jueves, 18 de marzo de 2010

El Mundo entrevista a Rafael Manzano

Fuente: El Mundo 21 de Febrero de 2010.

Es uno de esos días en los que un maravilloso patio del centro de Se­villa, lleno de plantas, algo decaden­te, bien regado por una lluvia muy sonora, podría parecer Macondo o cualquier paraje tropical de monzón y arquitectura colonial. Arriba, Ra­fael Manzano, pie en alto por un ac­cidente en Madrid, intenta guardar reposo para estar en forma cuando tenga que ir a Chicago a recoger el premio más importante del mundo a la arquitectura clásica.

Pregunta.- Siempre se acuerda de sus maestros...

Respuesta.- Es que yo he tenido mucha suerte, más que nadie en el mundo, en cuanto a mis maestros. He sido alumno de los grandes de una época, la del regeneracionismo histórico, aquella gente entre la ge­neración del 98 y la del 27, cuando España fue más grande que nunca.

P.- Todo muy efímero y triste, co­mo lo cuenta Muñoz Molina en su última novela, con un arquitecto que sabe de arquitectura popular de protagonista...

R.- No crea, todavía vivimos de aquello. Aquella fue una generación fantástica, de pintores, de escritores, arquitectos, médicos y los discípulos nos hemos beneficiado de ellos. Yo, en Madrid, tuve la suerte de apren­der de tres generaciones sucesivas de grandes maestros, de aquel en­torno de la escuela de Arquitectura o de la Institución Libre de Ense­ñanza. El primero fue Leopoldo To­rres Balbás, el gran restaurador de la Alhambra, de la imagen que hoy tenemos, porque cuando él se hizo cargo estaba bastante destruida, ha­bitada incluso. Hizo una síntesis ge­nial, recogiendo alguna de tas res­tauraciones no científicas. Fue un maestro cercano a la Institución. Es­tudió muy bien la arquitectura po­pular española, gran investigador de la hispanomusulmana, del arte cisterciense y del gótico. Era un perso­naje extraordinario. Recuerdo hacer excursiones con él solo a Alcalá la Vieja, llevaba sus cartillas de la so­ciedad española de excursiones, e Íbamos levantando un plano de la ciudad musulmana. Nos recibía en el Instituto Valencia de Don Juan, de cuya fundación ahora soy patrono, y para mi aquello es un santuario. Un día entró un anciano venerable que resultó ser don Manuel Gómez Moreno, que fue el que inventó la historia de la arquitectura española. Él fue todo, hay un antes y un des­pués de él en el estudio del arte mo­zárabe. A Fernando Chueca Goitia lo conocí porque era lector suyo. Había asistido a alguna clase, era adjunto de Torres Balbás y recuerdo un día que dio él la clase porque, di­jo, don Leopoldo le estaba pagando su anual tributo a la gripe. Coincidí con él en el examen, porque Torres Balbás dejaba preguntar a sus ayu­dantes. Un día, además, buscando las piezas de una portada gótico-mudéjar, desmontada por los alma­cenes municipales, di con ella y es­taba debajo de unas ruedas neumá­ticas. Torres Balbás me dijo que contactara con Chueca. Desde entonces, fuimos maestro y discípulo. Maestro en la vida cotidiana, porque convivíamos diariamente. Continuábamos la lección peripatética por Recoletos, Cibeles, hasta Alfonso XII, donde vivía; a veces parábamos en alguna librería. Era nuestra vida. Trabajé en La Almudena con él.

P.- ¿Llegó a ver las pinturas de Kiko Arguello?

R.- No le gustaron, pero eso fue una decisión de Rouco. Del que tengo que decir, por otra parte, que tiene el mérito de haberle dado vi­da catedralicia a la Almudena. Allí celebra sus misas, está abierta y muy vivida.

P.- ¿De qué le vino a usted su afi­ción por la arquitectura? De familiares...

R.- Mi vocación se la debo a Cádiz, donde nací, y a Jerez, donde me crié. Son ciudades complementa­rias, Cádiz es barroca, clasicista y Jerez es renacentista. Mi padre era muy piadoso. Entonces se hacía el Santo Jubileo circular, cada día el Santísimo estaba expuesto en una iglesia, y así es como yo conocí to­das las iglesias de Jerez. Mi padre rezaba y yo miraba las bóvedas. Mi padre me regaló la guía histórico-artística de Jerez de don Manuel Esteve y me lo presentó. También iba a Jerez Francisco Alonso Martes, pri­mo de mi madre, un arquitecto que sabía mucho de cálculo de estructu­ras. Las intuiciones estructurales que tengo se las debo a él, con el que trabajé luego en Madrid. Fui buen dibujante porque mi madre, que era pintora aficionada, copista, me enseñó.

