sábado, 19 de febrero de 2011

Discurso de D. Rafael Manzano. Premio Richard H. Driehaus 2010

Mi admirado Richard Driehaus, fundador de este premio, honorable Dr. Michael Lykoudis, decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Notre Dame, querido Leon Krier y jurado del premio Driehaus, queridos arquitectos que me precedisteis en tan honroso premio, cónsul de España en Chicago, profesores y alumnos de esta Universidad, queridos amigos todos, tanto los de aquí como los del grupo de españoles que con tanto cariño me acompañan.

Nunca como hoy he lamentado carecer de dotes oratorias y más aún en la bella lengua de Shakespeare para poder expresar mi más íntimo agradecimiento y la profunda emoción que hoy me embarga por la concesión de este premio que lleva el nombre de tan grande mecenas de la arquitectura y que otorga la prestigiosa Escuela de Arquitectura de esta vieja Universidad que ostenta el nombre Sagrado de Nuestra Celestial Señora Madre del Cielo. Gracias conmovidas a todos. Este premio honra a la arquitectura que no ha perdido su eterna fidelidad al clasicismo, que ha sido un lenguaje universal y válido durante los últimos veinticinco siglos y ha legado su colosal herencia arquitectónica y urbanística al mundo occidental.

Y ahora, tras pedir una vez más perdón por no expresarme en inglés, permítanme que continúe este discurso hablando mi lengua, también universal y también honrada por la pluma de Cervantes.

A un gran torero sevillano que alcancé a tratar y conocer, Juan Belmonte, ya anciano, le criticaba un periodista: "Maestro dicen que hace usted un toreo demasiado clásico"; a lo que contestó Belmonte: "Pues si dicen eso de mí, será verdad. Y me alegra saberlo, porque como usted sabe lo clásico es lo que nunca pasa de moda". 

Me siento profundamente identificado con aquel gran torero pues a mí también se me ha criticado mucho por mi clasicismo, sobre todo entre mis compañeros más importantes en la profesión. Sólo oí elogios y hace ya mucho tiempo de un gran arquitecto que aquí nos honra con su presencia, Leon Krier, el primero que recibió este premio, que es hoy el más grande que se puede conceder a un arquitecto en el mundo. También he tenido el afecto de muchos clientes, que me han honrado con su confianza, y el de un gran Director General de Bellas Artes del Estado Español, Florentino Pérez Amid, y por supuesto de mi maestro, Fernando Chueca, que siempre me respaldó en mis obras arquitectónicas, y que también fue cliente mío en cierta medida. Y ahora ustedes me sorprenden a tan avanzada edad de mi vida, y en los días más tristes de ella tras la pérdida de mi esposa, elogiando mi obra y sus raíces clásicas y premiándola tan generosamente. Me emociona también profundamente ser el primer español que recibe este premio. España, madre de tantos pueblos, ha sido fecunda cuan ninguna en su colosal legado a la arquitectura a lo largo de todos los tiempos. 

Yo tenía muy asumidas las críticas a mi obra, que había intentado llevar a la perfección dentro del lenguaje arquitectónico heredado de mis maestros y que mejor conocía, en un mundo que de forma bárbara y suicida destruye cada día la herencia irrenunciable e irrepetible de sus ciudades, su arquitectura y sus paisajes, que he amado tanto. He dedicado mi vida desde casi su niñez a una vocación por la restauración de los monumentos del pasado y por una arquitectura basada en el sólido entramado de su eterno lenguaje universal nacido en el templo griego, codificado en las escuelas alejandrinas por Vitruvio y otros arquitectos helenísticos en los años de la Roma Republicana. Este lenguaje llegó a su esplendor máximo bajo dos césares hispanos, los más grandes que gobernaron el orbe romano, Trajano y Adriano, formados del gran Apolodoro de Damasco; y el propio Elio Adriano, el César Arquitecto, que abrió en su Villa Adrianea nuevos caminos para la arquitectura que se prolongaron en la Roma tardía y Paleocristiana y en el oriente bizantino, sirio e incluso islámico. Tras la caída del Imperio Romano, este Occidente roto que aún intentamos en vano reconstruir al menos en una unidad de mercado, interpretó los propios recuerdos arquitectónicos de su glorioso pasado y los reflejos llegados de oriente, recreándolos en una arquitectura vieja y nueva a la vez, que tuvo en el Románico y el Gótico, con su diversidad de escuelas, un paralelo al fenómeno de la supervivencia de la lengua latina en los diversos romances europeos, el castellano, el catalán, el galaico-portugués, el francés o el italiano; y el surgimiento, sin pérdidas en sus vocablos, de viejas raíces clásicas griegas y romanas, en los nuevos lenguajes anglosajones.

Todo este pasado medieval iba a olvidarse tras la profunda renovación filológica del lenguaje antiguo de la Arquitectura impuesto por el Humanismo Renacentista, que surgido en las repúblicas italianas, mínimas pero ricas y cultas, iba a invadir Europa, inciándose por España y Francia. La vuelta al lenguaje antiguo no significó una copia servil de la Arquitectura del pasado clásico, sino la creación de una arquitectura novísima que recuperó la perfección lingüística romana y le dio nuevo impulso y capacidad evolutiva hacia el Manierismo y hacia una nueva convicción Barroca. Sin renuncia a su rigidez aparente, el Neoclasicismo fue capaz no obstante de generar un Romaniticismo Clasicista prolongado en el siglo XIX en evocación Historicista de los lenguajes medievales y fundido todo en un Eclecticismo que iba a dar forma al más copioso volumen de edificios y ciudades jamás construidos por el hombre. Y el Clasicismo todavía dio vida al Modernismo y al Art Decó, que acabarían dando paso a un esperanzador Movimiento Moderno sentado sobre las bases de una arquitectura nueva que había nacido con la espontaneidad de una nueva especie arbórea, el rascacielos, medio siglo antes aquí en Chicago, y que iba a dar abundantes frutos en manos de una generación genial que desgraciadamente no llegó a generar en plenitud un lenguaje arquitectónico nuevo y universal y que hoy vemos sumido en profunda crisis. 

Como en el momento final de la Edad Media, el clasicismo se nos vuelve a presentar hoy como una posible opción salvadora en la búsqueda de una nueva geometría para la arquitectura y de una construcción basada en las raíces formales y en los materiales constructivos de cada región, de cada ciudad y de cada cultura.

Termino manifestando de nuevo mi agradecimiento a todos. Mis padres realizaron grandes sacrificios para que yo pudiera realizar mi vocación arquitectónica. Mi madre me inició en los principios del dibujo. Mis hermanos primero, y Concha, mi esposa, y mis hijos en mi casa, me han acompañado en los días felices y dolorosos de mi aventura vital, supliendo mis flaquezas y dándome el marco de serenidad que ha hecho posible mi obra. Tuve grandes maestros en la universidad española: Torres Balbás, López Moreno y sobre todo Fernando Chueca, arquitecto y máximo historiador de la arquitectura española. He tenido la colaboración de grandes artesanos: carpinteros, canteros, escayolistas; y he tenido grandes discípulos y compañeros, y grandes amigos, algunos comitantes también de mi obra; también grandes compañeros de Universidad y de Academias, sabios en sus respectivas materias y plenamente representados entre los que habéis querido acompañarme en este acto tan importante en mi vida. La generosidad de los presentes supera con grandeza la modestia de mis méritos. Muchas gracias a todos. 

Video del evento:




Intervención de D. Rafael Manzano Martos a partir del minuto 61.

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