lunes, 15 de marzo de 2010

Diario de Cádiz entrevista a D. Rafael Manzano Martos



Nació en la calle Veedor y se bautizó en San Lorenzo. Así se presenta, gaditano y cercano, el prestigioso arquitecto afincado en Sevilla Rafael Manzano, nada más comenzar la entrevista con Diario de Cádiz. De su ciudad natal, a la que ama profundamente, dice haber aprendido los principios básicos de la arquitectura clásica. Su inspiración y habilidad para aplicarla a la arquitectura vernácula le ha valido el prestigioso premio Driehaus, que recogerá el 27 de marzo, "en pleno sábado de pasión". Le tocará perderse la Semana Santa, de la que se confiesa gran seguidor.

-Ante todo enhorabuena por su premio. El premio de arquitectura clásica más prestigioso del mundo. Pero, ¿qué es el clasicismo en la arquitectura?

-Yo creo en el clasicismo. Nací en Cádiz y mi arquitectura es la que aprendí en mi ciudad natal y en Jerez, donde también viví muchos años de mi niñez. He amado tanto las ciudades en las que he vivido, heredadas del mundo antiguo, que me duele enormemente destruirlas e impactarlas con una arquitectura que no coordine con el lenguaje que nos han legado.

-¿Qué opina entonces de las intervenciones inspiradas en la arquitectura moderna? ¿Se cometen muchas aberraciones?

-La verdad es que sí. Soy un amante de la arquitectura y creo que cuando hay que complementarla con una obra moderna se perfecciona con una arquitectura inspirada en la propia arquitectura local. Hoy se practica una arquitectura que nace en el movimiento moderno y yo también la he practicado donde creía que podía hacerlo. Pero hay arquitectos muy fieles a la modernidad como primer principio y aunque creo en ella y en sus grandes aciertos, pienso que no siempre son actuaciones adecuadas al lugar.

-¿De esto versará su discurso en la recogida del premio?

-Fundamentalmente, porque por esto me han concedido esta distinción. Pero hay que tener en cuenta que aunque hablemos de arquitectura clásica, también es actual, porque toda arquitectura es del tiempo en que se hace, aunque no haya perdido sus raíces clásicas.

-Todos podemos entender que lo patrimonial es arquitectura clásica, pero en la actualidad, ¿se debe o se puede construir con la estética y la técnica de la arquitectura clásica o el clasicismo queda relegado a la rehabilitación del patrimonio?

-Parece que ya nadie quiere la arquitectura clasicista, pero esto no es cierto. El mundo gusta del clasicismo. Todos esos grandes arquitectos que ganan el Pritzker, premio totalmente opuesto al que yo he recibido, se compran una casona antigua y emplean su modernidad para vivir en un edificio clásico. Hay mucha gente que todavía tiene el sentimiento de nostalgia del mundo antiguo. A los que más les gusta la modernidad son a los arquitectos, pero el resto de la humanidad no está tan enloquecida.

-¿Y de qué siente usted esa nostalgia?

-Pues siempre me acuerdo de la casa que tenía mi abuela en Puerto Real. Era una preciosidad y vivo con la nostalgia de aquel ambiente, de esa luz y alegría.

-¿Viene usted mucho por Cádiz?

-Voy mucho porque amo Cádiz. Me parece una ciudad maravillosa, tal vez, la más ciudad de todas en la península. Y digo esto porque no tiene campo, que es lo contrario a la ciudad. Es la más antigua de Occidente, comercial, una ciudad que, desde sus orígenes, tuvo todas las características de la gran ciudad y gran emporio que fue. Y siempre ha quedado ese pozo.

-Y cuando pasea por aquí. ¿Qué edificio le gustaría rehabilitar o qué le gustaría proyectar?

-En Cádiz sólo he realizado una restauración en la Santa Cueva, que fue mejorada con el tiempo. Muy poco, desgraciadamente para mí, ya que me gustaría hacer muchas cosas. Pero pequeñas. Cuando paseo por allí me digo: esto podría resolver este rincón, este ambiente o este espacio. Sufrí mucho cuando se edificó, por ejemplo, el barrio de San Carlos, junto a la plaza de España, ya que se ha colmatado tremendamente con un foco de arquitectura de mala calidad y excesivamente voluminosa.

-¿Cree que ha sido acertada la decisión de dejar en pie el edificio de la Nueva Aduana?

-Soy conservador y este edificio no es de lo mejor de Cádiz, ni mucho menos, pero tiene una cierta dignidad y me parece bien que se conserve.

-¿Qué opina de este momento de crisis? ¿Qué mensaje le das a las nuevas generaciones de arquitectos?

-He pasado muchos valles de lágrimas, como yo les llamo, pero nunca como éste. Hay que reconocer que es más profundo, que está afectando más y que hay más arquitectos. No veo clara la solución, pero tenemos que ingeniárnosla para hallarla. Supongo que pasará por trabajar más y cobrar menos. Creo que por ahí va la modesta aportación que podríamos hacer.

