

Para saber más:



jueves, 5 de abril de 2012

miércoles, 4 de abril de 2012

La basílica teresiana de Alba de Tormes. Análisis estructural (V)



Conclusión 

El tipo estructural al que pertenece la basílica teresiana se corresponde con el más habitual observado tanto en la meseta castellana como en las catedrales francesas. El arquitecto en su memoria únicamente hace referencia de pasada a las catedrales de Salamanca y Segovia cuando justifica el gótico como el estilo elegido para la construcción de la basílica (1). Las referencias directas al gótico castellano se limitan a elementos ornamentales y funcionales (como el nártex con sotocoro) ya que el examen visual y estilístico de las láminas del proyecto no nos revela ninguna influencia directa de alguna catedral española. El proyecto tiene ciertas similitudes, salvando la escala, con otras obras neogóticas del autor en Madrid, como la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, construida en 1892. De esta forma el arquitecto se aparta de una interpretación mimética e historicista del gótico y se aproxima al neogótico de influencia francesa que tanto éxito tuvo en la época. 

Al aplicar el análisis estructural de la Dr. Cassinello a la basílica teresiana nos encontramos con que el arquitecto, al emular los modelos franceses y por extensión a los castellanos de influencia francesa, siguió la estela de racionalidad sísmica en el diseño estructural que iniciaron los constructores góticos a partir de su experiencia constructiva. La obra del arquitecto Repullés y Vargas está circunscrita al ámbito de la meseta central y el diseño de esta obra neogótica, de haberse construido tal cual se proyectó, habría podido responder bien a un hipotético caso de sismo. Precisamente por la acotada geografía profesional de este arquitecto, desconocemos si habría sido capaz de aplicar los criterios de racionalidad sísmica en zonas de mayor peligrosidad como el levante español, pues el peso de los modelos franceses era considerable en la época y desplazaba el estudio de las propias estructuras locales. 

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(1) Repullés y Vargas, E. M. Proyecto de Basílica a Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes. Imprenta de Calatrava. Salamanca, 1900. La fundación cultural SantaTeresa ha publicado un facsímil de este documento, con prólogo de Jose Luis Gutiérrez Robledo. También es posible su consultaelectrónica a través de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

martes, 3 de abril de 2012

La basílica teresiana de Alba de Tormes. Análisis estructural (IV)



Análisis estructural 

La meticulosidad del análisis estructural del arquitecto Repullés y Vargas no incide sin embargo en el aspecto de la estabilidad ante sismo, aunque en su época ésta no estaba lo suficientemente desarrollada y mucho menos para grandes edificios de piedra que se suponían eternos. Sin embargo, las catedrales góticas españolas ofrecen unos criterios de racionalidad sísmica que pueden justificar su morfología. La Dr. Arq. M. J. Cassinello Plaza ha elaborado una serie de estudios sobre racionalidad sísmica que la han llevado a establecer una clasificación en cuanto a tipos estructurales de los esqueletos pétreos de las catedrales góticas españolas. 

Esta clasificación incide en un aspecto no tenido en cuenta hasta el momento, como la presencia de enjutas. Si este factor se superpone sobre un mapa de peligrosidad sísmica, se obtienen dos tipos fundamentales de catedral (1), que a su vez se subdividen en otros cuatro que dependen de la morfología del templo: presencia de contrafuertes interiores o exteriores, número de naves y relación de alturas entre las mismas (2). 

Atendiendo a esos factores, la estructura proyectada por el arquitecto Repullés y Vargas se correspondería con el tipo A-II (3): Se observan arcos levemente enjutados sólo en el perímetro y el crucero, tres naves con la central de mayor altura que las laterales y existen contrafuertes exteriores y arbotantes. Algunas partes de la girola y capillas radiales, al no tener arbotantes, podrían incluirse en el A-I.

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(1) Enjutamiento tipo A (sólo están enjutados los arcos formeros y fajones del crucero y los de las naves extremas de la catedral) y tipo B (todos los arcos formeros y fajones sobre los que se desarrollan las bóvedas de la catedral están enjutados). Ver: CASSINELLO PLAZA, M. J. Influencia de los terremotos históricos en lascatedrales góticas españolas. Annali di arquitectura nº 17, 2005. p. 15. 

(2) CASSINELLO PLAZA, M. J. Trazados y estabilidad en la arquitecturagótica. Cuadernos INTEMAC nº 53, 2004. p. 33. 

(3) “Este 'tipo' cuenta con tres naves de diferente altura, dobles arbotantes para canalizar empujes de bóvedas, cubierta y viento, contrafuertes exteriores y cubierta inclinada ejecutada sobre cerchas de madera de pronunciada pendiente. Las naves laterales se ubican entre los pilares que delimitan la nave central y el inicio del canto de los contrafuertes exteriores, de esta forma arriostran los contrafuertes y reducen su esbeltez frente a pandeo, desde la cota del nacimiento hasta el nivel del suelo”. CASSINELLO PLAZA, M. J. Ibid. p. 33.

lunes, 2 de abril de 2012

La basílica teresiana de Alba de Tormes. Análisis estructural (III)


Descripción del proyecto. 

En una memoria publicada en 1900 (1), el arquitecto describe pormenorizadamente el proyecto y es un documento indispensable para entender el compromiso estructural que el arquitecto mantiene con el gótico en esta basílica. 

El documento se estructura en dos partes: una memoria descriptiva y una serie de planos. A su vez, la memoria descriptiva se estructura en una introducción, seis capítulos (2) y una conclusión. De la primera parte los capítulos más interesantes para nuestro estudio son el de la descripción del proyecto, su construcción y su memoria. La parte gráfica además contiene un interesante estudio sobre la estabilidad de un tramo de la basílica siguiendo trazados geométricos. 

