martes, 2 de noviembre de 2010

Clasicismo y arquitectura franquista

Uno de los apelativos con los que se suele denostar el clasicismo contemporáneo es el de haber estado al servicio de los regímenes fascistas europeos. Un defensor del clasicismo podría ser calificado de “facha” por defender unas formas arquitectónicas por las que Hitler, Mussolini o Franco en principio tenían predilección. Olvida quien alegremente otorga estos adjetivos que el comunismo también tuvo un dilatado romance con la arquitectura clásica hasta el punto de que el “clasicismo soviético” se convirtió en todo un referente para la Rusia de Stalin, con el lujoso Metro de Moscú y los rascacielos de las Siete Hermanas como elementos más significativos; por no hablar de la continuidad de la tradición clásica en Iberoamérica y los países anglosajones, donde es vista como garante y símbolo de las libertades democráticas. Pero no es nuestro objetivo establecer comparaciones entre arquitecturas y regímenes políticos, pues en su momento dedicamos una entrada al carácter apolítico del clasicismo (ver enlace).

También olvida quien califica de “facha” al clasicista que el futurismo italiano tenía una fuerte vinculación con el fascio, y que Mussolini impulsó el racionalismo de Giuseppe Terragni que hoy día se estudia en todas las escuelas de arquitectura. Se suele pensar que estos clasicismos formaban parte de una tendencia conservadora que pretendía seguir anclada en el pasado frente al prometedor futuro que predicaban las vanguardias y que tan desastrosos resultados acabó dando 50 años después como demuestra la simbólica demolición de Pruitt Iggoe o la la Iglesia de San Francisco de Almazán. Sin embargo, el periodo de entreguerras vio triunfar un clasicismo depurado (identificado por muchos como art decó) que siguió demostrando su validez en el nuevo orden surgido del tratado de Versalles. Este clasicismo convivió con las vanguardias, y es prueba de ello el relajamiento progresivo de las posturas de Le Corbusier para poder difundir sus teorías entre un público más amplio. Para ello tuvo que dejar de lado sus violentas fantasías sobre una sociedad completamente sometida a la máquina (hasta el punto de considerar la vivienda como “máquina de habitar”) o sus delirios de tabula rasa sobre París (Plan Voisin de 1925, Ville Contemporaine, Inmueble Villa) y reorientar su teoría hacia puntos de vista más sentimentalistas con los que pudiera atraer a la opinión general hacia el núcleo duro de su teoría.

La relación entre clasicismo y arquitectura franquista suele establecerse a partir de grandes obras como la Universidad Laboral de Gijón, el edificio central del CSIC, el Ministerio del Aire o la Basílica del Valle de los Caídos, entre muchos otros. Sin embargo, se suele olvidar que arquitectos como Luis Moya o Miguel Fisac, que tuvieron unos inicios profesionales marcadamente clásicos, con el tiempo proyectaron edificios que trascienden, por su plasticidad, los propios límites del Movimiento Moderno. Y es que la arquitectura franquista puede dividirse en las mismas dos etapas en las que se suele dividirse el Franquismo como periodo histórico: autarquía (1939-1959) y aperturismo (1959-1975).

Edificio central del CSIC. Arq. Miguel Fisac, 1943.

Ministerio del Aire. Arq. Luis Gutiérrez Soto, 1942-1951.

La primera etapa de la arquitectura franquista es la verdaderamente clásica. Son los años de las depuraciones profesionales de arquitectos afines a la Segunda República, el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y el Instituto Nacional de Colonización, surgidos estos dos últimos para reconstruir y reactivar la agricultura el país tras la Guerra Civil. Con la progresiva apertura del régimen empieza a desarrollarse una arquitectura con un lenguaje moderno propio, siendo buena prueba de ello el Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, de los arquitectos Jose Antonio Corrales y Manuel Vázquez Molezún; la “pagoda” de Miguel Fisac, de 1965; o la Capilla del Colegio de Santa María del Pilar, de Luis Moya, construido en 1963.

Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Arq. Jose Antonio Corrales y Manuel Vázquez Molezún

Cuando finaliza la Guerra Civil en 1939 España era una nación en ruinas. No sólo se destruyeron edificios, como el Alcázar de Toledo, y ciudades enteras, como Belchite o Brunete; además murieron arquitectos (siendo una de las pérdidas más lamentables la de Andrés Calzada Echevarría), otros tuvieron que exiliarse (como Jose Luis Sert), y muchos otros sufrieron una depuración profesional, debido a sus vínculos ideológicos o profesionales con la Segunda República, que les inhabilitó temporal o permanentemente. Es cierto que la mayoría de los exiliados y represaliados eran arquitectos muy vinculados al Movimiento Moderno y que eso, unido al aislamiento de España hasta bien entrada la década de 1950, fue un lastre para la introducción de la modernidad en España. Pero también es cierto que, a pesar de la tímida influencia del racionalismo y el GATEPAC en la arquitectura de los últimos años del reinado de Alfonso XIII y la Segunda República, la mayoría de los arquitectos siguió fiel a los diferentes regionalismos o a una suerte de clasicismo cada vez más depurado pero que no llegaba a asimilarse al Movimiento Moderno, fundamentalmente debido a la fuerte adscripción ideológica revolucionaria izquierdista que tenía en aquel momento. Incluso entre los arquitectos que sufrieron inhabilitación temporal u optaron por el exilio había arquitectos de marcado clasicismo, como Fernando Chueca Goitia o Secundino Zuazo en el primer caso, o Javier Yarnoz Larrosa en el segundo.

Quienes pudieron continuar con su ejercicio profesional fueron aquellos que, bien no habían tenido vinculación ideológica ni profesional con la República, bien estaban muy vinculados ideológicamente al nuevo régimen, sobre todo a través de la Falange. Serán estos últimos quienes busquen un nuevo estilo para el nuevo régimen. Las arquitecturas efímeras de la Alemania Nazi serán un punto de referencia para los primeros desfiles militares y la estructuración simbólica e ideológica del régimen; pero la reconstrucción del país exigía nuevos edificios oficiales y también viviendas para albergar a una población hambrienta y creciente. Estos arquitectos poseían una dilatada formación histórica y artística y querían que la arquitectura del nuevo régimen emulara las glorias del Imperio Español en los siglos de Oro, con el alcázar de Toledo y El Escorial como referencias clave. Pero a la vez, ideológicamente, querían crear una arquitectura que superara los conflictos sociales y tuviera a la familia como núcleo integrador, siendo este el origen de los posteriores programas de vivienda pública y protegida, y de los poblados de colonización. De esta forma, la arquitectura de estos primeros años del franquismo tendrá una doble vertiente: una historicista y monumental, para las grandes actuaciones urbanas y edificios públicos; y otra rústica y vernácula, para la arquitectura doméstica y nuevos asentamientos.

La vertiente historicista y monumental de esta arquitectura del primer franquismo es la continuación tardía de la búsqueda de un estilo nacional, cuya infructuosidad dio lugar a la pléyade de regionalismos que caracterizó la arquitectura española de fines del siglo XIX y principios del XX. La insistencia de la Falange a recuperar las grandezas de España les llevó a buscar en la arquitectura de esa época la materialización lógica de sus ideales. Al igual que la Alemania de Hitler buscó a Schinkel y al clasicismo prusiano como estandarte para la arquitectura del Tercer Reich, la sobria arquitectura del Renacimiento Tardío Español, representada por el monasterio de El Escorial, obra de Juan de Herrera que fascinó al propio Albert Speer en 1942. Y al igual que la maltrecha República de Weimar se convertía en Tercer Reich, España vino a reclamar esta arquitectura como “Estilo Imperial”. A pesar de los puntos teóricos que comparten, hubo poca relación entre arquitectos españoles y alemanes e italianos; quizá lo más destacado sea la correspondencia de Luis Gutiérrez Soto con Albert Speer y Paul Bonantz, y la exposición sobre Nueva Arquitectura Alemana realizada en Madrid en 1942.