P.- Pues le enseñó muy bien, por­que dicen que había profesores que no se atrevían a borrar los dibujos a tiza que dejaba usted en la pizarra de la Escuela de Arquitectura...

R.- Es que yo entiendo la pedago­gía dibujada, destinada al arquitec­to, ya que su forma de expresión es el dibujo. Ser buen dibujante es una condición necesaria, no creo en un gran arquitecto que no sepa expresar su proyecto en un dibujo.

P.- ¿No se está perdiendo eso con el ordenador?

R.- No, porque el ordenador no di­buja solo. El buen dibujo de ordena­dor es tan bueno como el hecho con tiralíneas: Se está perdiendo desde que se le dio un nombre tan rim­bombante como “análisis de formas arquitectónicas”. Con el dibujo se aprehenden las formas, se fijan en la retina y eso es el material que lue­go se utiliza en la arquitectura.

P.- Decía lo del ordenador porque por Andalucía es fácil ver casi el mismo bloque de casas de algunas promotoras repetido y repetido...

R.- El arquitecto quiere una vida fácil. En la época en la que ha habido tanto trabajo es que no tenían tiem­po ni de pensar. Los más premiados, los que pasan por ser los máximos exponentes de la profesión tienen tal acumulación de encargos que di­fícilmente pueden hacer obras maestras. No me explico cómo pue­den con ese volumen de trabajo. Al final, la obra es de los ayudantes. Se ha perdido el sentido artesanal de la arquitectura. Antes se mimaban las obras y ahora es distinto, pero yo voy a morir con el plan antiguo.

P.- Lo malo es que ahora el título se ha devaluado un poco, desde que usted se licenció, ¿no?

R.- Es que cada día se da con me­nos conocimiento y, además, el ar­quitecto se hace haciendo arquitec­tura, más que en la escuela y, ahora, a lo mejor se mueren sin aprender mucho más que en la carrera. La primera premisa debiera ser que la escuela estuviera en un edificio dig­no para ser de Arquitectura. Eso pa­sa con el de Madrid, pero no con el de Sevilla.

P.- Usted se pudo volver a la Es­cuela de Madrid y no quiso...

R.-He podido volver a Madrid en varias ocasiones pero es verdad que los alumnos me empujaban a que­darme. Al final, me arreglé esta ca­sa y ya no me moví. No sé si estoy arrepentido, creo que en Madrid hu­biera tenido más clientes pero estoy contento en Sevilla, tengo amigos por toda Andalucía. Mi familia es de la Axarquia, para mí Alhama de Granada es un sitio mágico porque allí conocí a .mi mujer, que era prima segunda mía, y fue mi primera no­via. El premio me lo han dado en unos momentos dramáticos para mí porque se acababa de morir. Creo que es un acto de amistad de León Krier, al que admiraba yo desde ha­ce tiempo. Y él a mi por lo visto tam­bién. Vino en septiembre a visitar­me. Había fotografiado obras mías porque él va por el mundo buscan­do obras clasicistas. Lo que se hace siguiendo el orden clásico. En Chi­cago, la familia Pritzkter decidió dar un premio a lo mejor que se hace en arquitectura moderna y los Dreihaus lo hacen con lo mejor de la arquitectura que sigue los cáno­nes clásicos. En España, el Pritzkter es conocido desde que se lo dieron a Moneo, pero éste que me han da­do a mí no lo es.

P.- Es un premio que sólo pueden dar los americanos, porque aquí esa arquitectura no gusta, según dice usted mismo...

R.- Sí, es curioso que ambos se den en Chicago y que sean dos familias. Una que ama la modernidad por en­cima de todo y otra que aprecia la que tiene un fondo de pasado, que sea capaz de evocar la arquitectura eterna, donde tengan peso los eter­nos cánones de la proporción. Eso es el clasicismo. Y cada familia ha creado su premio y no los hay mejo­res en la arquitectura. En América cabe todo y es la grandeza que tie­ne. Una amiga mía americana dice que ellos hacen de sus hobbies una dedicación de toda la vida, casi una obligación. Los Driehaus le dedican su propia fortuna a la arquitectura clásica, que es su pasión. León Krier fue el primer premiado.

