viernes, 25 de julio de 2008

La Escuela de Chicago y la Tradición Clásica Norteamericana

Para los americanos la escuela de Chicago supone su primera gran tradición arquitectónica. Es cierto que para el resto del mundo es un gran referente tanto por us urbanismo como por ser la primera en preocuparse por los rascacielos.La escuela de Chicago surge a finales del siglo XIX, metida de lleno en la crisis de los eclecticismos arquitectónicos de la que no se recuperó Europa hasta la Primera Guerra Mundial. Por tanto, lo que quiero decir con esto es que mientras que en Europa se puede mirar atrás y contemplar 2000 años de tradición, con todos sus experimentos y errores, en Estados Unidos sólo tienen una perspectiva de apenas 150 años, además de que muchos de esos edificios fueron demolidos en la primera mitad del siglo XX para dar cabida a otros que los sobrepasaron en volumen y excesos eclécticos.

El movimiento moderno surge en Europa tras la Primera Guerra Mundial y no llega a EEUU hasta los años 30 con la exposición del Estilo Internacional (1932) de Hitchcock y Johnson, desde la cual intentan fomentar estos principios pero sólo como una corriente arquitectónica más (de ahí lo de "estilo", frente al europeo "movimiento"). No es hasta finales de los años 30 cuando los Europeos, presionados por los totalitarismos (alemán, italiano y ruso) emigran hacia américa donde los divulgadores del Estilo Internacional los reciben con los brazos abiertos. (Nótese que F. L. Wright fue puesto a margen de todo esto por no considerarlo lo suficientemente moderno, a pesar de la casa de la cascada -1935- y a pesar de los edificios para la compañía Johnson -1936-, posteriores a la exposición, por cierto).

Y estos arquitectos modernos rompen completamente con el modo de hacer Americano. Estados Unidos, sumido en la Gran Depresión posterior al crack de 1929 ve con buenos ojos esta economía arquitectónica del New Deal y la asocia para siempre con su modo de vida. En la década de 1950 ya habrá una tradición moderna americana, en parte fomentada por los profesionales europeos emigrados, en parte fomentada desde el propio gobierno, pero completamente alejada de los ideales sociales del Movimiento Moderno. Es una arquitectura completamente estética, sin preocupaciones ni compromisos. Por eso no hubo problema, como sí lo hubo en Europa, para que ésta fuese degenerando hacia una cultura más pop que fue la que recogió Venturi con sus patos y cajas decoradas.

La escuela de Chicago es por sí sola una tradición propia. Los arquitectos de esa época se formaron en el neoclasicismo empírico de Durand y Schinkel pero tuvieron que ir más allá al darse cuenta de que las necesidades en Estados Unidos eran diferentes a las Europeas (se necesitaba construir más y más rápido que en Europa, donde siempre se podía echar mano de las preexistencias).

Precisamente porque la cultura de Estados Unidos es un crisol de culturas, se ha apropiado de todas ellas para fundir una propia, como de hecho pasó con el Movimiento Moderno, reconvertido en Estilo Internacional, y la crisis de la Modernidad, reconvertida en Posmodernidad. El hecho de que todo esto ocurriera en tan poco tiempo se debe en primer lugar al trasvase de arquitectos hacia allí durante los años 30 y 40 y a la superioridad económica que tuvo este país tras la Segunda Guerra Mundial, lo cual llevó a autoconsiderarse como abanderado de la Modernidad (como un estilo más) y a difundir por la destruida Europa su propia versión de la misma, que allí fue recibida con los brazos abiertos como el maná caido del cielo de la tierra de las libertades que les había liberado del fascismo.

El bloque socialista siguió desarrollando el denominado "clasicismo soviético" hasta los cambios post-stalinistas de la década de los 50 y 60, cuando la modernidad entró como lavado de cara del régimen y panacea económica.

