martes, 10 de noviembre de 2009

Un alma para el espacio litúrgico (VI)


PROYECTAR CON LA LUZ


Uno de los materiales esenciales para la composición arquitectónica es la energia luminosa. En el caso de las iglesias, ésta posee una carga simbólica precisa. Lo explicaba líricamente el Pontífice Romano hace algun tiempo.

"Es una irradiación de su misterio trascendente, pero que se comunica a la humanidad. En efecto, la luz está fuera de nosotros, no la podemos aferrar o detener; sin embargo, nos envuelve, ilumina y calienta. Así es Dios, lejano y cercano, inasible pero está a nuestro lado, más aún, dispuesto a estar con nosotros y en nosotros. Al revelarse su majestad, responde desde la tierra un coro de alabanza: es la respuesta cósmica, una especie de oración a la que el hombre da voz.

La tradición cristiana ha vivido esta experiencia interior no sólo dentro de la espiritualidad personal, sino también en atrevidas creaciones artísticas. Por no citar las majestuosas catedrales de la Edad Media, mencionamos sobre todo el arte del Oriente cristiano con sus admirables iconos y con las geniales arquitecturas de sus iglesias y sus monasterios.


Hagia Sophia, Interior. Constantinopla 532-537

La iglesia de Santa Sofía de Constantinopla es, a este respecto, una especie de arquetipo por lo que atañe a la delimitación del espacio de la oración cristiana, en la que la presencia y la inasibilidad de la luz permiten captar tanto la intimidad como la trascendencia de la realidad divina. Penetra en toda la comunidad orante hasta la médula de sus huesos y a la vez la invita a superarse a sí misma para sumergirse en la inefabilidad del misterio. Son también significativas las propuestas artísticas y espirituales características de los monasterios de esa tradición cristiana. En aquellos auténticos espacios sagrados – y el pensamiento va inmediatamente al monte Athos – el tiempo contiene en sí un signo de la eternidad. El misterio de Dios se manifiesta y se oculta en esos espacios a través de la oración continua de los monjes y de los ermitaños, que desde siempre han sido considerados semejantes a los ángeles"(1).

Hagia Sophia, Planta y sección longitudinal. Constantinopla 532-537

Al difundirse estas palabras del Papa, algunos arquitectos reaccionaron con irritada arrogancia, afirmando que en la historia nadie ha sido capaz de modelar el espacio con la luz de mejor manera que los proyectistas modernos. ¿Será verdad? Desde el Crystal Palace de Londres (2) hasta el proyecto de rascacielos que reemplazará las Twin Towers, ha habido una carrera sin interrupción hacia el edificio más transparente. La relación entre estas enormes superficies vidriadas y el consiguiente derroche de energia suscita más de una actitud perpleja, sin contar la indiferencia ante el contexto de estas arquitecturas. En todo caso, no es eliminando el limite entre lo interno y lo externo como se obtiene una buena iglesia.

En paz con los animosos defensores de la superioridad de la arquitectura contemporánea, es preciso admitir que los arquitectos bizantinos supieron valerse de la liturgia más adecuadamente que nadie, y con sorprendente audacia, tanto así que la primera cúpula de Santa Sofia se derrumbó y fue necesario reconstruirla con mayor atención.

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(1) Giovanni Paolo II, Audiencia del 15 de mayo de 2002, comentario a Habacuc 3,2-3.18-19.
(2) "El Crystal Palace de 1850-51, donde tuvo lugar la Gran Exposición, fue proyectado por Joseph Paxton, ingeniero/horticultor, quien efectivamente trasladó el invernadero de un contexto a otro. Este amplio cobertizo vidriado fue montado enteramente con elementos estandarizados de hierro, madera y vidrio, y se proyectó para exponer los objetos y productos de las potencias económicas concurrentes, pero se elevó por encima de estos intereses mundanos, disolviéndose en los arboles y el cielo y revelando un sentido del espacio, la transparencia y liviandad, sin precedentes". William J. Curtis, La arquitectura moderna del Novecento, Bruno Mondadori, Milano 1999, p. 36.

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