Edificio de la Nueva Aduana de Cádiz

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D. Rafael Manzano ha sabido mantener la tradición clásica en Andalucía (con sus inigualables matices) y que con este premio está contribuyendo a regenerar la imagen del clasicismo, a la vez que está abriendo un debate sobre el adecuado uso de sus formas. Es muy importante tener en cuenta que es el primer arquitecto no anglosajón a quien le dan el premio, lo cual indica por un lado que quienes lo otorgan están empezando a mirar más allá del selecto club del Nuevo Clasicismo británico y norteamericano, para mirar cómo otros países, a pesar de los prejuicios endofóbicos, también recuperan la esencia de sus arquitecturas.

sábado, 13 de marzo de 2010

Sobre el Significado del Movimiento Clásico en Arquitectura (III)

Autor: Noah Waldan
Traducción: Pablo Álvarez Funes

Noah Waldman es un graduado de la Universidad de Princeton y la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Notre Dame. Actualmente está terminando su formación sacerdotal en el Seminario Kenrick-Glennon en San Luis de Iluenses, Misuri (Estados Unidos).

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Lamentablemente, la fuerza de estos sentimientos y significados son fugaces y sus impulsos intangibles. Nuevamente nos encontramos en una situación similar a la de la poesía. Lo que es cognoscible por el observador es tan incompleto e incierto como cualquier producto de nuestra imaginación. Únicamente hay una aproximación por empatía pero que no llega a resultar exitosa. Los sentimientos que evoca la arquitectura ceden rápidamente a una emoción más fuerte y profunda: una maravilla que no puede ser resulta en la Arquitectura. El sentido último de la Arquitectura Clásica, con todo lo que intenta decir sobre el Hombre y su lugar en el Mundo, es el mutismo. Y su último sentimiento es la privación sentida tras la experiencia del placer. Si bien este no es el significado propio de la Arquitectura Clásica, es sin embargo muchas veces su fin. Como cualquier símbolo verdadero, la Arquitectura enlaza los significados y sentimientos de este mundo con los significados infinitos y desconocidos de un orden trascendente. El simbolismo incompleto de la Arquitectura Clásica es como una potencialidad persistente que nos pide su sublimación, su perfección. Como el virtuoso medio entre el Hombre y la Historia, la Arquitectura Clásica, con toda su belleza, no puede hablarnos de la naturaleza trascendente y del destino del Hombre; no puede hablar del final de la Historia o la consumación de todas las cosas. Y aunque la Arquitectura Clásica declara la dignidad del Hombre por el Hombre, en última instancia nos habla de la finitud humana. Por esta razón hay una tristeza que impregna toda la Arquitectura Clásica, una tristeza que falta en esas arquitecturas más alegres, como la románica o la gótica, que abrazan la trascendencia dentro de su simbolismo, el cual señala expresamente la esperanza en otro mundo.

La Arquitectura Clásica es, pues, un digno de la más profunda humildad que, en su belleza triste, expresa lo que Virgilio llama Lacrimal rerum, “las lágrimas de las cosas”. No podemos decir que esta arquitectura nace desde un sufrimiento en el alma de quien contempla su belleza como algo no correspondido en el aquí y ahora de la condición humana. Si el sufrimiento ha de ser redimido y logra su salvación en la esperanza, el alma debe recurrir a la trascendencia. Una trascendencia cuya verdadera “simbolización” va más allá del Hombre y la Historia. Por lo tanto, la apertura de esta arquitectura, incompleta como símbolo, puede ser ocasión para contemplar la vida del mundo futuro así como el posible futuro de este mundo.

Llegamos aquí al final de nuestro intento de definir el significado de la Arquitectura Clásica y el movimiento en el que participa el Nuevo Clasicismo. En su simbolización respecto al Hombre y la Historia, su significado es, irónicamente, más profundamente humano e histórico conforme comprendemos que su significado fundamental reside en su propia insuficiencia. Es más, esa insuficiencia es la razón por la que el arte mueve al alma. La privación es, al fin y al cabo, la “esencia” de la existencia humana; así la esencia de la belleza es la pérdida. El Hombre es más Hombre cuando reconoce en su corazón el profundo anhelo de una eternidad que está más allá de sus fuerzas.

Queda por ver cómo se entiende el conjunto del Nuevo Clasicismo en relación a esta laguna fundamental. Hay muchas opiniones dentro del movimiento, pero podemos predecir con claridad dos posibles escenarios. Si el Movimiento del Nuevo Clasicismo se afirma ideológicamente en un formalismo dogmático, llegará a su fin con toda seguridad. La señal de que esto haya sucedido será una servil imitación del pasado (en realidad un tímido “escape de la Historia”), una adhesión a un diseño a partir de modelos de prontuario, y la falta de innovación. Un signo saludable será ver a este nuevo movimiento abrazar pasado presente, para comenzar a abordar los problemas de nuestro tiempo con ingenio. No hay nada dentro de la media clásica que impida el progreso lingüístico a gran escala para permitir su adaptación a las culturas indígenas, nuevos entornos y nuevas tecnologías. Si esto ocurre, el nuevo movimiento continuará, porque no perderá su poder para hablar al alma de la humanidad.

