domingo, 27 de septiembre de 2009

Un alma para el espacio litúrgico (III)


CRITERIOS HETERODOXOS

Examinemos en segundo lugar las insuficiencias funcionales. Proyectar una iglesia requiere una comprensión de los lugares de celebración, en especial la tribuna para la lectura de la Palabra de Dios y el altar en el cual se renueva el sacrificio del Calvario. El proyecto debería partir por el altar y no por el revestimiento.

Desde este punto de vista, las principales responsabilidades por el carácter inadecuado de las iglesias modernas recaen sobre quienes las encargan.

En 1960, la publicación del libro Liturgy and Architecture, de Peter Hammond, tuvo notable resonancia en Inglaterra e Irlanda. Aun cuando la escribió un anglicano, la obra tuvo gran influjo sobre la planificación de las iglesias católicas. El autor sostiene que la iglesia es la “Casa del pueblo de Dios” (domus ecclesiae) (1) más que un edificio dedicado a la adoración de Dios (“Casa de Dios” o domus Dei). Poniendo el acento en un funcionalismo radical, propone un espacio idóneo para reunir la asamblea en torno al altar, destacando la acción misma de reunirse.

De este modo hay un rechazo al valor central de la Eucaristía y la naturaleza jerarquica de la Iglesia, cuyo origen reside en el sacrificio del altar. El edificio para el culto es considerado ciertamente semejante a los organismos vivos, pero de tipo elemental, como la ameba o el paramecio (2). Éstos serían los nuevos términos de comparación para diseñar una iglesia, ya no el cuerpo humano, como se ve en cambio en los tratados de arquitectura del Renacimiento. En realidad, no es trivial el hecho de que los autores de los manuales introduzcan la figura humana, señalada por Vitruvio como “medida de todas las cosas”, en el interior de la planta de las iglesias en cruz latina, en un juego de rebotes simbólicos entre los miembros vivos del Cuerpo Místico y las partes del organismo arquitectónico.

La Reforma litúrgica que tuvo lugar despues del Concilio Vaticano II fue llevada a la práctica por liturgistas y teólogos que comprendieron indebidamente los principios eclesiológicos. Es conocida la interpretación neomodernista de documentos del Concilio, como Sacrosanctum concilium y Lumen gentium. Recordemos que esos documentos no hablan de la Iglesia únicamente como Pueblo nuevo di Dios (3), sino también como Cuerpo Místico de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

Para proyectar los lugares donde la Iglesia local se reúne para celebrar los sacramentos, es necesario referirse precisamente a estas definiciones trinitarias. Se trata efectivamente de las ideas centrales a partir de las cuales la Iglesia se conoce a sí misma y los cristianos se conocen a sí mismos como miembros de la Iglesia. Uno de los motivos por los cuales la arquitectura para el culto carece de un “lenguaje sacramental” es el debilitamiento de esta comprensión.

¿Cuántos liturgistas tienen hoy un sentido “sacramental” de la liturgia? ¿Cuántos tienen fe en la eficacia sobrenatural de la gracia? ¿No será que para ellos la señal tiene valor prescindiendo de la realidad significada? La Misa es una partecipación profunda en las realidades espirituales mediante una compleja estructura simbólica (las formas de disposición de la iglesia, los ministerios, la vestimenta, los objetos del culto, las palabras, las oraciones, los movimientos, los gestos). ¿Cuántos liturgistas se basan en una comprensión real de la persona umana para definir los espacios y momentos de la celebración? Es preciso considerar el modo de relación del hombre con el espíritu a través de la materia, por medio de la memoria, la imaginación, la percepción estética, los sentidos, las emociones y los pensamientos: todas las potencias empapadas por una vida de auténtica oración.

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(1) No habría excepción alguna a esta definición clásica, si no fuese por el hecho de que se altera radicalmente el sentido original: Dios es considerado de tal manera inmanente con su pueblo que desaparece del todo.
(2) Peter Hammond, Liturgy and architecture, Barrie and Rockliff, London 1960, pp. 11, 28 e 38.
(3) Pueblo con la P mayúscula, sociedad sobrenatural organizada por el Fundador divino, y no multitud anárquica animada por un dios desconocido.

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