Como vimos en la introducción histórica, el nuevo edificio se plantea como ampliación del templo existente en el Convento de la Encarnación; al ser una orden de clausura, el arquitecto organiza los espacios de veneración de las reliquias de forma que las monjas, sus custodios, puedan acceder a ellos sin abandonar el espacio de clausura. El solar se ubica en los límites históricos de Alba de Tormes, en un punto de topografía en pendiente que une la trama urbana con el río, por lo que éste fue el primer escollo que debió salvar el arquitecto, quien decide nivelar el terreno seis metros para facilitar el acceso desde el pueblo. 

El arquitecto proyectó en planta una basílica de tres naves con capillas laterales, girola que rodea la nave central y una capilla absidal en forma de octógono para la exposición de las reliquias. El crucero estaría rematado por una aguja, que se vería complementada por otras de menor tamaño situadas sobre torres repartidas por todo el perímetro del edificio. A lo largo de esta parte de la memoria el arquitecto se muestra plenamente consciente del comportamiento estructural del edificio y, al igual que el gótico medieval, las decisiones estéticas derivan de necesidades estructurales. 

La nave principal está dividida en siete tramos, el primero y el segundo de los cuales responden al modelo tradicional castellano de nártex con sotacoro. La altura de esta nave y la del crucero es mayor que la de las naves laterales; las capillas adosadas a lo largo de las mismas tienen menor altura aún. El arquitecto justifica esta gradación de alturas para poder colocar una galería o triforio sobre las naves laterales de forma que faciliten los recorridos procesionales y de peregrinaje. El presbiterio ocupa otros tres tramos y la girola siguen el mismo sistema. El autor justifica la presencia de las torres del crucero y de la fachada principal de acuerdo a criterios funcionales como facilitar los accesos al triforio (crucero) y coro y campanarios (fachada principal) (3). 

Antes de finalizar esta parte de la memoria, el autor da un par de datos significativos sobre la morfología estructural de la basílica que nos serán de utilidad a la hora de analizar la estructura de acuerdo a los avances más recientes: “arco apuntado al tercio”, “división de los pilares en tantas columnillas como nervios de bóvedas sustenta cada uno” y ventanales “generados a partir de la unión de los huecos del triforio, constituyendo ambos un solo y amplio vano” (4). 

La siguiente parte de la memoria es la dedicada a la descripción de sus materiales y elementos constructivos (5). Desde un primer momento, el arquitecto rechaza el empleo del hierro y el acero por considerarlos modernos y poco adecuados para la calidad de la obra que estaba proyectando. Toda la estructura sería construida en piedra arenisca de Villamayor, mientras que la cimentación y el zócalo serían construidos en granito de Alba de Tormes. El arquitecto olvida su negativa a emplear materiales modernos a la hora de realizar la cimentación, donde sí accede a emplear hormigón y mortero hidraúlico acompañando a los sillares de granito. Nuevamente volverá a emplear materiales modernos en zonas “ocultas” como la estructura de la cubierta sobre las bóvedas, construida en acero. No obstante, al final de esta parte de la memoria el arquitecto deja la puerta abierta al empleo de nuevos materiales conforme su estudio avance. Hay que tener en cuenta por un lado que los estudios sobre hormigón eran muy recientes en ese momento, la dificultad de producirlo en una España todavía industrialmente atrasada y por último el rechazo de los arquitectos de la época a mostrar esos materiales en un lugar visible, pero su total asimilación cuando no lo era. 

Sobre las bóvedas, el arquitecto da poca información sobre su proceso constructivo, dando por sentado que la mayoría de sus lectores, y de los constructores de la época, eran capaces de entender su funcionamiento y construirlas. Únicamente se detiene a explicar el procedimiento usado para reducir las plementerías en las partes de la basílica con una geometría más compleja, como son la capilla octogonal, los ábsides de los laterales del crucero y el presbiterio y las bóvedas de la girola. No obstante, esta explicación se limita a despiezar mediante nervios la geometría de estos elementos en triángulos de forma que la carga de las plementerías quede uniformemente repartida entre los nervios. 

Los empujes quedan garantizados por un sistema de arbotantes que sigue los principios generales del trazado de estas estructuras (sin que el autor entre en más detalles), si bien indica una serie de zonas que, por su propia configuración espacial (girola), no podrían acogerlos, en cuyo caso se limita a regruesar los contrafuertes. 

Por último, el capítulo de la memoria es todo un pequeño tratado de estabilidad y equilibrio en la arquitectura gótica, si bien por razones de espacio y de ligereza del texto, únicamente se publica el estudio de un tramo genérico. Este análisis estructural empieza calculando las masas que soporta cada pilar en cada encuentro (cubiertas, nervios y plementerías); tras esto determina geométricamente la estabilidad de los arcos (tomando como ejemplo uno de los nervios diagonales de la nave central) lo cual a su vez le permite establecer el espesor de las bóvedas y el peso de dovelas y clave, y a los que hay que sumar la plementería para considerar la totalidad de su resistencia. Una vez determinadas todas estas cargas horizontales y verticales las traslada a la sección transversal del tramo elegido para el análisis, de forma que sus resultantes son las que determinan la dimensiones de los elementos (pilares, contrafuertes y arbotantes) (6). Todos estos cálculos van complementados con tablas y estudios gráficos de la estabilidad y cargas del tramo analizado, de forma que se puedan hacer extrapolables al resto del edificio. 

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(1) Repullés y Vargas, E. M. Proyecto de Basílica a Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes. Imprenta de Calatrava. Salamanca, 1900. La fundación cultural Santa Teresa ha publicado un facsímil de este documento, con prólogo de Jose Luis Gutiérrez Robledo. También es posible su consulta electrónica a través de la Biblioteca Digital de Castilla y León

(2) 1.- Historia del edificio actual. 2.- Estudios preliminares. 3.- Descripción del nuevo templo. 4.- Construcción del edificio. 5.- Estabilidad de la construcción. Repullés y Vargas, E. M. Ibid. p. 5. 