Si un clasicismo tan dinámico empieza a apoderarse del paisaje visual y virtual del mundo, puede surgir una nueva esperanza. Salvo en el caso del advenimiento pacífico de una nueva Cristiandad mundial y por tanto de un renacimiento Gótico que hable expresivamente del mundo por venir, el Nuevo Clasicismo ofrece un lenguaje común para la cultura pluralista mundial que está surgiendo. La hermosa tristeza que constituye el espíritu de esta arquitectura puede convertirse en un mensaje escrito en el mundo, exhortando a todos los seres humanos del tercer milenio a recuperar y reconocer lo que perdieron al final del segundo: la necesidad humana de un significado trascendente más allá de la Historia, más allá de lo que puedan construir manos humanas, más allá del símbolo y su representación; sólo entonces veremos la propia belleza cara a cara.

martes, 9 de marzo de 2010

Sobre el Significado del Movimiento Clásico en Arquitectura (II)

Autor: Noah Waldan
Traducción: Pablo Álvarez Funes

Noah Waldman es un graduado de la Universidad de Princeton y la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Notre Dame. Actualmente está terminando su formación sacerdotal en el Seminario Kenrick-Glennon en San Luis de Iluenses, Misuri (Estados Unidos).

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2. Arquitectura Clásica: Simbolización de una virtud.

Podemos empezar a definir el Nuevo Clasicismo contrastándolo con el impulso moderno de escapar de la Historia. Esto implicará, por supuesto, como primera aproximación, que el significado del Nuevo Clasicismo deriva de su deseo de volver a la Historia. Pero una vez afirmado, la dificultad de nuestro problema original de significado resurge como una paradoja: Una “huída de la Historia” es ajena a nuestra experiencia real y sería tan inteligible como inteligible son los sueños. A la vez, un “retorno a la Historia” sería incomprensible. El Hombre ya está en la Historia, sea consciente de ello o no, y regresar a un lugar donde ya se está es una contradicción. ¿Cómo puede el Arte aproximarnos a una realidad que ya existe?

Esta paradoja puede resolverse una vez consideradas las acciones del hombre como sujeto en el Mundo y en la Historia; aunque estas acciones se refieren al hombre, sin embargo éstas llegan a ser sólo un reflejo, por un complejo proceso de simbolización de uno mismo y lo otro. El Hombre necesita representarse a sí mismo desde sí mismo para conocerse. Su necesidad de auto-simbolización requiere una simbolización correlativa del contexto humano –Mundo, Tiempo, Historia o el nombre que queramos darle. Pero de hecho existe, en la propia conciencia humana, una tensión entre dos símbolos: el de la conciencia subjetiva del hombre y su conciencia objetiva. Y ambos requieren una simbolización final para su inteligibilidad.

Es entonces cuando se ven claras los dos polos del debate. El polo subjetivo es el hombre, no necesariamente en su naturaleza, tal y como se entiende a sí mismo. En el polo subjetivo está el hombre situado en el mundo, entendido como historia, espacio y tiempo. (Por supuesto, la conceptualización de esta situación dependerá de la propia conciencia humana, que para el hombre es la conjunción de la realidad y la posibilidad, la creatividad y la subjetividad). Y esta es la simbolización que nos interesa. Como para salvar esta interrelación simultánea y la distinción entre la conciencia que el hombre tiene de sí mismo y la faceta objetiva que es el "horizonte" histórico del Mundo, el símbolo final debe compartir los atributos de ambos, pero de una manera que trasciende sin llegar a convertirse en la absoluta trascendencia. Porque no hay resolución consumada entre el hombre y la historia –al menos no mientras el hombre permanezca en esta Historia y en este Mundo.

Este enfoque tiene una aplicación universal en la gestación de los principios fundacionales de varias ciencias, y la simbolización final de la dialéctica expresada en las cuatro divisiones principales de la ciencia humana: en el ámbito del pensamiento puro, el símbolo está a la orden de la filosofía; en el pensamiento simbólico emerge de la lógica y las matemáticas; en el campo de la acción, la moral, tanto individual como social; y al respeto de la creatividad, se resuelve gracias al arte y la representación, donde se incluye la categoría de la Arquitectura. Desde el Parménides de Platón, estas cuatro expresiones fundamentales de la dialéctica se han mantenido dentro de la tradición filosófica.

Lo que encontramos en este método es el trabajo a través de una dialéctica que no se diferencia del proceso aristotélico para definir la virtud como el justo medio entre dos extremos. La única diferencia es que en el caso de la arquitectura clásica, la “virtud” que buscamos no es la inmanencia de la noción trascendental de bondad como principio moral, sino como medio simbólico entre dos extremos, y de esta forma, la inmanencia de la categoría trascendental de belleza. Esto quiere decir que, como todas lo virtuoso, trasciende de algún modo sus extremos y su definición está perpetuamente abierta e incompleta; no se puede definir de forma positivista, pues la armonía del justo medio no debe confundirse con la media cuantitativa o cualitativa de los extremos. Un significado se diferencia más que se parece a sus extremos, y es más adecuado considerarlo una noción positiva que apoya en la intersección de dos conceptos negativos. Así, Aristóteles defina la virtud de la valentía como la media entre la temeridad y la cobardía, no porque la temeridad sea precipitada cobardía o temeridad cobarde, sino porque la valentía logra un equilibro indefinible entre la no-temeridad y la no-cobardía.