Conversaciones en torno al clasicismo (IV)

Hoy en día se construye como hace miles de años. Arquitectos como Mario Botta dan una relectura moderna a los antiguos cánones de construcción. Edificios públicos suelen ir ligados con esta clase de arquitectura y ciertos elementos como columnas se suelen meter con mayor o menor acierto en las construcciones modernas.


Hoy no se construye como hace miles de años... sencillamente porque hay técnicas que se han vuelto obsoletas, o simplemente han desaparecido barridas por la revolución industrial. Es cierto que aún quedan vestigios vivos de las técnicas constructivas tradicionales, pero para nada están emparentados con las corrientes de arquitectura contemporáneas (a menos que algún arquitecto las quiera introducir con calzador en su obra).

Sin embargo, me parece interesante el tema de la relectura del pasado que hace la posmodernidad, ya que es el punto de partida para lo que podriamos denominar un neoclasicismo canónico. Este neoclasicismo canónico surge como una ruptura total con los planteamientos tanto de la modernidad como de la posmodernidad y retoma la tradición clásica ilustrada o en todo caso prerromántica. Se trata de devolver al clasicismo la dignidad perdidad (por él mismo hasta la Primera Guerra Mundial) y arrebatada (por el movimiento moderno y la posmodernidad a lo largo del siglo XX).

Conversaciones en torno al clasicismo (III)

¿El eclecticismo del arte es lo mismo que el eclecticismo de la arquitectura?

Por “eclecticismo del arte” entendemos el resto de las expresiones artísticas: pintura, escultura, música y literatura. Y por los matices, la libre combinación de elementos del pasado.

La respuesta es no. El resto e las expresiones artísticas siguieron caminos muy diferentes. El Romanticismo abrió nuevas puertas de expresión a los artistas, quienes por otro lado pasan de ser súbditos de un mecenas a ser completamente autónomos en sus creaciones y encargos, lo que redunda en mayor libertad de expresión. La Arquitectura, por estar sujeta a las exigencias de un cliente de forma más implícita que las anteriores, deberá seguir el camino que dicte el mercado.

En pintura, tras varias décadas de academicismo y clasicismo pictórico, se abren nuevos caminos con el realismo, naturalismo o impresionismo. No obstante, hay un conato de “pintura ecléctica” con los prerrafaelistas, que intentaban recuperar la esencia de la pintura anterior a Rafael Sanzio (más bien debería considerarse un historicismo en el sentido de una casi reconstrucción arqueológica de la pintura).

Con la escultura pasa igual. A partir de 1840 se trasciende el academicismo y nacen nuevas formas de expresión. De todas formas, el clasicismo escultórico no desaparece, ya que es la base sobre la que parten las nuevas experiencias.

En música y literatura la diferencia entre uan época y otra es mayor aún. Se pasa de la música galante y cortesana del siglo XVIII a otra más expresiva de las sensaciones e inquietudes del compositor. Y en literatura hay una transición de la reglamentada y moralista estética del XVIII a todo un nuevo mundo de sensaciones que hay que plasmar. En ambas expresiones artísticas es donde se aprecian mejor los cambios del siglo XIX, ya que por así decirlo, son los modos de expresión más personalistas.

A pesar de todos estos cambios e innovaciones, la mentalidad de los artistas sigue teniendo muy clara las preexistencias y antecedentes. Todos los grandes artistas y literatos del siglo XIX tenían una amplia formación clásica de la que parten para sus creaciones. Unos seguiran el mismo camino que sus maestros, otros intentarán innovar teniéndolos en cuenta y otros los obviarán y negarán, pero el espíritu de la Antigüedad y la Ilustración les acompaña de forma permanente.

Conversaciones en torno al clasicismo (II)

No se porqué el clasicismo contemporáneo podría triunfar en una sociedad que abocó por el fracaso del clasicismo clásico y el Movimiento Moderno

El fracaso del Movimiento Moderno y el Clasicismo “Clásico” estriba en el abuso que se hizo de los mismos.