(3) “La longitud de la fachada principal es de 25 metros y la de cada una de las laterales de 44 metros hasta la nave del crucero, teniendo los ábsides de éste 13 metros de diámetro, siguiendo luego 20 metros en la capilla mayor y 15 de la girola (…). 

El ancho de la nave principal en luces, o sea de pilar a pilar, es de 9,50 m y de 12 metros entre los ejes de pilares; las naves laterales tienen 4 metros de ancho y el fondo de las capillas es de 4,50 metros. 

Cada tramo tiene 6 metros, también entre ejes, excepto los contiguos al crucero en los cuales, con motivo del mayor diámetro de los cuatro pilares que sustentan los arcos torales y el cimborrio, y con objeto de regularizarla planta y de no alterar las luces de los arcos correspondientes a las naves laterales, se ha añadido a dicha dimensión el exceso del radio del referido pilar sobre el de los restantes. 

Desde la rasante del templo la altura exterior de las capillas es de 9,50 metros sin contar la balaustrada; la de las naves laterales de 12,57 metros y la de la principal de 28 metros. 

Las torres de la fachada principal miden 36 metros de altura; las cuatro equidistantes del cuerpo de luces del crucero 39,50 metros hasta su cornisa y 52,56 metros hasta el vértice del chapitel. La elevación del cimborrio es de 45 metros en el arranque de la flecha y de 40 metros más hasta los pies de la estatua de la Santa, cuya altura es de 6,50 metros. 

Las elevaciones interiores son las siguientes: pilares de la nave principal 18 metros; hasta las claves de las bóvedas de la misma 27 metros; pilares y claves de las naves laterales 8 metros y 11 metros respectivamente, y altura máxima de las capillas 8,50 metros. Finalmente, la bóveda que cubre el cimborrio está a 46 metros sobre el pavimento del templo.” 



sábado, 31 de marzo de 2012

La basílica teresiana de Alba de Tormes. Análisis estructural (I)

Portada del primer número de la revista "La Basílica Teresiana". Octubre de 1897. Fuente: Biblioteca virtual de prensa histórica. 

Introducción histórica 

En España, por la particularidad histórica que supuso la reconquista, la producción artística medieval es muy diferente a la del resto de Europa. La continuidad del arte visigodo como elemento autóctono, el islámico en el sur y la francesa a través del Camino de Santiago, se mezclan para crear un arte propio, genuinamente hispánico a pesar de las influencias. 

A medida que avanzaba la Reconquista, también avanzaban las nuevas tendencias artísticas. De esta forma se puede decir que la influencia de la arquitectura románica llega hasta aproximadamente el río Tajo, a partir del cual las formas empiezan a ser góticas o gótico-mudéjares. El gótico llega hasta el sur de España, si bien lo dilatado de la Reconquista hace que en gran parte de Andalucía escaseen las arquitecturas medievales y predominen las Renacentistas y Barrocas. 

Es por todo esto que, cuando en el siglo XIX se genera el debate entre neogótico y neoclasicismo que desembocará en la era ecléctica, tanto España como Portugal e Italia se quedan al margen (en el caso italiano por el escaso peso del gótico en unas tierras donde la arquitectura romana no perdió del todo su influencia) y continúan con el academicismo neoclásico hasta bien entrado el siglo XIX. 

Metida de lleno en la crisis de los eclecticismos, España desarrollará varios regionalismos donde la componente mudéjar y plateresca tiene cierta importancia. Ni el neogótico ni el neorrománico tienen especial aceptación en nuestro país, lo que no quita que sus escasos ejemplos no sean interesantes. Quizá el edificio neogótico más interesante de España sea el proyecto del Marqués de Cubas para la Catedral de la Almudena en Madrid, inmensa mole que partiendo de los escritos de Eugéne-Emmanuel Viollet-le-Duc pretendía ser más gótica que el gótico mismo. El único edificio neogótico comparable a la flamante nueva catedral de Madrid es la Basílica Teresiana en la localidad salmantina de Alba de Tormes. 

Esta basílica fue proyectada por el Arquitecto Enrique María Repullés y Vargas en 1896. Aunque en esa época el uso del acero y el vidrio era habitual en la arquitectura, y estaban empezando a construirse los primeros edificios en hormigón armado, el arquitecto decide que la basílica sea construida enteramente en piedra siguiendo además patrones de trazado medievales, cuyos fundamentos habían sido estudiados a lo largo de todo el siglo XIX. Frente a muchos edificios neogóticos de la época que únicamente empleaban el repertorio medieval como carcasa decorativa, el arquitecto proyecta un edificio estructuralmente sincero con la época en la que se inspira. Este trabajo tiene por objetivo analizar la estructura de la Basílica de acuerdo a los avances más recientes en esqueletos pétreos de catedrales góticas.

sábado, 25 de febrero de 2012

Primer proyecto para el Valle de los Caídos, 1942

Nota: Reproducción íntegra del artículo original y sus imágenes. 


Arquitectos:  D. Pedro Muguruza Otaño. 
                  D. Francisco Javier Oyarzábal. 
                  D. Antonio Muñoz Salvador. 

Frente general de la escalera sobre la Gran Plaza y acceso a la Cripta sepulcral.

Sobre este anfiteatro gigantesco se construye el Monumento, que ha de consistir en una gran cripta sepulcral labrada en la roca del Risco de la Nava, como centro del espacio disponible, al que se ha de dar acceso por una gran plaza o meseta, a cuyo pie se extiende un lago de transparente superficie, sobre la que pueden reflejarse las tapias de un cementerio que componga su contorno. 

Ha de coronar la Peña una Cruz Monumental, cuya vista se alcanzará desde Madrid; y a su respaldo, como término de un ralle cerrado de peñascos, la linea horizontal de un monasterio y un cuartel unidos sobre el eje de una guardia permanente. 