Por analogía, la arquitectura clásica no es el equivalente escultórico de una “naturaleza humana” o de un “hombre natural”. No es una representación unitaria del Hombre (no, es mucho menos realista y más abstracto que eso), ni tampoco es mera imitación o imitación de las diversas formas de la naturaleza (no, es algo más humano y menos aleatorio que eso). Su definición está abierta porque su significado es una síntesis de la representación de la búsqueda de un nuevo significado. Este lenguaje simbólico – este virtuoso medio que implica también los medios a través de los cuales el hombre comprende su presencia en un mundo tridimensional- es la procedencia de la Arquitectura Clásica.

Cómo surge y se organiza este nuevo lenguaje es algo que nadie puede explicar. La gramática de este nuevo lenguaje es una creación de la auto-reflexión y auto-representación del genio humano. Pueden encontrarse algunos precedentes en la cerámica Ática y en motivos artísticos mediterráneos. Sólo sabemos que una vez nacido este lenguaje ya poseía una sintaxis completa como Atenea surgiendo de la cabeza de Zeus: columnas y pilastras, molduras y arquitrabe, frontón y cornisa, todos dispuestos según una jerarquía simbólica (interior/exterior, público/privado, sagrado/profano).

Por supuesto, en función de la visión propia del Mundo (por ejemplo, hostiles contra benévolos, caído frente a ideal) y la visión propia del Hombre (por ejemplo, potencialmente abierto a la gracia frente a totalmente caído y siempre viles), la media entre ambos extremos oscila entre uno y otro. De hecho, podemos rastrear, y de esta forma explicar, los cambios sutiles a lo largo de la dilatada historia de la arquitectura clásica, considerando la incidencia de ambos extremos. Sin duda la visión del mundo de un romántico del siglo XIX difiere mucho de la de un católico del siglo XVI. Dependiendo de cómo se entiendan los extremos se apreciarán de forma más sutil los cambios. En el siglo XX la Naturaleza se concibió en base a las Ciencias Naturales, y el Hombre Moderno se concibe a sí mismo como la síntesis de la Historia. Así que no debería sorprender que muchas obras clásicas del siglo XX (como el Clasicismo Nórdico) revelen una frialdad y rigor que hubieran sido impensables para los griegos.

Sin embargo, la Arquitectura Clásica posee una gran fuerza que, como la tonalidad en la música occidental, es más la norma que la excepción. La música occidental incluye desde la canonicidad tonal de Bach hasta las tendencias atonales de Messiaen. Análogamente, el Templo de Apolo en Bassae de Ictino, el Panteón de Apolodoro, Il Redentore de Andrea Paladio, la Pinacoteca Dulwich de Sir John Soane y la Biblioteca Pública de Estocolmo de Eric Asplund, son obras arquitectónicamente “tonales”, aunque cada una lleva su sello característico. El templo de Ictino es exponente del nacimiento del orden Corintio. La Iglesia de Palladio en la Giudecca es una obra maestra del contrapunto corintio. Las obras de Soane y Asplund apenas tienen un rastro de columna o frontón y la obra de este último tiende a una atonalidad analógica.

Ictinos, Templo de Apolo en Basae, Grecia (s. IV a. C.)
Apolodoro de Damasco. Panteón, Roma (s. II d. C.)
Andrea Palladio. Il Redentore, Venecia (Italia), 1577
John Soane. Pinacoteca Dulwich, Londres (Reino Unido), 1817.
Erik Asplund. Biblioteca Pública de Estocolmo (Suecia), 1928

Todos estos ejemplos hablan de un cierto equilibrio. Todas son obras de la tradición clásica porque su visión del Hombre y la Historia tiene un denominador común. La singularidad de las obras de Ictino, Palladio y Asplund se debe simplemente a una diversidad de matices en los significados. La sobria arquitectura de Ictino sugiere una visión del hombre más vinculada a la tierra y el horizonte histórico que la arquitectura de múltiples capas verticales de Andrea Palladio, la cual es un contrapunto y síntesis de su Catolicismo; la Galería Dulwich es tan juguetona y extraña como una comedia pre-victoriana; y la Biblioteca de Asplund parece anunciar en su fachada una amenaza a la dignidad del hombre por el advenimiento de la Modernidad.

Podemos aplicar un análisis similar al respecto del Movimiento del Nuevo Clasicismo. Thomas Gordon Smith y Duncan Stroik, los dos arquitectos de Notre Dame considerados como los responsables de la dirección del Clasicismo Contemporáneo en Estados Unidos, son también quienes lo soportan. En nuestra pluralista sociedad occidental, es lógico que un cierto pluralismo se refleje en el Nuevo Clasicismo. Así, la serenidad que caracteriza a la obra de Stroik es un universo diferenciado de la chocante brillantez inventiva de Smith. Para Stroik, todos los elementos arquitectónicos tienden a coexistir en un delicado y exquisito equilibrio. Smith domestica la paleta moderna con su dominio magistral del lenguaje clásico y mezcla tipologías alcanzando los límites del lenguaje clásico (8). La antropología clásica propuesta por Smith es marcadamente audaz y sitúa al Hombre en la Historia, mientras que Stroik favorece una visión más restringida y sobria. A pesar de las diferencias, ambos comparten un deseo común de resolver la tensión simbólica entre el Hombre y el Mundo y el Hombre y la Historia.