El primero quedó desacreditado al ser incapaz de dar forma arquitectónica a las aspiraciones de la sociedad, además de sucumbir ante la especulación, que vio esa arquitectura limpia y pura como maná llovido del cielo para el ahorro de materiales y calidades.

El segundo, además de agotado hasta la saciedad por una burguesía que buscaba la ostentación por encima de todo, fue empleado como icono por los regímenes totalitarios del siglo XX, tanto solialistas -recordemos el clasicismo staliniano o soviético-, fascistas -Alemania con Albert Speer y España con el “Estilo Imperial Español”, o las muchas dictaduras militares que se han servido de las formas clásicas para hacer gala de su poder.

La posibilidad de su planeamiento es real. Es decir, hay un amplio grupo de arquitectos con esos intereses, sociedades como INTBAU (bajo el patrocinio del Príncipe de Gales) o GEORGIAN GROUP, y premios como el Richard H. Driehaus, que fomentan y divulgan esa arquitectura.

El de estas propuestas depende primero del cristal y el contexto desde el que se mire, además de la manitud del proyecto. Suelen ser propuestas de edificios exentos, insertados en conjuntos históricos o parajes naturales, obras de pequeño y medio porte.

Hay que tener en cuenta que las zonas de difusión de esta arquitectura (fundamentalmente el ámbito Anglosajón: Estados Unidos y la Commonwealth), son especialmente receptivas a este tipo de arquitectura, pues el Movimiento Moderno llegó allí bajo la forma del Estilo Internacional ó como Plan de Emergencia para la Restauración después de la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, vivieron la experiencia de la Modernidad bien como una moda más, bien como una necesidad impuesta, de forma que siempre estuvieron mirando la tradición anterior como algo a lo que volver. (Algo parecido pasa en Alemania, pero las implicaciones políticas que allí sigue teniendo el clasicismo -militarismo prusiano y nacionalsocialismo, desencadenantes ambos de las dos Guerras Mundiales)

miércoles, 23 de julio de 2008

Una película sobre un arquitecto: El manantial



Este es el título de una película de 1949, con King Vidar como director y Gary Cooper Patricia Neal como protagonistas principales. Narra la vida Howard Roak, de un joven y brillante arquitecto que empieza su carrera en Nueva York; firmemente convencido en los principios de la modernidad (modernidad reducida, como no podría ser de otro modo en Estados Unidos, al Estilo Internacional) se encuentra con el rechazo de una sociedad que sigue mirando hacia el pasado y pretende revestir la modernidad de clichés antiguos. El arquitecto, indignado ante lo que considera un ataque a su creatividad, prefiere marcharse de la ciudad y emplearse como cantero. Allí inicia una historia de amor con una rica hacendada tan rebelde como él, aunque ella desconoce su pasado como brillante arquitecto y lo considera un simple obrero.

Con el tiempo llega nuevamente la oportunidad al arquitecto y puede construir un atrevido edificio que pronto será objeto de la ira de una revista amarilla, “The Banner”. Varios son los intereses que se unen para lograr su caída: sectores tradicionalistas contrarios a la estética del estilo internacional, periodistas de “The Banner” que emplean la demagogia para hundir al arquitecto y finalmente otros arquitectos que firman en masa un alegato contra él, movidos por el recelo que la brillantez provoca sobre la mediocridad. El arquitecto ve hundirse nuevamente su carrera y debe recurrir a encargos pequeños para resurgir, cosa que no le importa, pues, en sus propias palabras: “no me importa que proyecto hacer siempre y cuando sea mi arquitectura la que se haga”. En su tercer triunfo se reencuentra con la chica altiva que conoció en las canteras, pero la historia ha cambiado y ella está casada con el director de “The Banner”, quien ha acabado por admirar al arquitecto e incluso le ha encargado su casa de campo. El arquitecto es ahora admirado por todos, aunque sigue encontrándose con clientes reacios a su estética, que él defiende por encima de todo.