P.- Que asesoró al Príncipe de Ga­les en sus asuntos arquitectónicos...

R.-El Príncipe Carlos ha sido muy valiente denunciando los destrozos que ha hecho la arquitectura con­temporánea en los cascos históricos. Quiere salvar la ciudad histórica. Como León Krier o como yo; Tiene una sensibilidad especial, es acuare­lista, conservacionista...

P.- Muy británico en eso. Pero aquí no surge una figura como él que de­nuncie esos destrozos que también se han hecho también, ¿no?

R.- Claro. Verdaderos desaguisa­dos. Pero el arquitecto actual tiene una seguridad de lo que hace por encima de la herencia, que no le im­porta. Hay un cierto orgullo de casta, piensa que lo que dibuja está lle­no de creatividad.

P.- Le Corbusier era partidario de ti­rar parte de Estocolmo...

R.- Pero es que tampoco estamos llevando a cabo sus ideas, porque él creía en la arquitectura como pro­ducto industrial y ahora no estamos haciendo unas viviendas prefabrica­das de precios fantásticos, asequi­bles y cómodas. Al final, estamos construyendo de manera tradicio­nal, bastante mal hecho casi todo, sin aportar valores arquitectónicos nuevos. Se puede copiar bien, por­que copiando también puedes reinventar, pero es que el arquitecto ahora está copiando lo peor del mo­vimiento moderno. O del clasicismo, con la balaustrada de escayola y los frontispicios. Arquitectura hay bue­na o mala. Sólo de vez en cuando se hace alguna genialidad y, entonces, los políticos empiezan a encargarle todo y es cuando le hunden, porque no se pueden hacer genialidades to­do el rato. Porque Dios nos ha dado a todos limitaciones, hasta a los ar­quitectos más creadores. Pasa lo mismo con los urbanistas: conocer una ciudad puede llevarte toda una vida, así que no entiendo cómo los hay que pueden planificar 90 ciuda­des a la vez.

P.- Dicen que no hay mala arquitec­tura que no pueda arreglar unas plantas trepadoras y unos árboles...

R.-Hemos perdido el orden bioló­gico de la arquitectura clásica, que tiene la naturalidad de lo espontá­neo. Antes, un edificio crecía como una planta, de manera distinta de­pendiendo del clima. Crecía con una especie de orden natural interno. Las plantas siguen manteniendo ese ritmo biológico y por eso creo que pueden salvar a las ciudades. Con ellas, con los árboles, la arquitectu­ra queda camuflada por un ambiente. Por las sombras y las luces de la naturaleza. Ahora observo con ho­rror que no sabemos cómo plantar árboles en las ciudades. Nos ten­dríamos que dedicar más a la jardi­nería... La sostenibilidad de la arqui­tectura clásica es evidente, el arte mudéjar es el más sostenible, está hecho con materiales humildes, el mortero de cal no transmite calor, incluso cuando se destruye vuelve a la tierra, como el ser humano. El cristal es el material más inadecua­do en España.

P.- No sé si quiere hablar de la ex­periencia que supuso pasar cuatro días por la cárcel y luego salir absuelto de aquel caso de falsificacio­nes de cuadros...

R.- La vida no es lineal, tiene sus al­tibajos. Aquello fue una desgracia que no he querido atribuir a nadie. En aquel momento caía mal, hubo como una conjura contra mi, falseda­des y una situación muy triste, pero finalmente fui absuelto. Pero desde la detención a la absolución fueron ocho anos muy duros. No podía ha­cer previsiones y resulta que aquello se solucionó en media hora. La fiscal me exoneró de todo. Sufrí mucho, pero bueno está. Ahora estoy conten­to con el premio. En realidad, en Es­paña yo me he quedado como el últi­mo de Filipinas- Tengo discípulos, historiadores, arqueólogos queme tienen cariño porque decían que mis clases eran muy amenas pero en rea­lidad siempre han tenido distancia respecto a mi obra arquitectónica.

P.- Pero usted sigue disfrutando...

R.-Estoy haciendo una residencia en el Golfo, simplificando el lengua­je hispano-árabe. Y estoy muy con­tento de cómo ha quedado una casa en Tarancón, dórica, neogriega. Sus propietarios están encantados y yo también porque la arquitectura no es para atormentar a quien la vive.

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