Duncan Stroik. Iglesia de Todos los Santos, Corvington, Kentucky (EEUU).
Thomas Gordon Smith. Casa en Wisconsin

Obtener una sensibilidad para este lenguaje arquitectónico no es posible sin una gran familiaridad con las formas, y sin saber algo sobre la historia, la sociedad y la personalidad de los arquitectos y las épocas que las produjeron. Una vez más, no hay forma o lenguaje en el Arte cuyo significado pueda abstraerse de la Historia. Pero el simbolismo con el que la Arquitectura Clásica representa el diálogo entre Hombre y Realidad es como un lenguaje que, una vez aprendido, puede ser leído. Ciertamente, es posible (y le ha pasado a muchos amantes de la arquitectura) que tras haber pasado un tiempo familiarizándose con la métrica visual y la cadencia de la Arquitectura Clásica, los diferentes clasicismos pueden evocar sentimientos diferentes –muy fuertes en su relación con el Hombre y su lugar en el Mundo. La Arquitectura Clásica es a ese respecto como poesía –una expresión humana que pone al alma de observador en contacto con una realidad que le trasciende. Aquí reside el poder emotivo de la arquitectura clásica para hacer discernir en los sentimientos subjetivos del alma un intento de significado objetivo. Una gran obra arquitectónica puede despertar sentimientos de coraje o de cansancio, paz o ansiedad, alegría o desolación.

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8.- Ver: Smith, Thomas Gordon; “Arquitectura Clásica: Regla e Invención”. Layton: Gibbs Smith, 1988).

domingo, 28 de febrero de 2010

Entre todos la mataron y ella sola se murió. A propósito de la demolición de la Iglesia de San Francisco de Almazán.

La villa soriana de Almazán albergaba hasta el 24 de Febrero de 2010 uno de los conjuntos deconstructivistas (en el más puro sentido del término y la corriente arquitectónica que lleva su nombre) más interesantes de España. Su arquitecto, Javier Bellosillo, deconstructivista nacional por antonomasia, sorprendió al mundo con un conjunto brutal (por brutalista) de formas casi primigenias. Los diferentes edificios, a pesar de su aparente aleatoriedad, se organizan en torno a una serie de ejes que a pesar de marcar recorridos, están lo suficientemente difuminados como para desorientar al feligrés. El arquitecto Jaume Prat hace en su blog “Arquitectura entre otras cosas” una magnífica descripción de revista sobre el conjunto (Una Iglesia Adnamantina). En este enlace se puede ver una selección de fotografías y planos del complejo (ver).

Planta general del Centro Parroquial

Sin embargo, ni los planteamientos proyectuales del señor Bellosillo, ni la enardecida defensa del señor Prat y los Amigos del Museo Numantino han logrado impedir en primer lugar el fracaso del conjunto como complejo parroquial ni, en segundo lugar, su demolición, calificada por este último como “indigencia cultural” (título de otro artículo suyo como denuncia previa a la demolición y cuya lectura también recomendamos).

A la vista de los escombros, debemos reflexionar nuevamente sobre los fracasos de la arquitectura contemporánea para dar respuesta a las necesidades de la sociedad. La arquitectura tiene una marcada dimensión social y utilitaria: un pintor o un escultor pueden sumirse en un proceso conceptualista para crear una obra de arte al servicio de la sociedad, aunque esta no la aprecie o la entienda. Pero la obra del arquitecto debe ser útil y duradera para la sociedad, que además debe aceptarla y comprenderla para habitarla y hacerla suya. El complejo parroquial de Almazán sufrió el rechazo de los feligreses desde casi su inauguración en 1988, lo que unido a graves problemas de confort y habitabilidad hicieron que en un año se cerraran los edificios y lentamente fuera cayendo en el olvido hasta convertirse en un lugar ruinoso, insalubre y víctima de actos vandálicos que obligaron a cercarlo con una valla, lo que terminó de aislarlo del barrio en el que se ubicaba.

Exteriores e interior del complejo en su lamentable estado actual. Fotografías del Arquitecto Jaume Prat.

Esta demolición ha abierto además un debate sobre la conservación de nuestro Patrimonio Arquitectónico históricamente más inmediato, pues muchos consideran que el complejo debiera haberse conservado a toda costa por su calidad espacial y compositiva. Lamentablemente estas iniciativas, como en el caso de la Pagoda de Fisac – demolida en 1999, suelen llegan tarde. El complejo podría haber sobrevivido como centro cultural, con la Iglesia y la Capilla transformadas en auditorios y otras dependencias transformadas en salas multifuncionales. Pero se habría traicionado la mística con la que el arquitecto pretendió dotar esos edificios religiosos y por tanto la propia génesis proyectual de los mismos. A ese respecto conviene recordar las palabras de Ciro Lomonte al respecto de la arquitectura religiosa moderna:

"Las iglesias modernas no convencen. Al visitarlas, se percibe la dificultad de los contemporáneos para expresar lo trascendente en las obras de arte sacro. (…) En estos ambientes enajenantes no se logra establecer relación alguna con Dios ni con los hombres. Se advierte a veces la soledad como en ningún otro espacio. Y uno piensa que la iglesia ya no es el lugar donde se ora, sino donde tiene lugar la asamblea, precisamente como ocurre en las aulas de culto protestantes.