Alzado general del Monumento

El Monumento Nacional a los Caídos por Dios y por España en la Guerra de Liberación responde a la idea personalmente forjada por el Caudillo, que encomendó al arquitecto D. Pedro Muguruza Otaño la realización total del plan concebido, para lo que fue adquirida en la extensión que cubre la sierra de Guadarrama desde Avantos hasta el alto del León, un lagar denominado Cuelgamuros, en el que destaca un circo de cinco diversas prominencias, por cuyas laderas trepan entre rocas inmensas los pinares que arrancan de los valles, en manchas de varia intensidad, cruzadas por arroyos que terminan en un desfiladero, al pie de la carretera de El Escorial a Guadarrama. 






Todos estos elementos se hallan ya situados en previo cálculo de ordenación sobre el plano general del recinto. Se procede ahora a perforar la roca para una labra ulterior de la cripta y se espera a resolver el concurso que, a propuesta del director de la obra, se ha convocado entre arquitectos para la Gran Cruz Monumental sobre la cripta, en el Risco de la Nava. 


Un Vía-Crucis monumental conducirá a la Cruz desde la entrada al recinto, al margen de una hospedería, el cual abarcará sucesivamente los altozanos que se encadenan a la Peña del Altar. 



De otro lado, sobre su falda de árboles se construirá una carretera para facilitar el tránsito rodado hasta el pie mismo de la Cruz. Por el centro del valle y sobre el camino actual se restablecerá una calzada de peregrinación que arranca de la hospedería hasta terminar en el lago.



sábado, 11 de febrero de 2012

Las otras Cruces del Valle de los Caídos

Diferentes propuestas para la Cruz del Valle de los Caídos: 
1.- Luis Moya, Enrique Huidobro y Manuel Thomas (Primer Premio, Concurso de 1943). 
2.- Juan del Corro, Fco. Bellosillo y Federico Faci Iribarren (Segundo Premio, Concurso de 1943). 
3.- Javier Barroso y Sánchez Guerra (áccesit, Concurso de 1943). 
4.- Manuel Muñoz Monasterio y Manuel Herrero Palacios (áccesit, Concurso de 1943). 
5.- Luis Martínez Feduchi y Eduardo Rodríguez Arial (áccesit, Concurso de 1943). 
6.- Javier García Lomas, Carlos Roa y Fco. González Quijano. 
7.- Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo. 
8.- Boceto de Francisco Franco (h. 1943). 
9.- Pedro Muguruza Otaño (primer anteproyecto, h. 1945). 
10- Pedro Muguruza Otaño (segundo anteproto, h. 1945). 
11.- Antonio de Mesa y Ruiz Mateos (Anteproyecto de 1949). 
12.- Diego Méndez (Anteproyecto de 1949). 

Fuente de las imágenes: 
1-6 y 8-12. Méndez, Diego. El Valle de los caídos: idea, proyecto y construcción. Ed. Alberti. Madrid, 2009. 
7. Ruiz Cabrero, Gabriel. Francisco de Asís Cabrero. Ed. COAM. Madrid, 2007 p. 19.

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Para saber más: 

Acta del Jurado del Concurso de Anteproyectos para una gran Cruz Monumental, convocado por el Patronato del Monumento Nacional a los Caídos. Publicado en Revista Nacional de Arquitectura nº 18-19 (1943). p. 23-24.
Méndez, Diego. El Valle de los caídos: idea, proyecto y construcción. Ed. Alberti. Madrid, 2009. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

El Papa Benedicto XVI habla de arquitectura (III)

Agradecemos a Duncan Stroik, de la revista Sacred Architecture, por esta valiosa recopilación de textos. 

Traducción: Pablo Álvarez Funes 

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 Sobre el Altar y la Dirección de la Oración Litúrgica.
Cardenal Joseph Ratzinger, 2000

Así sucedió que la Liturgia de la Palabra de la sinagoga, renovada y profundizada de una manera Cristiana, se fusionó con el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo para convertirse en la “Eucaristía”, y precisamente así es fiel al cumplimiento a la orden" “Haced esto en memoria mía”. Esta nueva forma global de adoración no podría derivar simplemente de la cena, y tuvo que ser definida a través de la interconexión del templo y la sinagoga, Palabra y Sacramentos, cosmos e historia. Se expresa de la misma forma que descubrimos en la estructura litúrgica de las primeras Iglesias en el mundo del Cristianismo Semita. Por supuesto también sigue siendo fundamental para Roma. Una vez más, permítanme citar a Bouyer:

“En ningún momento ni lugar anterior (es decir, anterior al siglo XVI) hay indicación alguna de la importancia concedida, o incluso la atención prestada a la pregunta de si el sacerdote debe celebrar con el pueblo detrás suya o frente a él. El Profesor Cyril Vogel ha demostrado que, "si hubo algo a enfatizar, fue que el sacerdote debía pronunciar la plegaria eucarística, al igual que todas las demás oraciones, mirando hacia el Este. Aun cuando la orientación de la iglesia permitía al sacerdote rezar de cara al pueblo, no debemos olvidar que no era sólo el sacerdote quien oraba a Oriente, sino toda la congregación con él”.

