sábado, 3 de septiembre de 2011

La juventud clásica de Mies van der Rohe


Una de las cosas que más llama la atención en la docencia de la Arquitectura en nuestras escuelas es la marcada ausencia del estudio del clasicismo como lenguaje y su aplicación práctica, ya sea mediante el dibujo de los órdenes o incluso proyectos explícitamente clásicos. En el mejor de los casos, toda la tradición clásica de la arquitectura se estudia como una historia de los estilos arquitectónicos centrada en los aspectos ornamentales y obviando los espaciales, compositivos y constructivos. Queda entonces despojada de toda su belleza y su estudio se queda en ornamento, entendiendo ambos conceptos en el sentido que les dio León Bautista Alberti.

De esta forma, son los prístinos volúmenes del Movimiento Moderno los que se erigen en referentes arquitectónicos para los estudiantes, de forma que lo que en su día fue vanguardia que combatía ferozmente el clasicismo, se ha convertido ahora en academia a partir de la cual los estudiantes deben conformar su propio lenguaje. Pero este lenguaje no es una expresión coherente con las formas ni con la tradición, ni siquiera con el lenguaje abstracto que caracterizó a estas primeras vanguardias. La metodología proyectual de hoy día es una dudosa huida hacia delante que debe replantear la esencia misma de la arquitectura en cada trazo en aras de un dudoso concepto de progreso que confunde originalidad con extravagancia. Usando una tecnología cada vez más virtual que material, los nuevos arquitectos han encontrado en las infografías una fuente de recursos para buscar sus nuevas formas, rechazando las primeras formas modernas casi con la misma rabia que sus maestros rechazaron las tradicionales. Curiosamente, en este contexto el nuevo clasicismo ya no es la tradición a combatir, sino que se convierte en vanguardia misma, como afirma el propio David Watkin al definir el clasicismo de Quinlan Terry como “radical”.

Cualquier proyecto contemporáneo incluye en sus memorias explicativas los términos de escala, proporción, composición, haciendo en ocasiones referencia a las teorías de Le Corbusier, quien consiguió transformar todo un sistema proyectual hecho a la medida del hombre y la naturaleza en una amalgama de reglas al servicio inconsciente de las máquinas y el utilitarismo más abyecto, como demuestra tanto su modulor como la mezquindad de sus diseños. Pero al igual que Picasso llegó al cubismo tras haber sido un maestro en pintura figurativa (A los 12 años pintaba como Rafael, pero necesité toda la vida para aprender a pintar como un niño), los arquitectos modernos que renegaron del clasicismo y la tradición fueron maestros en la arquitectura que tanto odiaban. Aunque en su defensa hay que decir que al menos ellos fueron clásicos de formación y podrían haberlo sido en cualquier momento (baste como ejemplo la figura de Luis Gutiérrez Soto), a diferencia de los arquitectos contemporáneos, que sólo saben huir hacia delante en su modernidad, y hacer pastiches cuando intentan ser clásicos, pues desconocen su sintaxis y desdeñan su asimilación a partir de su conocimiento.

De los grandes maestros del Movimiento Moderno, es Mies van der Rohe quien más se ha asociado con el clasicismo, hasta el punto de establecer analogías entre su Crown Hall de Chicago (1950-56) y el Altes Museum de Berlín (1823-30, Arq. Karl Friedrich Schinkel). No en vano sus primeras obras hacían gala de sus conocimientos de la arquitectura popular alemana e incluso dirigió las obras de la Embajada del Imperio Alemán en San Petesburgo (1911), mientras trabajaba para el arquitecto Peter Behrens. Precisamente durante esa etapa de su carrera (1908-12) presentó por su cuenta una propuesta para un monumento a Otto von Bismarck, que habría de ser construido en 1915 en la ciudad de Bingen conmemorando el centenario de su nacimiento. 

Proyecto para un Monumento a Bismarck en Bingen, Alemania (1910). Arq. Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969). Alzado lateral donde se aprecia el potente zócalo que sostiene el monumento.

El proyecto presentado por Mies ocupaba la cima de una colina, elevado sobre un enorme zócalo que constituía la gran terraza sobre la que se asentaba el proyecto. Éste constaba de dos enormes pórticos paralelos de pilastras de piedra abujardada y rematados por una sencilla cornisa que terminaban en unas grandes torres sin apenas aberturas y con el mismo acabado pétreo. Entre ambas, y protegido por una exedra de la misma altura que los pórticos laterales, se sitúa el monumento a Bismarck, que iba a ser ejecutado por el hermano del arquitecto Ewald Mies. 

 Proyecto para un Monumento a Bismarck en Bingen, Alemania (1910). Arq. Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969). Detalle de la exedra interior entre las dos torres que enmarcan el monumento.

Proyecto para un Monumento a Bismarck en Bingen, Alemania (1910). Arq. Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969). Detalle de los pórticos laterales. Obsérvese el acabado en rústico de la piedra así como la vestimenta de los figurines, que siguen la moda de 1910, clara muestra de que Mies proyectaba su clasicismo para la gente de su época.

La elegante sucesión de pilastras, con una proporción 1:1, algo menor a la picnóstila (1:1,5), recuerda al primer proyecto de Schinkel para el Cuartel en Neue Wache (1816-18), a la vez que la masividad de los volúmenes se referencia en los Propileos de Munich (1846-62), de Leo von Klenze, o la obra de Alfred Messel

Primer Proyecto para el cuartel de Neue Wache, Berlín (1816), Arq. Karl Friedrich Schinkel (1781-1841).

Propileos de Munich (1846-62), Arq. Leo von Klenze (1784-1864)

A pesar de los elogios, su propuesta no resultó premiada, pero los dibujos y foto-montajes que realizó nos muestran el perfecto dominio que del clasicismo tenía el arquitecto del “menos es más”, el mismo clasicismo que será patente a lo largo de toda su carrera una vez que lo haya reducido a una simple secuencia de términos abstractos amparados en la tecnología y que acabarían siendo criticados por Venturi (menos es aburrido) en los albores de la posmodernidad.

Para saber más:

Mies y el fotomontaje, por Pau Majó.

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