La arquitectura moderna del siglo XX también ha producido obras de arte en este ámbito. El problema es que son un monumento del arquitecto a sí mismo, como el santuario de Ronchamp, de Le Corbusier, o las iglesias de Alvar Aalto. Desde este punto de vista no son arquitecturas logradas, ya que podrían emplearse para otros fines, operación que resultaría imposible en el caso de la catedral de Chartres o de S. Carlino alle Quattro Fontane."


Por tanto, a la hora de pensar el por qué ha tenido que ocurrir esto no puede buscarse un sólo culpable: el arquitecto fue incapaz de crear un espacio religioso con el que los feligreses se sintieran identificados, pero a pesar de ello creo unos espacios sumamente interesantes que bien habrían servido como decorado para una representación de La Flauta Mágica. Los feligreses probablemente esperaban encontrar una Iglesia que recogiera la gran tradición artística de la Iglesia, y no supieron valorar la elegante mística deconstruída de sus edificios. El Obispado tampoco apostó por el conjunto, dejándolo languidecer sin intentar mejorarlo.

Por encima de todo, la arquitectura moderna, que en su ahistoricidad, no fue capaz de formar al arquitecto en algo más sensible a la realidad social de una villa de soria (y no a un flamante barrio de nueva construcción de una ciudad industrial como Madrid o Barcelona); tampoco dio ilusión ni humanidad al pueblo, que se volvió anómico en sus bloques grises de vidrio y hormigón; y por supuesto, tampoco fue capaz de dar nuevos vientos a una Iglesia que después de los experimentos posconciliares parece querer volver a unas formas preconciliares de las que tal vez no debió salir. Por último, como obituario por estas ruinas deberíamos entonar el que hizo Colin Rowe para la propia arquitectura moderna (ver). Y como si de un nuevo Pruitt Igoe se tratase, podríamos certificar que el Deconstructivismo murió en España una fría mañana de febrero del año 2010.

viernes, 19 de febrero de 2010

Sobre el Significado del Movimiento Clásico en Arquitectura (I)

Autor: Noah Waldan
Traducción: Pablo Álvarez Funes

Noah Waldman es un graduado de la Universidad de Princeton y la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Notre Dame. Actualmente está terminando su formación sacerdotal en el Seminario Kenrick-Glennon en San Luis de Iluenses, Misuri (Estados Unidos).

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1.- Arquitectura, Hombre e Historia.

¿Cuál es el significado de lo que hoy día conocemos como “Nuevo Clasicismo” o “Movimiento Clásico” en Arquitectura? Como voy a considerar el significado o importancia subyacente antes que características formales, este ensayo no va a ser una lista de los atributos comunes a este movimiento. Estas descripciones ya se han hecho varias veces (1). Además, cualquier conjunto de características que pudiéramos considerar como las más definitorias del clasicismo – como la búsqueda de una escala humana, claridad de planteamientos y el uso de órdenes arquitectónicos (Dórico, Jónico, Corintio)-, son también atributos que un arquitecto moderno podría aceptar como suyos. Los modernos también dicen que sus obras están en sintonía con la escala humana (aunque alteran el significado de “humano”); abogan por la búsqueda de claridad en los planteamientos (aunque alteran el significado de “claridad”); y afirman que la esencia de su método de diseño (apelando a la “pureza” geométrica o el uso de materiales y formas “puros”) capta el “espíritu auténtico” de todo lo que es verdadero y hermoso en los órdenes clásicos (2).

Un argumento de este tipo es, por supuesto, una jugada nominalista por parte de los modernos. Pero como suele ocurrir, este nominalismo apunta hacia una genuina dificultad. No puede ofrecerse una definición en sentido estricto del movimiento clásico por la simple razón de que es un movimiento en la historia, y es imposible tratar un movimiento o época en la historia humana –ya sea teológica, filosófica, política o artística- como si tuviera una naturaleza o forma diferente. La determinación de su naturaleza o su forma sólo es posible en matemáticas y ciencias basadas en modelos matemáticos que permiten la abstracción de las verdades ahistóricas. Las obras del arte e ingenio humanos que surgen fuera de una matriz histórica, no tienen esencia, en el estricto sentido de la palabra. Tal como Aristóteles enseña, no se puede considerar la parte sin el todo; y como la totalidad de la Historia no ha llegado a su causa última, podemos afirmar que la Historia no tiene forma. Y lo que no tiene forma no puede ser sujeto a definición de acuerdo a categorías científicas unívocas. De hecho, la esencia de la historia y de los artefactos históricos es antípoda a la esencia de la ciencia, pues los significados históricos no pueden definirse mediante fórmulas puramente positivistas. Únicamente las expresiones humanas se expresan con una incertidumbre irreductible, sus significados se asemejan a una pregunta perpetuamente cuestionada, cuya respuesta se esboza pero nunca se alcanza, ya que se aferra a una idea de lo infinito. Esta forma de hablar es metafórica, pero apunta a la parajoda que envuelve a la comprensión estética, es decir, que su atributo infalible está incompleto.

El hombre permanece in media res, dentro del flujo histórico, así que a lo único que podemos aspirar es a captar contrastes epifenoménicos limitados en el tiempo, que quizá indiquen, en su máxima acepción, que estamos experimentando una etapa cultural alta o baja, un periodo de estabilidad o de cambio, una era de expresivo ascetismo o de desenfrenadas posibilidades. El deseo de la comprensión absoluta de la totalidad de la historia y todas sus partes en una visión inteligible no sería posible hasta el final de la historia. Pero, ¿quién puede hacer que esto ocurra?