Es cierto que estas conexiones fueron ocultadas o cayeron en total olvido en las iglesias y práctica litúrgica modernas. Esta es la única explicación para el hecho de que la dirección común de oración de los sacerdotes y el pueblo fuera etiquetada como “celebración hacia la pared” o “de espaldas al pueblo”, llegando a parecer absurdo y totalmente inaceptable. Y esto explica por sí solo por qué la Última Cena - incluso en los cuadros modernos - se convirtió en la idea normativa de la celebración litúrgica cristiana. En realidad lo que ocurrió fue la entrada en escena de una clericalización sin precedentes. Ahora el sacerdote - el “oficiante”, como prefieren denominarlo ahora - se convierte en el punto de referencia real de toda la liturgia. Todo depende de él. Tenemos que verlo, responderle, participar en lo que está haciendo. Su creatividad lo sustenta todo. No es sorprendente que las personas traten de reducir este nuevo papel a la asignación asignación de todo tipo de funciones litúrgicas a personas diferentes y de confiar la planificación “creativa” de la liturgia a grupos de personas que quieran hacer , y se supone que harán, “su propia contribución”. Dios aparece cada vez menos. Cada vez es más importante lo que hacen los seres humanos que se reunen aquí y no quieren someterse a un “patrón predeterminado”. Al volverse el sacerdote hacia el pueblo ha convertido la comunidad en un círculo cerrado sobre sí mismo. En su forma externa, ya no se abre hacia lo que queda por delante y por encima, sino que se cierra sobre sí misma. El rezo común hacia el Este no era una “celebración hacia la pared”; no quería decir que el sacerdote estuviera “de espaldas a la gente”; el sacerdote no era considerado tan importante en sí mismo. Porque así como la congregación en la sinagoga oraban juntos hacia Jerusalén, en la liturgia cristiana la congregación ora unida “hacia el Señor”. Como dijo J. A. Jungmann, uno de los padres de la Constitución del sobre la liturgia del Concilio Vaticano II, se trataba de que pueblo y sacerdote oraran en la misma dirección, sabiendo que juntos irán en procesión hacia el Señor. No se encierran en un círculo, no se miran unos a otro, pero como peregrinos el pueblo de Dios se pone en marcha para el Oriente, hacia Cristo que viene a nuestro encuentro.

¿Deberíamos realmente reorganizarlo todo de nuevo? Nada es más dañino para la liturgia que un activismo constante, aun cuando aparente ser para el bien de una verdadera renovación. Yo veo una solución en una propuesta que viene de las ideas de Erik Peterson. La oración hacia el este está vinculada, como hemos visto, con la “señal del Hijo del Hombre”, con la Cruz, que anuncia la Segunda Venida del Señor. Es por eso que, desde muy temprano el Oriente se ha vinculado con la señal de la cruz. Donde no es posible mirar hacia el Este, la cruz puede servir como el Este interior de la fe. Debería colocarse en el centro del altar, y ser el punto común de interés para el sacerdote y la comunidad orante.

Considero que uno de los fenómenos verdaderamente absurdos de las últimas décadas ha sido desplazar la cruz del altar a un lado para dar una visión ininterrumpida del sacerdote. ¿Es la cruz perjudicial durante la misa? ¿Es el sacerdote más importante que el Señor? Este error se debería corregir tan pronto como sea posible; se puede hacer sin necesidad de reformas. El Señor es el punto de referencia. Él es el sol naciente de la historia. Por eso puede haber una cruz de la Pasión, que representa al Señor sufriente, que nos dejó traspasar su costado, del cual brotó sangre y agua (Eucaristía y el Bautismo), y una cruz de triunfo, que expresa la idea de la Segunda Venida y guía nuestra mirada. Porque siempre es el único Señor: Cristo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13,8).

Extracto de la Parte Segunda, Capítulo Tres, de “El Espíritu de la Liturgia” del Cardenal Joseh Ratzinger. Ediciones Cristiandad, 2007.

 Misa "de cara al pueblo". Fuente: Vivir de la Eucaristía


domingo, 18 de septiembre de 2011

El Papa Benedicto XVI habla de arquitectura (II)

Agradecemos a Duncan Stroik, de la revista Sacred Architecture, por esta valiosa recopilación de textos. 

Traducción: Pablo Álvarez Funes 

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Sobre la Presencia Eucarística en el Sagrario. 
Cardenal Joseph Ratzinger, 2000

“Debemos construir un lugar apropiado para esta Presencia”. Y así, poco a poco, toma el tabernáculo más y más forma, y, siempre de una manera espontánea, toma el lugar ocupado previamente por la ahora desaparecida “Arca de la Alianza”. De hecho, el tabernáculo es la completa realización de lo que representa el Arca de la Alianza. Es el lugar del “Santo de los Santos”. Es la tienda de Dios, su trono. Aquí, Él está entre nosotros. Ahora su presencia (Shekinah) habita realmente entre nosotros – tanto en un humilde iglesia parroquial como en una magnífica catedral. 

La Presencia Eucarística en el Sagrario no supone otro punto de vista paralelo a la Eucaristía o contra la celebración eucarística, simplemente implica que Su presencia tiene, en efecto, la misión de mantener en todo momento la Eucaristía en la iglesia. La iglesia nunca se convierte en un espacio sin vida porque siempre está llena de la Presencia del Señor, que sale de la celebración, nos lleva a ella, y siempre nos hace partícipes de la Eucaristía cósmica. 

Una iglesia sin Presencia Eucarística es algo muerto, incluso cuando invite a los fieles a orar. Pero una iglesia en la que la llama arde delante del Sagrario siempre está viva, es mucho más que un edificio hecho de piedra. En ese lugar, el Señor siempre me está esperando, llamándome, queriendo que me haga “eucarístico”. En este sentido, me prepara para la Eucaristía, me pone en marcha para su retorno. 

Si la presencia del Señor es tocarnos de un modo concreto, el Sagrario también debe encontrar un lugar apropiado en la arquitectura de nuestras iglesias. 

Extracto de la Parte Segunda, Capítulo Cuatro, de “El Espíritu de la Liturgia” del Cardenal Joseh Ratzinger. Ediciones Cristiandad, 2007.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El Papa Benedicto XVI habla de arquitectura (I)

Agradecemos a Duncan Stroik, de la revista Sacred Architecture, por esta valiosa recopilación de textos. 

