Fuente: Emulation
Traducción: Pablo Álvarez Funes
La emulación se distingue de la imitación en que requiere cierto conocimiento sobre el modelo para ser emulado en una operación intelectual –no se trata de una simple copia, sino de “trabajar a la manera de”, lo cual implica no sólo corresponderse con lo que alguien hizo, sino además con cómo lo hizo (para superarlo). Los arquitectos romanos emularon a los griegos pues no sólo copiaron formalmente sus edificios sino que los superaron en riqueza, lógica, organización y escala. Pudieron hacer eso porque sabían lo suficiente (véase Vitruvio), o pensaban que sabían suficiente, acerca de lo que hacía los griegos, y lo sabían porque todavía hablaban su mismo idioma. Del mismo modo, el Renacimiento emula la Antigüedad no sólo copiando edificios antiguos, sino además adaptándolos a nuevas necesidades mientras abraza su lógica y refinamiento –una vez más, gracias a Vitruvio, pueden “hablar su lenguaje”. Y gracias a Alberti y otros teóricos del Renacimiento, por no hablar de historiadores contemporáneos que han recuperado el contexto intelectual de la época, podemos emular el Renacimiento –es un lenguaje que podemos hablar de nuevo si así lo deseamos.
No ocurre así con la Edad Media. No hay un Vitruvio o un Alberti para el arte y la arquitectura medievales. Aparte del Abad Suger –cuyos escritos de arquitectura (Sobre Saint Deins) podrían perfectamente describir una Iglesia del Barroco Romano como si fuese medieval- no tenemos escritos relevantes del periodo que describe cómo los arquitectos medievales llegaron hasta donde llegaron. Hay tratados bajomedievales de pintura como los del discípulo de Giotto Cenino Cenini, pero se trata de manuales técnicos que profundizan poco en lo que importaba en la pintura medieval; y existen informes de los gremios de constructores de las catedrales bajomedievales que dicen algo sobre la proporción, pero no son composición. No hay codificado ningún canon medieval sobre la figura humana o las columnas en arquitectura. En efecto, no existe un “lenguaje” medieval del arte o la arquitectura, sino más bien un hábito cultural coherente en la evolución de las decisiones formales. En otras palabras, no es que durante la Edad Media no escribieran sobre lo que hacían, sino que no estaban haciendo nada coordinado o internamente coherente como el Renacimiento o las antiguas Grecia y Roma. Lo que quiere decir que aquellos que quieren trabajar hoy día al modo medieval deben recurrir a una copia, o a un collage, pues no es creíble que puedan llegar a pensar como un artista o arquitecto medieval.
Si esto es cierto para el arte y la arquitectura, ¿cuánto más lo será en el diseño urbano? No hay un diseño urbano medieval del que podamos partir, en el sentido de un esfuerzo orquestado que organice grandes áreas de suelo urbano en función de un ideal artístico, como Sixto V o Alejandro VII hicieron en Roma. Cuando las comunas medievales ampliaron sus ciudades, como Siena o Florencia, crearon tramas que nos dicen muy poco de la forma de Siena o Florencia durante la Edad Media. Todo esto hace que el interés actual del Nuevo Urbanismo por el diseño urbano neomedieval sea algo extraño y artificial.
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A través de este texto el señor David Mayernik nos da las claves para entender por qué existen despropósitos como el de Villaferga o por qué el neogótico resulta tan insulso. Es imposible captar la esencia artística de la Edad Media no tanto por la lejanía temporal sino por la ausencia de una base teórica que nos permita comprender ese arte a priori de la misma forma que somos capaces de captar la esencia del clasicismo y recuperarlo.
Podemos entender el arte medieval y enumerar sus invariantes, pero no podemos recrearlo. Esto es intrínseco a su propia naturaleza; al no estar elevado a la categoría de artes liberales y depender de gremios artesanos para su realización, carece de normas unitarias. Cada gremio, cada maestro artesano, plantea sus propias pautas que por muy unitarias que resulten en un análisis estilístico a posteriori, presentan las suficientes variaciones entre ellas como para carecer del patrón común que luego posea el arte a partir del Renacimiento.
No hay mucha diferencia entre el maestro medieval y el artesano cofrade. Las creaciones de ambos, aun siendo hermosas, carecen de esa armonía de proporciones, de esa belleza albertiana que le impide mostrar una esencia común. Y es precisamente esa esencia común inherente al clasicismo la que permite su emulación.
Ya hemos hablado en esta página sobre el medievalismo y las consecuencias del mal gusto y el desconocimiento de la historia. Strawberry Hill es un costoso capricho inglés tan delicado e irrepetible como Fonthill Abbey. El Castillo de Neuschwanstein, referente por desgracia de estas tentativas de emulación medieval, no deja de ser un delirio ecléctico que demuestra, a pesar de su exhuberancia, la imposibilidad de emular una Edad Media de vida privada incómoda e insalubre. Únicamente el neogótico racionalista iniciado por Schinkel es capaz de ofrecer un medievalismo lógico y aprehensible pero que precisamente por su clasicidad se aparta de ese ideal de emulación estricta y se asemeja a los caprichos del neogótico del siglo XVIII, cuya idea también recupera Quinlan Terry en Fort Breqhou y la Villa Gótica de Londres.
Aunque el propósito general del artículo es advertir sobre la imposibilidad de crear un urbanismo que emule la aparente aleatoriedad del urbanismo medieval (y que una vez estudiado a fondo demuestra no ser tan caótico como románticamente se piensa), debería servir de recordatorio a quienes, como los “góticos”, piensan que la Edad Media se reduce a un conglomerado artesano de ojivas, esqueletos y negrura. Pero también a quienes, admirando la espiritualidad del medioevo, piensan que sólo podrán alcanzar la rectitud a través de la imitación servil de la religiosidad de ese periodo.