Los fundamentos teóricos que este Estilo Imperial necesitaba para su propia definición fueron proporcionados por las "Ideas Generales sobre el Plan Nacional de Ordenación y Reconstrucción", elaboradas por los Servicios Técnicos de la FET de la JONS en 1939; y por el “Ensayo sobre las directrices arquitectónicas de un estilo imperial”, escrito por Diego de Reina de la Muela en 1944. Con ellos quedaba definida la arquitectura de la nueva España que surgía tras la guerra; sus referencias serían Juan de Herrera como sobrio arquitecto del todopoderoso Felipe II y Juan de Villanueva como exponente del Madrid neoclásico de “perfil velazqueño”. Los edificios insignia serían El Escorial, el Alcázar de Toledo y el Museo del Prado. El resultado fue una arquitectura sobria y elegante, austera en materiales pero ingeniosa en soluciones (como las bóvedas tabicadas de Luis Moya) representada por edificios como el Ministerio del Aire (Luis Gutiérrez Soto, 1942-1951) o el Edificio Central del CSIC (Miguel Fisac, 1943). Las obras cumbre de esta etapa son la Basílica del Valle de los Caídos (Pedro Muguruza, 1940-1959) y la Universidad Laboral de Gijón (Luis Moya, 1946-1956).

Basílica del Valle de los Caídos. Arq. Pedro Muguruza, 1940-1959.

Universidad Laboral de Gijón. Arq. Luis Moya, 1946-1956.

El contrapunto a esta visión monumentalidad está en la arquitectura vernácula de los poblados de colonización (aproximadamente trescientos, creados entre 1939 y 1971). Aquí, debido a la urgencia de las obras y la escasez de materiales, se recurrió a las características de la arquitectura de cada lugar, para mostrar a su vez la continuidad con la tradición y la búsqueda de un entorno ideal en el que desarrollar una nueva sociedad de base agrícola como paso previo a la industrialización del país. Nuevamente la Falange es quien sienta las bases teóricas de esta arquitectura, si bien los fundamentos trascienden el ámbito meramente especulativo para centrarse en la satisfacción de las necesidades sociales de un pueblo devastado por la guerra. Los poblados de colonización se conciben como núcleos autosuficientes para la sociedad de la época. Su urbanismo es generalmente ortogonal, las viviendas tenían grandes patios traseros que progresivamente han sido colmatados y el núcleo urbano se estructura en torno a la Iglesia y el Ayuntamiento. Precisamente por la humildad que requerían estos nuevos asentamientos, la arquitectura de los mismos resulta sorprendentemente moderna, y será en ellos donde se den los primeros ensayos de la modernidad en la España de la posguerra. Capítulo aparte merecen las reconstrucciones urbanas de Brunete o Guernica, o la conservación de las ruinas Belchite como testigo viviente de los horrores de la guerra.

Vegaviana, Cáceres.

Con la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, España queda como el único país fascista en Europa y a pesar del aislamiento comienzas los movimientos del régimen para lograr reconocimiento internacional. Esto permitiría la entrada de publicaciones sobre arquitectura moderna en España, el retorno de algunos arquitectos exiliados y también la salida de arquitectos españoles a conocer de primera mano la experiencia del Movimiento Moderno en Europa. El joven arquitecto Miguel Fisac pronto daría buena cuenta de estas nuevas corrientes y se desvincula del clasicismo depurado con obras como el Instituto Laboral de Daimiel (1951) o el Conjunto de Arcas Reales en Valladolid (1952). Este cambio en la obra de Fisac tiene su paralelo en los progresivos cambios en el gobierno de Franco, con la progresiva entrada de los tecnócratas del Opus Dei y la modernización estética e ideológica del país. El desarrollismo industrializó el país e introdujo nuevas tendencias en arquitectura, siendo destacable la labor del Instituto de Ciencias de la Construcción (actual Instituto Torroja) y la plasticidad de la arquitectura en hormigón tras la introducción del brutalismo.

Por eso, cuando en 1964 se celebran los “XXV años de Paz” apenas queda rastro del clasicismo arquitectónico de esa etapa: la arquitectura sucumbió al desarrollismo y a la anómica simpleza del peor Movimiento Moderno. El balance que debe hacerse de este “clasicismo franquista” dentro de la historia de la arquitectura del régimen es, al igual que el “clasicismo estalinista” dentro de la historia de la arquitectura soviética, la de una breve etapa que a pesar de su monumentalidad e ingenio siquiera sobrevivió a sus propios creadores.


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