Traducción: Pablo Álvarez Funes 

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 Sobre la Cuestión de las Imágenes. Cardenal Joseph Ratzinger, 2000 

Todas las imágenes sagradas son, sin excepción, en cierto sentido imágenes de la Resurrección, historia leída a la luz de la Resurrección, y por esa misma razón se trata de imágenes de esperanza, que nos aportan la convicción de un mundo nuevo con la Segunda Venida de Cristo. A pesar de la inferioridad en cuanto a cualidades artísticas de las primeras imágenes de la tradición Cristiana, en ellas ha tenido lugar un proceso espiritual extraordinario, aunque ese proceso esté más cercano a la unidad íntima y profunda de la iconografía de la sinagoga. La Resurrección arroja una nueva luz sobre la historia. Se ve como un camino de esperanza, al cual nos acercan las imágenes . 

En el arte cristiano primitivo, hasta el final de la época románica, es decir hasta el umbral del siglo XIII, no hay ninguna diferencia esencial entre Oriente y Occidente con respecto a la cuestión de las imágenes. En Occidente San Agustín y San Gregorio Magno insistieron, de forma casi exclusiva, en la función pedagógica de la imagen. El llamado Libri Carolini, así como los sínodos de Frankfurt (794) y París (824), se pronunciaron en contra de los malentendidos del Séptimo Concilio Ecuménico, Nicea II, que canonizó a la derrota de la iconoclasia y el nacimiento del icono en la Encarnación. Por el contrario, los sínodos occidentales insisten en el papel puramente educativo de las imágenes: "Cristo", dijeron, "no nos salvó con pinturas" (cf. Evdokimov, p 167). Sin embargo, los temas y la orientación fundamental de la iconografía siguieron siendo los mismos, a pesar de que ahora, en el estilo románico, emerge un arte plástico, algo que nunca tuvo sustento en Oriente. Siempre es al Cristo resucitado, aunque en la Cruz, a quien la comunidad ve como el verdadero Oriens (Este). Y el arte se caracteriza en cualquier caso por la unidad de la creación, la cristología y la escatología: el primer día inicia su camino hacia el octavo, que a su vez ocupa el primer lugar. El arte todavía se ordena hacia el misterio que se hace presente en la liturgia. Las figuras de los ángeles en el arte románico son muy diferentes en su esencia de los representados en la pintura bizantina. Muestran que nos estamos uniendo con querubines y serafines, con todos los poderes celestiales, en alabanza del Cordero. En la liturgia la cortina entre el cielo y la tierra está descorrida, y que nos eleva hasta en una liturgia que se extiende por la totalidad del cosmos. 

Con la aparición del gótico hay un cambio gradual. Muchas cosas permanecen igualas, especialmente la fundamental correspondencia interna entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, que por su parte siempre se ha referido a lo que está por venir. Sin embargo, la imagen central se vuelve diferente. La representación ya no es del Pantocrátor, el Señor de Todo, que nos conduce al octavo día. Ha sido reemplazado por la imagen del Señor crucificado en la agonía de Su pasión y muerte. La historia cuenta de los acontecimientos históricos de la Pasión, pero la Resurrección no se hace visible. El aspecto histórico y narrativo del arte pasa a un primer plano. Se ha dicho que la imagen mística fue reemplazada por la imagen devocional. Varios factores pueden haber estado involucrados en este cambio de perspectiva. Evdokimov piensa que el tránsito del Platonismo al Aristotelismo en el siglo XIII, desempeñó un papel. El Platonismo ve las cosas sensibles como sombras de arquetipos eternos. En lo sensible podemos y debemos conocer los arquetipos y llegar de los primeros a los segundos. El Aristotelismo rechaza la doctrina de las Ideas. La cosa, compuesta de materia y forma, existe por derecho propio. A través de la abstracción distinguimos la especie a la que pertenece. En lugar de la observación, a través de la cual lo super-sensible se hace visible en lo sensible, viene la abstracción. La relación entre lo espiritual y lo material ha cambiado y con ella la actitud del hombre hacia la realidad tal como se le aparece. Para Platón, la categoría de lo bello es definitiva. Lo bello y lo bueno, en última instancia lo bello y Dios, coinciden. A través de la apariencia de la belleza conectamos con lo más íntimo de nuestro ser, y esa conexión nos agarra y nos lleva más allá de nosotros mismos; nos eleva y nos mueve hacia la verdadera Belleza, al Bien en sí mismo. Algunos de estos fundamentos platónicos se observan en la teología de los iconos, a pesar de que las ideas platónicas de belleza y visión han sido transformadas por la luz de Tabor. Por otra parte, la concepción platónica ha sido profundamente reformada por la interconexión de la creación, la Cristología, escatología, y el orden material de forma que se le ha dado una nueva dignidad y valoración. Este tipo de platonismo, transformado por la Encarnación, desaparece de Occidente tras el siglo XIII, por lo que ahora el arte de la pintura se esfuerza en primer lugar para representar los acontecimientos que han tenido lugar. La Historia de la Salvación se ve menos como un sacramento que como una narración desarrollada en el tiempo. Así, la relación con la liturgia también cambia. Se ve como una especie de reproducción simbólica del acontecimiento de la Cruz. La Piedad responde orientándose a la meditación de los misterios de la vida de Jesús. El arte encuentra menos inspiración en la liturgia y mira hacia la piedad popular, y la piedad popular a su vez tiende a alimentarse de las imágenes históricas en las que se puede contemplar el camino hacia Cristo, el camino del mismo Jesús y su continuación en los santos. La separación iconográfica entre Oriente y Occidente, que se llevó a cabo a finales del siglo XIII, es sin duda muy profunda: se abren temas muy diferentes, diferentes caminos espirituales. Una devoción más historicista de la Cruz reemplaza la visión Oriental, y mira hacia Señor resucitado que ha ido por delante de nosotros. 


