miércoles, 4 de noviembre de 2009

Un alma para el espacio litúrgico (V)


IGLESIAS "DRIVE IN"

La introducción gradual de los bancos (cuyo origen remoto se remonta al otoño de la Edad Media) redujo entretanto la posibilidad de movimiento de los fieles durante la celebración.

"Históricamente, el banco apareció más bien tarde (…). Anteriormente, los laicos permanecían de pie o arrodillados, según las prescripciones, puesto que no había lugares para sentarse. Hasta esa época, es interesante advertir, hombres y mujeres a menudo estaban separados durante los ritos. En el Oriente cristiano, las mujeres solían estar de pie en una galería superior de la nave llamada gynaikon. En el Occidente cristiano, el obispo Durand, citando a San Beda, describe como una antigua tradición el hecho de que las mujeres se ubicasen a menudo al norte y al oeste mientras los hombres lo hiciesen al sur y al este. (…) Para los medievales, que imaginaban el Infierno al oeste y consideraban el norte la tierra del paganismo, esta sistematización asignaba a las mujeres de la comunidad la tarea de proteger a los menos santos y menos fuertes de la tentación más grande. Como se ve en las Instrucciones de San Carlos Borromeo, esta distribución todavía era fácil de encontrar en el siglo XVI. (…)

A partir del siglo XIII, algunas iglesias fueron provistas de bancas sin respaldo. Los bancos propiamente tales fueron adoptados en primer lugar por los protestantes para hacer posible a los fieles permanecer sentados durante los sermones, que duraban horas. Del mismo modo, éstos llegaron a ser más comunes entre los católicos cuando la Contrarreforma atribuyó gran importancia litúrgica a la proclamación de la Palabra. Hacia fines del siglo XVI los bancos llegaron a ser más grandes y fijos, con reclinatorio y respaldo alto, y a menudo con retablos finamente esculpidos.

En las recientes adecuaciones de las iglesias, se han eliminado con frecuencia los bancos sustituyéndose con sillas individuales no fijas. Esto implica tanto ventajas como inconvenientes. Los puestos móviles tienen el indudable mérito de romper el carácter estático de la nave y ofrecer una imagen más organica de la asamblea. Si bien las sillas expresan de mejor manera el rol de la persona individual en la comunidad, tienen también un efecto menos familiar que los bancos. Tal vez la justificación más banal es que además permiten fácilmente cambiar la sistematización de las iglesias: un simbolismo algo dudoso, ya que las iglesias deberían hablar más bien de lo eterno que de lo efimero. El otro defecto de las sillas es que los puestos individuales pueden recordarnos los asientos de los teatros. Pueden sugerir una relación de espectador y por consiguiente no estimular la verdadera participación. (…)

Es lamentable que la supresión de los bancos en muchas iglesias, especialmente en Estados Unidos de América, haya traido consigo la eliminación de los reclinatorios y también de la práctica de arrodillarse"(1).

El Concilio Vaticano II promovió de diversas formas la participación plena, consciente, devota y activa de los fieles. Y sin embargo éstos se han vuelto considerablemente perezosos, hasta el punto que frecuentan en mayor numero las parroquias donde hay mayores comodidades para atraerlos. Da la impresión de que convendría proyectar iglesias “drive in” donde sea posible entrar en automóvil.


Algunos sacerdotes corren riesgo de poner entre paréntesis el rol de maestra de la Iglesia para seguir las modas del momento, cultivando la ilusión de atraer y hacer participar a los fieles. ¿Por qué renunciar al latín precisamente ahora que la cultura está mucho más difundida? ¿Por qué introducir en la celebración canciones inspiradas en tradiciones musicales que favorecen el desencadenamiento de los instintos más que elevar el espíritu?

La Reforma litúrgica nació del deseo de situar la Eucaristía en el centro y la cúspide de la vida de todos los cristianos (incluidos los laicos). Sin embargo, aquélla se ha interpretado incorrectamente como una invitación a transformar los ritos en un “espectáculo” de matriz protestante, sin un compromiso real de los fieles. La celebración de los sacramentos se ha convertido en una forma de entretención, dirigida a los sentidos y emociones y de hecho con aplausos finales (2). El sacerdote se ha convertido en el actor casi solitario de una representación en el interior de un teatro sumamente estático, donde los espectadores están bloqueados en sus puestos con los ojos fijos en él.


Las dificultades tampoco han sido superadas con la distribución "envolvente" de los lugares para sentarse, tan del gusto de algunos liturgistas, que por lo demás ni siquiera respeta el modelo de la Última Cena en el cenácolo. Parecería casi como si la Reforma litúrgica se hubiese estancado antes de dar fruto, sin alcazar las metas neurálgicas de la participatio actuosa de los fieles. Ciertamente, este resultado no se obtiene haciendo leer a un laico o entonar a otros.

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(1) Steven J. Schloeder, L’Architettura del Corpo Mistico. Progettare chiese secondo il Concilio Vaticano II, L’Epos, Palermo 2005, pp. 180-182.

(2) El bullicio estúpido provocado por algunos sacerdotes es un silencio sepulcral para los oidos de los arquitectos: por ser injustificado, no ofrece indicación alguna de utilidad para el proyecto.

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