El Movimiento Moderno en un momento brillante: Pabellón de Alemania en la Exposición Internacional de Barcelona. Ludwig Mies van der Rohe, Barcelona, 1929 (reconstruido entre 1983 y 1986).

Estas consideraciones pueden parecer oscuras, pero la última pregunta demuestra el error subyacente con el que el Movimiento Moderno dominó la arquitectura de gran parte del siglo XX. No se trata de un simple error con respecto a la manipulación de la forma arquitectónica. De hecho, muchos de los primeros edificios del Movimiento Moderno, como el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe (1928-1929), evidencian gran maestría en la manipulación formal y el uso de los materiales. El error radicaba en el deseo de la modernidad de crear una arquitectura cuyo poder formal fuese tan persuasivo, y su significado tan claro, que en su infinita perfección sería capaz de trascender y transformar la historia. Los arquitectos modernos se veían a sí mismos como poetas iluminados y místicos cuyos pronunciamientos en cuanto a lo que la arquitectura “es” abriría para ellos, y para todos, una ruta a un mundo completamente nuevo. En los debates modernos no encontramos tanto nuevas definiciones para la arquitectura como nuevas formas de hablar de la misma, como poseedora de un poder para redefinir al hombre y escapar de la corriente de la Historia (3). Toda la arquitectura moderna, ya sea la de Le Corbusier, Mies van der Rohe o Alvar Aalto, se deriva en última instancia de este impulso: el deseo de crear nuevos mundos y nuevos hombres más allá de la Historia.

Le Corbusier buscó una nueva arquitectura, una “planta libre” con espacios interiores que fluyen sensualmente sin las restricciones de los muros de carga y la gravedad. Mies reinventó los órdenes clásicos según la lógica de la viga de acero. Disolvió los muros exteriores en límpidas hojas de vidrio. “Menos es más” estaba destinado a ser el Nuevo Orden para el Nuevo Hombre que viviría una vida funcional en una funcional vivienda de vidrio. El finlandés Aalto por su parte promovió una aproximación orgánica al diseño basada en la “verdad” de los modelos biológicos antes que en la verdad consagrada en la tradición humana, sugiriendo que la huída del hombre de la Historia vendría de la mano de su regreso, o su reducción, a un ideal biológico (4).

Cuando analizamos los escritos de estos y otros gigantes del Movimiento Moderno, descubrimos una extraña fijación en el poder transformativo de la arquitectura. Estos arquitectos realmente creían que sus “nuevas formas” darían lugar al nacimiento de un nuevo mundo. Su opinión era una extrapolación lógica, aunque no por ello necesaria, de la quimera idealista: encontrar, bajo el poder del hombre, un orden final a la Historia. El arte tenía como fin rehacer la realidad, y la realidad debía imitar, y por tanto convertirse, el arte. El artista, elevado a categoría sacerdotal, era el creador de mundos ideales. Si una forma pura y perfecta podía ser diseñada y ejecutada, ¿no podría el particular idealismo al cual representa usurpar el plano real? El artista como superhombre tenía el poder para crear un arte perfecto. Bajo sus órdenes y mediante un acto estético único, “lo que es” sería usurpado por “lo que podría ser”, que en realidad es por “lo que tenía que ser”. Por supuesto, “lo que tenía que ser” acabó siendo la más subjetiva, anómala y aberrante fantasía arquitectónica.

El Movimiento Moderno en un momento no tan brillante: Secretariado de Chandigarh (India). Le Corbusier, 1950.

Pero la Historia no se inclina ante ningún idealismo, ya sea alemán, francés o finlandés. No hay forma estética o sistema intelectual que por su simple introducción en la Historia pueda llegar a ser dueño de la misma. La Arquitectura Moderna falló, por sus propios medios así como por otros condicionantes. Exceptuando a una élite que pudiera permitirse vivir en una realidad ficticia, la sociedad en general no era feliz viviendo en “máquinas de habitar” y silbando melodías de Arnold Schönberg; todo lo contrario. La sociedad se replegó e injurió la absoluta fealdad de toda construcción moderna. En los Estados Unidos, los edificios modernos fueron caldo de cultivo ideal para la marginación social y la delincuencia. En los estados fascistas y comunistas, los proyectos modernos tenían como finalidad el aumento del control estatal. En sus dimensiones política, social y humana, el mundo no ha cambiado para mejor con los edificios modernos. Irónicamente, esta arquitectura que pretendía liberar al hombre de la Historia lo acabó aprisionando en un ambiente de monótona y grisácea desesperación.