Sin embargo, no debemos exagerar las diferencias que fueron surgiendo. Es cierto que la representación de la muerte de Cristo en el dolor en la cruz es algo nuevo, pero sigue mostrándole como aquel que cargó con nuestros dolores, y por cuya llaga fuimos somos curados. En los extremos del dolor representan el amor redentor de Dios. Aunque retablo de Grünewald lleva el realismo de la Pasión a un extremo radical, lo cierto es que era una imagen de consuelo. Permitió a la víctimas de la peste al cuidado de la Antoninos reconocer que Dios se identificaba con ellos en su suerte, a ver que él había descendido a su sufrimiento y que su sufrimiento estaba escondido en el Suyo. Hay un giro decisivo hacia lo que es humano, histórico, en Cristo, pero animado por la sensación de que Sus aflicciones humanas pertenecen al misterio. Las imágenes son consoladoras, porque hacen visible la superación de la angustia en la encarnación de Dios compartiendo nuestro sufrimiento, y por tanto llevan con ellas los mensajes de la Resurrección. Estas imágenes también provienen de la oración, de la meditación interior en el camino de Cristo. Son identificaciones con Cristo, basadas a su vez en la identificación de Dios con nosotros en Cristo. Abren el realismo del misterio sin apartarse de él. En la Misa, al hacerse presente la Cruz, ¿no nos permiten estas imágenes entender ese misterio con una intensidad nueva? El misterio se despliega en una concreción extrema, y la piedad popular permitió llegar al corazón de la liturgia de una manera nueva. Estas imágenes no sólo muestran la “superficie de la piel”, el mundo sensible externo; también tienen la intención de guiarnos a través de la mera apariencia externa y sólo abrir los ojos al corazón de Dios. Lo que hemos sugerido para las imágenes de la Cruz también es aplicable para el resto del “arte narrativo” gótico. ¡Cuánto poder de devoción interior se encuentra en las imágenes de la Madre de Dios! Con ellas se manifiesta la nueva humanidad de la Fe. Estas imágenes son una invitación a la oración, porque están impregnados de oración desde el interior. Nos muestran la verdadera imagen del hombre como estaba previsto por el Creador y renovado por Cristo. Ellos nos guían hacia el auténtico ser del hombre. Y, por último, ¡no olvidemos que el glorioso arte de las vidrieras góticas! Las ventanas de las catedrales góticas mantienen fuera a la estridencia de la luz exterior, a la vez que concentran la luz usándola de manera que toda la historia de Dios en relación con el hombre, desde la Creación hasta la Segunda Venida, brilla a través de ellas. Las paredes de la iglesia, en interacción con el sol, se convierten en imagen por derecho propio, el iconostasio de Occidente, prestando al lugar un sentido de lo sagrado que puede tocar todos los corazones, incluso los agnósticos. 

El Renacimiento hizo algo nuevo. “Emancipó” al hombre. Ahora vemos el desarrollo de la “estética” en el sentido moderno, la visión de una belleza que ya no apunta más allá de sí misma, sino que está contenida en última instancia en ella misma, en la belleza de las cosas aparentes. El hombre se experimenta en su autonomía, en toda su grandeza. El arte habla de esta grandeza del hombre casi como si fuera sorprendido por ella, no necesita buscar otra belleza. No suele haber apenas diferencia entre las representaciones de los mitos paganos y los de la Historia Cristiana. Se ha olvidado la carga trágica de la antigüedad; sólo se ve su belleza divina. Resurge una nostalgia por los dioses, por el mito, por un mundo sin temor al pecado y sin el dolor de la Cruz, que tal vez había sido demasiado abrumador en las imágenes medievales. Es cierto que los sujetos cristianos siguen siendo representados, pero ese “arte religioso” ya no es arte sacro en sentido estricto. No entra en la humildad de los sacramentos y su dinamismo trascendente al tiempo. Quiere disfrutar el momento y traer la redención a través de la belleza misma. Tal vez la iconoclasia de la Reforma debe entenderse como reacción a este contexto, aunque sin duda sus raíces sean más complejas. 

El Barroco, que sigue al Renacimiento, tiene diferentes aspectos y modos de expresión. En su mejor forma se basa en la reforma de la Iglesia puesta en marcha por el Concilio de Trento. En línea con la tradición de Occidente, el Concilio volvió a insistir en el carácter didáctico y pedagógico del arte, pero, como un nuevo comienzo para la renovación interior, llevó una vez más a un nuevo modo de ver las cosas. El retablo es como una ventana a través de la cual el mundo de Dios viene a nosotros. La cortina de la temporalidad se eleva, y se nos permite echar un vistazo a la vida interior del mundo de Dios. Este arte tiene la intención de insertarnos en la liturgia celestial. Una y otra vez, experimentamos una iglesia barroca como una clase única de alegría fortísima, un Aleluya en forma visual. “El gozo del Señor es vuestra fuerza” (Nehemías 10). Estas palabras del Antiguo Testamento expresan la emoción básica que anima esta iconografía. 

La Ilustración desplazó la Fe a una especie de ghetto intelectual e incluso social. La cultura contemporánea se apartó de la Fe y siguió otro camino, por lo que la Fe volvió la vista hacia el historicismo, la copia del pasado, en un intento de nuevo compromiso o se perdía en la resignación y la abstinencia cultural. 