En un determinado momento, pensando que tal vez lo que rechazan es su nombre más que su estilo, ofrece a un amigo el proyectarle un gran complejo residencial sin cobrar nada, con la única condición de que el proyecto se ejecute tal cual el lo diseñó. Sin embargo, la magnitud del proyecto y la malicia de ciertos sectores que saben que el proyecto es cosa del arquitecto obligan a su amigo a contratar otros que quieren aportar su propio sello además de las exigencias de los promotores de darle al proyecto un aspecto más “comercial”, sustituyendo los limpios muros cortina de vidrio por una amalgama de huecos individuales, balcones y ornamentación clásica sacada de contexto. El arquitecto, enojado ante lo que considera un ataque a su creación, decide dinamitar las obras. Ante su inminente juicio y condena, la prensa amarilla nuevamente arremete contra él, considerando que los genios creativos son dañinos para la sociedad debido a su indomabilidad y a la sensación de mediocridad que dejan en el cuerpo profesional. Durante el juicio, el arquitecto hace un brillante alegato en defensa de su creatividad y genio individual, que acaba cautivando a juez y jurado. Declarado inocente, el director de “The Banner” le encarga su última obra, el rascacielos más alto de la ciudad, con la condición de no volverle a ver, ya que ha descubierto toda la historia de amor entre el arquitecto y su esposa. Acto seguido se suicida, los amantes pueden casarse y el arquitecto disfruta de los honores de ver su gran obra construida y admirada.

Generalmente la profesión del arquitecto se trata muy de pasada en el cine (caso distinto son los documentales sobre arquitectos mediáticos, muchas veces promocionados por ellos mismos). Los arquitectos, o son personajes secundarios, o su profesión queda relegada a un segundo plano para enfatizar otros aspectos de la trama argumental. Sin embargo aquí la trama gira en torno a la profesión, la teoría arquitectónica moderna, su conflicto con la tradición americana, la búsqueda del poder, la libertad del acto creativo o el conflicto del genio con la mediocridad. Podríamos afirmar que es el drama sobre el arquitecto moderno; el arquitecto que, desligado de la tradición, intenta adoctrinar a la sociedad sobre las virtudes de la modernidad, transformadas aquí ya en ímpetu y genio creativo. Ya no estamos en la Europa de entreguerras que experimentaba con las vanguardias en busca de un mundo mejor; estamos en los Estados Unidos triunfantes de después de la Segunda Guerra Mundial, una nación que ha logrado salir de la Gran Depresión y empieza a convertirse en una potencia mundial que necesita expresarse también arquitectónicamente. Y la expresión arquitectónica americana desde la Gran Depresión es el Estilo Internacional, convertido ya en opción preferente frente a un “clasicismo americano” en decadencia.

Pero el clasicismo americano, a diferencia del caso europeo donde fue aplastado por una modernidad triunfante, plantó cara a la modernidad. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el clasicismo en el continente americano se considera símbolo y garantía de las democracias emancipadas de las potencias europeas, lo que le exime de todas las connotaciones negativas asociadas al Antiguo Régimen o los totalitarismos. Este conflicto entre modernidad y tradición se refleja de forma permanente si bien no directa, oculto tras la polémica sobre la autonomía del genio creativo frente a los clientes y la sociedad. Temas como la falta de vivienda, la seguridad estructural, la desconfianza ante los nuevos sistemas constructivos (hormigón y vidrio) frente a soluciones más convencionales (estructura de acero y cerramientos de fábrica), también tienen su sitio en la trama argumental.

Con un fin claramente propagandístico de la modernidad del nuevo modo de vida americano, renovado por los artistas y genios europeos emigrados durante y tras la guerra, esta película nos ofrece un panorama de las expectativas e ilusiones del arquitecto moderno de segunda generación, que encontró el camino de la modernidad allanado para llevarla a sus más altas cotas. Sin rivales destacables por desbancados y prácticamente desprovisto de los compromisos sociales y políticos de la primera modernidad, ésta convertida en “Estilo Internacional” triunfará por el mundo durante otros veinte años, dando a luz a arquitectos como el personificado por Gary Cooper.