Desde la inevitable convicción de que algo había salido terriblemente mal, arquitectos de la talle de Robert Venturi (5) y Michael Graves (6) buscaron una arquitectura que pudiera expresarse una vez más con el lenguaje de la Historia. Al mismo tiempo, Alan Colquhoun, uno de los principales críticos de la arquitectura del Movimiento Moderno, señaló una de sus principales falacias. Colquhoun señaló que debido a que cualquier nuevo lenguaje debía basarse en uno anterior para su gramática e inteligibilidad, no podría existir un lenguaje arquitectónico completamente nuevo que convirtiera en reales los nuevos mundos de los que habla (7). Con este sencillo punto de vista Colquhoun introdujo una radical diferenciación entre el significado pretendido por la Arquitectura Moderna y su significado real. Resultó que la Arquitectura Moderna no era, no podía ser, bajo ningún concepto histórica. Para más escarnio de los modernos, sus autodenominados nuevos lenguajes, considerados de forma lógica, no eran más que subconjuntos del lenguaje antiguo altamente indiferenciados, minimalistas o desproporcionados; en definitiva, caricaturas arquitectónicas. Por esta razón gran parte de la arquitectura moderna no se entiende por sí misma, no porque sus ideas fueran extravagantes o elitistas, sino porque, al igual que con la mala poesía, no tiene un significado intrínseco: su significado sólo podría adivinarse en relación a las técnicas y modos tradicionales que rechazaba o usurpaba, una relación que no esta dispuesta a admitir.

Pero si este era el estado de la cuestión, entonces el lenguaje clásico nunca habría llegado a morir: simplemente había estado oculto bajo varias permutaciones de la fealdad. Desde el estercolero de la Arquitectura Moderna, y a partir de la década de 1970, se pueden observar tímidos brotes de un Nuevo clasicismo en los diseños del movimiento antimoderno llamado posmodernidad, sobre todo en la obra de Michael Graves. A finales de la década de 1980, los tabúes modernos sobre el uso de formas antiguas fueron abordados de frente con algunos intentos sólidos de resurgimiento clásico, como puede apreciarse en proyectos de Quinlan Terry y León Krier. Hoy día podemos ver un Clasicismo maduro en la obra de arquitectos con proyectos de vivienda privada, edificios públicos o iglesias. Algunas son auténticas obras maestras. Para muchos se han convertido en elementos familiares que podemos ver en ciudades y pueblos. Lo que era impensable durante el Movimiento Moderno –el uso de órdenes clásicos– hoy día es aceptado por algunos profesionales. Y sólo en las Escuelas de Arquitectura (con la excepción de la Universidad de Notre Dame) se sigue enseñando la Modernidad como si de un dogma se tratase.

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1.- Dos fuentes modernas indispensables son: Summerson, John, “El Lenguaje Clásico de la Arquitectura” (Barcelona: Gustavo Gili, 1984); Tzonis, Alexander et all. “Arquitectura Clásica: La Poética del Orden” (Barcelona: Hermann Blume, 1984).

2.- Ver: Rowe, Colin “Las Matemáticas de la villa ideal y otros ensayos” (Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 1978). Rowe expone, apelando generalmente a similitudes en el análisis geométrico, una serie de analogías entre las villas de Palladio y Le Corbusier. El argumento es brillante pero falaz. La arquitectura envuelve a la geometría, pero su representación no puede reducirse a ésta.

3.- Ver, por ejemplo: Conrad, Ulrico, “Programas y Manifiestos en la Arquitectura del siglo XX” (Barcelona: Lumen, 1973).

4.- Aquí tenemos una referencia a la tesis de David Watkin “Moralidad en Arquitectura: Desarrollo de un tema en la Historia y Teoría de la Arquitectura desde el Neogótico al Movimiento Moderno” (Oxford: Clarendon Press, 1977).

5.- Ver: Venturi, Robert, “Complejidad y contradicción en Arquitectura” (Barcelona: Gustavo Gili, 1999). Este libro desafió el deseo de pureza en la arquitectura moderna, afirmando que la esencia de la arquitectura se basa en una “ambigüedad” representativa que en el mejor de los casos puede generar un trabajo incompleto –lo que él llamaría “una totalidad complicada”. Venturi pidió el retorno del lenguaje histórico de la arquitectura, especialmente el Barroco. Sin embargo, debido a su indiscriminada afinidad hacia tendencias contemporáneas como el Pop Art y la arquitectura temática “de centro comercial”, debe ser considerado más bien ecléctico antes que clásico.

6.- El sentido del proyecto arquitectónico en Graves es esencialmente clásico. Sus fachadas, sin embargo, tienen a abstenerse de un clasicismo canónico en favor de la cita de temas clásicos que cuelga sobre un inmaculado lienzo moderno, por lo que sus edificios parecen una ensoñación de Matisse. Veáse Fazio, Michael; Moffett, Marian; Wodehouse, Lawrence, “Historia Mundial de la Arquitectura” (Boston: McGraw- Hill Professional, 2004).

7.- Una reflexión poco sutil sobre el razonamiento de Colquhoun podría sugerir que el lenguaje arquitectónico, al no tener principio en el tiempo, debe asumir una categoría más allá de la Historia. Este punto de vista fue apreciado durante la Ilustración, como Marc-Antoine Laugier quien planteó la hipótesis de la “cabaña primitiva” como arquetipo fundacional de la arquitectura. Por supuesto, los modernos invirtieron el orden de la historia al considerar ese origen arquetípico como una meta escatológica. Si bien el argumento de Colquhoun demostró la necesidad de una continuidad en el desarrollo del lenguaje arquitectónico, no hizo declaraciones acerca del origen del mismo. Véase Colquhoun, Alan: “Tipología y Método de Diseño”, en “Arquitectura y cambio histórico” Barcelona: G. Gili, 1978).