Esto último dio paso a una nueva iconoclasia, que con frecuencia ha sido considerado como un mandato virtual del Concilio Vaticano II. La destrucción de las imágenes, cuyo primeros signos se remontan a la década de 1920, eliminó una gran cantidad de kitsch y el arte indigno, pero al final dejó un vacío, la miseria que ahora estamos experimentando en toda su agudeza. ¿A dónde vamos desde aquí? Hoy en día no sólo estamos viviendo una crisis del arte sacro, sino una crisis del arte en general de proporciones sin precedentes. Por su parte, la crisis del arte es un síntoma de la crisis de la propia existencia humana. El inmenso crecimiento del dominio del hombre sobre el mundo material le ha dejado ciego a las preguntas sobre el sentido de la vida que trascienden el mundo material. Casi podríamos llamarlo una ceguera del espíritu. La cuestión de cómo debemos vivir, cómo podemos vencer a la muerte, si la existencia tiene un propósito y lo cuál es; para todas estas preguntas ya no hay una respuesta común. 

El positivismo, formulado en nombre de la seriedad científica, estrecha el horizonte a lo que es verificable, a lo que puede ser probado por la experiencia; convierte al mundo en opaco. Es cierto que todavía contiene las matemáticas, pero el logos que es el presupuesto de las matemáticas y su aplicación ya no es evidente. Así, nuestro mundo de las imágenes ya no supera los límites del sentido y la apariencia, y el flujo de imágenes que nos rodea realmente significa el fin de la imagen. Si algo no puede ser fotografiado, no puede ver visto. En esta situación, el arte del icono, arte sacro, al depender de un sentido más amplio de visión, se hace imposible. Es más, el propio arte, que en el impresionismo y el expresionismo exploró las posibilidades extremas del sentido de la vista, deja de tener un sentido literal. El arte se convierte en experimentación con mundos de creación propia, vacíos de "creatividad", que dejan de percibir el Creator Spiritus, el Espíritu Creador. Tata de ocupar su lugar pero, al hacerlo, parece producir sólo lo que es arbitrario y vacuo, presentando al hombre lo absurdo de su papel como creador. 

La total ausencia de imágenes es incompatible con la fe en la Encarnación de Dios. Dios ha actuado en la historia y entró en nuestro mundo sensible, por lo que puede llegar a ser transparente para Él. Imágenes de belleza, en las que el misterio del Dios invisible se hace visible, son una parte esencial del culto cristiano. La iconoclasia no es una opción cristiana. 

El arte sacro encuentra sus motivos en las imágenes de la historia de la salvación, comenzando con la creación y continuando todo el camino desde el primer día hasta el octavo, el día de la resurrección y la Segunda Venida, en el que la línea de la historia humana completa el círculo. Las imágenes de la historia bíblica ocupan el primer lugar en el arte sacro, pero también incluyen la historia de los santos, que es un desarrollo de la historia de Jesucristo, el fruto nacido a lo largo de la historia desde el grano de trigo muerto. 

Las imágenes de la historia de Dios en relación con el hombre no se limitan a ilustrar la sucesión de acontecimientos pasados, sino que muestran la unidad interna de la acción de Dios. De esta forma tienen una referencia a los sacramentos, sobre todo al Bautismo y la Eucaristía; y, al apuntar a los sacramentos, está contenido dentro de ellos. Las imágenes apuntan por tanto a una presencia; están conectadas en esencia con lo que sucede en la Liturgia. Ahora la historia se convierte en sacramento en Cristo, fuente de los Sacramentos. El icono de Cristo es el centro de la iconografía sacra. El centro de la imagen de Cristo es el misterio pascual: Cristo se presenta como el Crucificado, el Señor resucitado, Aquel que vendrá otra vez y quien, aquí y ahora, aunque oculto, reina sobre todo. Cada imagen de Cristo debe contener estos tres aspectos esenciales del misterio de Cristo y, en este sentido, debe ser una imagen de la Pascua. La imagen de Cristo y las imágenes de los santos no son fotografías. Su intención es llevarnos más allá de lo que puede ser aprehendido en el plano meramente material, para despertar nuevos sentidos en nosotros, y para enseñarnos una nueva forma de ver, que percibe lo Invisible en lo visible. El carácter sacro de la imagen consiste precisamente en el hecho de que se trata de una visión interior y por lo tanto nos lleva a una visión tan interior. Debe ser un fruto de la contemplación, de un encuentro en la fe con la nueva realidad de Cristo resucitado, y por tanto nos lleva a su vez a una mirada interior, un encuentro con el Señor en la oración. La imagen está al servicio de la Liturgia. La oración y la contemplación en la cual se forman las imágenes deben ser, por tanto, una oración y tener sentido en la comunión con la fe visible de la Iglesia. La dimensión eclesial es esencial para el arte sacro y por lo tanto tiene una relación esencial con la historia de la fe, con la Escritura y la Tradición. 

Ningún arte sacro puede venir de una subjetividad aislada. Se supone que es un tema que ha sido formado desde dentro por la iglesia y que se abrió al "nosotros". Sólo así puede el arte construir la fe común visible de la Iglesia y volver a hablar de nuevo al corazón del creyente. La libertad del arte, que también es necesaria en el ámbito más estrictamente circunscrito del arte sacro, no es una cuestión de “hacer como uno guste”. Que se desarrolla de acuerdo a lo que es constante en la tradición iconográfica de la fe. Sin fe no hay arte en consonancia con la liturgia. El arte sacro se fundamenta en el imperativo establecido en la segunda epístola a los Corintios. Contemplando al Señor, somos “transfigurados a Su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (3:18). El arte no puede ser “producido” de la misma forma que se contrata y produce equipos técnicos. Siempre es un regalo. La inspiración no es algo que uno pueda elegir por sí mismo. Tiene que ser recibida o de lo contrario no está allí. No se puede llevar a cabo una renovación del arte con Fe si se hace por dinero o comisiones. Antes que nada requiere el don de un nuevo tipo de visión. Y así sería digno de nuestro tiempo para recuperar una fe visible. Dondequiera que existe, el arte encuentra su expresión adecuada. 

Extracto de la Parte Tercera, Capítulo Uno, de “El Espíritu de la Liturgia” del Cardenal Joseh Ratzinger. Ediciones Cristiandad, 2007.